¿Es correcto no votar?

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Por: Ignacio Martialay Sánchez

La temporada de elecciones se está convirtiendo, comicios tras comicios, en un fenómeno sobrecogedor. Por si la retahíla de embustes –algunos mentiras descaradas- y la ignominia lingüística a la que nos someten nuestros excelsos políticos (cuya habilidad como tertulianos solo es eclipsada por su profusa producción de insulsos tuits) no fuesen suficiente para provocar un empacho cerebral al más agudo físico de cuerdas, ahora pretenden convertirnos en víctimas de su nuevo ardid; el de que no votar es claudicar ante el enemigo.

Reflejo de un consecuencialismo vetusto, el fraude trata de hacernos creer que no votando solo beneficiamos al malvado, sea este fascista, racista, xenófobo, capitalista, comunista, o un exagerado amante de la carne. No contentos con eso, declaran que votar a un tercero, a cualquiera que se sitúe fuera de la eterna lucha del bien contra el mal, es lo mismo que apoyar el fin de la civilización.

Sin embargo, ¿de verdad está el mundo lleno de Hitlers modernos? Equiparando a individuos como Donald Trump con el célebre austríaco en un nauseabundo (a la par que conveniente) argumentum ad nazium, pretenden avivar en la población el sentimiento de que nada es demasiado para frenar sus propósitos. Teniendo esto en cuenta, filósofos como Racière entenderían que ninguna ley o daño colateral deberían impedirnos tratar de acabar con tan terrible mal.

Convencidos pues de la acuciante necesidad de subyugar a tal oponente, los ciudadanos son presentados con una horrible dicotomía política: votar al único partido o candidato que realmente puede vencerle o ver como el mundo se viene abajo. “Votar en blanco favorece a los grandes”, “votar a otro es absurdo”, “no votar es acrítico e inmoral”. Una y todas estas afirmaciones se disparan a diario contra aquellos que reconocen abiertamente su reticencia a votar.

En un presuntuoso a la par que descabellado intento de moralismo, acostumbran mencionar las terribles guerras que nuestros antepasados libraron para que hoy en día tengamos la opción de votar. Resulta cómico, sin embargo, que tan ávidos defensores de la moral olviden que dichos antecesores lucharon por un derecho, y que este, como su propia definición implica, puede ser ejercido… O no. Lo difícil hoy en día no es ejercer el derecho a votar, es ejercer abiertamente el derecho a no hacerlo.

Cuando nuestros predecesores murieron en guerras por la democracia, probablemente no lo hicieron pensando que esta se convertiría en el zafio espectáculo que es en la actualidad. En lugar de estar al día de sus labores cívicas, los ciudadanos prefieren regalarse los ojos con titulares jugosos e historias pasmosas, pues en un mundo en que todos luchan por atención y entretenimiento, la política necesita convertirse en algo similar a la Champions League y The Ellen DeGeneres Show si desea un hueco en nuestras vidas. De esta forma, la estética de la antigua democracia debe dar paso a la de la final de una competición deportiva. El lenguaje elaborado y pausado ha de cambiarse por uno afilado y sarcástico. Sencillo, pero sin olvidar citar a Schopenhauer y Spinoza aquí y allá, so pena de parecer poco leído.

Más atentos al refrán o improperio de turno, al nuevo escándalo sacado a relucir y al último baldón aparecido en televisión, los ciudadanos optan por retuitear vines, compartir hashtags, citar a Bismarck y escupir bilis a diestro y siniestro (probablemente producto de la indigestión causada por la maraña de disparates que han de tragar) en lugar de aislarse momentáneamente del fragor del debate televisivo y preocuparse de contrastar sus opiniones con información veraz –y sus propias acciones-.

Pese a todo, lo verdaderamente triste, a la par que chistoso y sospechoso, es el oscurantismo y adoctrinamiento que se percibe en las lecciones seudohistóricas arriba mencionadas. En pos del voto fácil y becerril, no se busca una elección instruida y estudiada por parte del ciudadano, sino un apoyo vacío y seguro. Representando al otro candidato como un ser carente de moral, se crea una inútil polarización que no lleva sino a una vacua ficción política. Votar en contra de un candidato que se teme en lugar de a favor de uno que se apoya solo mata la democracia.

Obligándonos a votar por el candidato que representa el menor de dos males, poco a poco renunciamos a nuestros valores en nuestro intento de protegerlos. Al fin y al cabo, si necesitamos a Hilary Clinton o a Mariano Rajoy para evitar a toda costa un gobierno de Trump o Podemos ¿cómo pensamos hacer a los elegidos responsables de sus acciones? ¿Qué tipo de

castigo pueden esperar sabiendo que son nuestro mal menor? ¿Acaso no podrán, conocedores de su estatus, hacer lo que deseen siempre y cuando eso no les haga peores al otro candidato a ojos del electorado?

Ante este dilema, ¿debemos realmente optar por el menor de dos males? O peor aún, ¿hay realmente un mal menor? Sea como fuere, no cabe duda de que alcanzar un nivel moral superior implica una dura introspección. La solución fácil, desde luego, pasa por limitarse a votar sin considerar otras opciones, como si el funcionamiento del sistema fuese más importante que el desarrollo del ser humano. Pero descartar nuestros ideales en favor de una solución sencilla nunca puede ser la elección correcta. Después de todo, ¿qué le queda al hombre una vez se deshace de sus valores?

“Como decían los libertarios del siglo XIX: ‘Votar es abdicar’. En la actualidad, diremos con mayor exactitud: Desear abdicar es votar.”[1]

[1] (Badiou, Circunstancias, p 38)

Imagen obtenida de http://www.artwallpaperhi.com/

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