Perú declina el populismo

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Por: Adrian Maceda

Las elecciones a la presidencia de Perú se resolvieron con un resultado imprevisto. El proceso supuso una constante oscilación entre la candidata del Frente Popular, Keiko Fujimori, y el de Perú Por el Kambio, Pedro Pablo Kuczynski. El pasado 5 de mayo concluyó con una estrecha victoria del PPK con un 50,11% del total escrutado en la segunda vuelta. Frente a lo que podrían parecer unas elecciones electorales anodinas, estas ponen de manifiesto su especial relevancia al respecto del porvenir de Perú y, por ende, de América Latina en el contexto actual.

En primer lugar, salpica a los ojos la marcada igualdad de apoyos entre ambos partidos. Ante este flagrante dato, cabe preguntarse las claves de la victoria de Kuczynski, pero aún más si cabe las de la derrota de Fujimori. Raspemos levemente el pasado de esta, pues parece existir un consenso entre sus adversarios políticos de lucha en común por apartarla del poder.

No en vano, Keiko representa al fujimorismo, un capitalismo populista personificado en su padre, Alberto. Este gobernó Perú tras salir electo en las elecciones presidenciales de 1990 hasta la frontera del 2000, cuando fue destituido por el Congreso. El célebre “autogolpe” de 1992 le valió la pervivencia en el poder al ser secundado por el ejército tras acerrojar las Cortes. Al amparo de su colaborador, Vladimiro Montesinos, ordenó todo tipo de actos facinerosos y tristemente previsibles dada la naturaleza del régimen autocrático implantado.

Alberto Fujimori había aprovechado una coyuntura favorable, con un Parlamento denostado y decadente a los ojos y a las voces de la opinión pública, por lo que dispuso del respaldo de esta para obrar según sus intereses. Así, cargó sobre sus hombros la causa final de raptos, asesinatos y desapariciones. Huelga decir que sus malas artes le recompensaron con un excelso patrimonio, fruto del enlace entre corrupción y narcotráfico, entre otros. A pesar de la enjundia del delito y de la ganancia, bien poco se ha restituido a las arcas peruanas.

Partícipe en la campaña, Kenji Fujimori, el hermano de la ahora candidata, ha sido apartado de la tribuna por recientes escándalos debidos al contrabando de estupefacientes. De este modo, se ha neutralizado su oposición interna a Keiko, con la cual había disputado acaloradamente la sucesión a la cabeza del fujimorismo, disintiendo de su pensamiento en numerosas ocasiones.

                Por su parte, Pedro Pablo Kuczynski (PPK en adelante) se presenta como el adalid del liberalismo más conservador, que no parece entusiasmar a importante porción del estrato peruano. Este empresario, ha logrado, desde su ideología, aglutinar a las demás fuerzas políticas, involucrando a la izquierda contestataria y grupos alternativos, cimentando sobre estos su éxito. Verónika Mendóza, de Frente Amplio, ha optado por coligarse con PPK, facilitando la gobernabilidad de Perú. Su postura puede entenderse como la solución a mal mayor.

La baza de PPK ha consistido en erigirse como único candidato capaz de frenar el retorno del apellido Fujimori al estrado, abanderando siempre a la democracia como principio y al progreso como propósito, lo que le ha valido la adhesión de numerosos intelectuales y de agrupaciones políticas con las que, en principio, la elaboración de un proyecto común semejaba ardua e impensable. Así, junto a la complacencia de personalidades como Vargas Llosa (quien perdió la presidencia frente a Fujimori en 1990) se suma la aquiescencia de las demás formaciones en aras de un “no” a la candidata del Frente Popular.

                Finalmente, este clamor ha movido las urnas y PPK será a todas luces el presidente de Perú por los próximos años, aunque tendrá que lidiar con los despojos convalecientes de un régimen obsoleto, el cual continúa a ocupar numerosas hileras en el parlamento. Se espera del flamante presidente que persista en la consecución del armazón democrático en Perú y que reduzca de manera efectiva la incidencia de la corrupción vertical y horizontal, así como en el fortalecimiento de instituciones y de la seguridad ciudadana, ampliando la obra de su antecesor, Ollanta Humala. Todo esto, con la conformidad de los mercados internacionales a los que, presumiblemente, se encargará de satisfacer.

                Así las cosas, Perú recuerda el vigor de un populismo casi endémico de la figura política que, en el caso de América Latina, ha sido hiperbólico e insostenible. A pesar de la quiebra cíclica de estas promesas sin fundamento, el populismo siempre reaparece con ánimos renovados y, en esta ocasión, solo ha podido ser tumbado mediante un consenso a la altura de las circunstancias. Tal unión ha logrado superar a un fantasma que ha supuesto la ruina del subcontinente durante el siglo XX y que amenaza el XXI con otros nombres, pero con semejantes fórmulas.

                Al expolio dictatorial hemos de añadir la debilidad institucional y una corrupción enraizada, que ya se ha saldado con la caída en desgracia de históricas figuras de la política latinoamericana. A los recién llegados, se les pide no confundir poder con impunidad y remover las entrañas del aparato estatal para remediar las injusticias que sus inicuos predecesores se han encargado de consentir y de fomentar, ya que persiguen por única meta su beneficio.

De corregirse los viejos demonios de América Latina, además de suscitar mayor interés en lo relativo a la geopolítica mundial, tal vez se lograse una auténtica justicia social y un progreso humano real, desembarazados al fin de la demagogia populista que ha recamado estos países con nombre propio y apellidos. Por el momento, KKP tiene mucho de precursor en la tesitura de América, donde muchos regímenes dan sus últimos coletazos y los veteranos gobernantes se agazapan ante la tempestad del hartazgo y la escasez de los ciudadanos.

Adrian Maceda. Estudiante de periodismo y de relaciones internacionales en la URJC. Aprendiz de artífice. Aspirante a arquitecto de palabras, de música y de pensamiento.

Imagen tomada de www.andina.com.pe

 

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