Las mordazas de la libertad

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Por: Ignacio Martialay

“¡Censura!”: esa gran palabra con la que se nos llena la boca cada vez que vemos que nuestra libertad de expresión es constreñida por un dirigente político. Un concepto del que el mismo padre de la filosofía europea, Sócrates, fue víctima antes de su ejecución y que, sin embargo, blandimos cual siniestra espada de Damocles al encontrarnos con realidades incómodas.

Esta, que como todos los venenos se encuentra en diversos formatos, se ha hecho un hueco en los medios y las aulas abanderada por la islamofobia. Si bien no hay un consenso respecto a su definición, el hecho es que actualmente se emplea para coartar cualquier intento de crítica hacia el Islam.

Apoyados por acusaciones de racismo e intolerancia, los caballeros del “buenismo” se han enfrascado en una cruzada contra todos aquellos que cuestionen al Islam. En esta campaña, cuya base conceptual brilla por su ausencia, los defensores de la libertad de expresión cohíben la de aquel que ose proferir crítica alguna contra la pobre y malinterpretada religión de los seguidores de Mahoma. Tras el inciso necesario para recalcar el error que supone tildar de racista a quien critica una religión -en el cual ha caído incluso Ben Affleck, quien, de forma paradójica, ha encarnado recientemente al ejemplo paradigmático del justiciero- hemos de hacer un esfuerzo por comprender el desacierto que supone limitar la libertad de expresión en cualquiera de sus formas, por terribles que estas puedan parecer.

Parafraseando a Noam Chomsky, la mejor vía de asegurarse el control sobre la opinión de la población pasa por permitir que esta debata activamente, pero siempre dentro de un espectro permitido, relegando a quienes traten de salirse del guion establecido[1]. Al margen de teorías conspiratorias sobre los motivos ulteriores del Islam, de si este incita o no a la violencia, a la xenofobia o a cualquier tipo de discriminación, la necesidad de debatir y cuestionar la validez de los paradigmas que rigen nuestra vida debería ser una necesidad de todos y cada uno de nosotros. Después de todo, ¿por qué sabemos lo que sabemos?

Cada vez que oímos a alguien negar que el Holocausto ocurrió, una combinación de desprecio y desconcierto comienza a palpitar dentro de nosotros. Sin embargo, ¿cómo estamos tan seguros de lo que aconteció entonces? ¿Qué argumentos podemos presentar en favor de que el Holocausto tuvo lugar además de “eso aprendí en el colegio”? ¿Qué nos otorga el derecho de silenciar una opinión por el mero hecho de que esta no sea de nuestro agrado? No solo por la valentía que debe haber reunido aquel que profiere tal afirmación, sino también por la chispa de veracidad histórica que esta pueda contener, por el hecho de que nos haga cuestionarnos nuestras propias creencias –generalmente basadas en “eso me me enseñaron”- y porque se base en una investigación previa (que aunque escueta será, por lo general, mayor que la que haya hecho la media de la población al respecto) esa persona debería tener el mismo derecho a expresar sus creencias y opiniones que aquellos que siguen la corriente de pensamiento popular.

No hay duda alguna de que refugiarse en el consenso popular es lo peor que alguien que se tilde de culto o intelectual puede hacer.  Después de todo, si nadie se hubiese atrevido a cuestionar las creencias de la mayoría de la población, a indagar en el pasado y a exponer sus descubrimientos y conclusiones al público, todos en Europa seguiríamos creyendo en la fábula del dios omnisciente que creó una especie dotada de libre albedrío solo para sorprenderse después cuando esta se rebeló y que, pese a su omnipotencia, no pudo idear solución alguna más que sacrificarse a sí mismo en forma de su hijo para salvar así a su creación de sí mismo.

La libertad de expresión no debería emplearse para establecer un modelo de pensamiento aceptable, sino para instigar a la población a pensar por sí mismos, a contemplar la evidencia de que disponemos y a formar su propia opinión en base a la misma. Aquellos que apoyan fervientemente las manifestaciones de mujeres desnudas frente al Vaticano, asintiendo complacientemente ante las imágenes de curas con el rostro desencajado, corren a exigir a su gobierno que frene las manifestaciones neonazis en su ciudad, en un acto que no muestra sino una hipocresía digna del peor de los tiranos. Quienes alzan el puño en favor de las manifestaciones por la homosexualidad, arrogándose el derecho a ofender cuando son enfrentados por aquellos que sufren viendo como las bases de su moralidad se resquebrajan, son los primeros que atacan verbal y físicamente a quienes se manifiestan en contra del aborto, en lugar de hacer gala de la superioridad moral e intelectual que dicen ostentar.

De la misma forma, los defensores del Islam (musulmanes o no) lanzan acusaciones de islamofobia no solo contra los que pretenden eliminarlo completamente, sino también contra aquellos que se oponen abiertamente a que este se imparta en instituciones educativas o aquellos que desean ridiculizarlo; pero no acusan de cristianófobo a quien ultraja el cristianismo en los medios o de antisemita a quien caricaturiza a los judíos como avaros. No hay duda alguna de que el derecho a ofender no implica el derecho a lanzar improperios a diestro y siniestro, pero sí que permite expresar creencias y opiniones que puedan resultar ofensivas para otros, sin importar su condición. Si el Islam tiene el derecho de ofender a cientos de miles de personas pretendiendo relegar a la mitad de nuestra especie a un rol doméstico, enseñando a los niños que el agua dulce y salada no se mezclan y que las montañas mantienen la Tierra en su sitio y llamándose a sí misma la “Fe suprema”, el resto de nosotros hemos de tener el derecho de expresar nuestra opinión sobre el Islam, sin importar a quién ofendamos en el proceso.

Por supuesto, y como hemos acordado anteriormente, la libertad de expresión se debe emplear para animar a la población a pensar por sí mismos, no para disparar acusaciones y “hechos” arbitrariamente, esperando dar en el blanco fortuitamente. Esto es, precisamente, lo que el Islam y sus defensores evitan gracias al concepto de la islamofobia. Acusando públicamente a quien critique el Islam de ser islamófobo –acción que no necesariamente precisa de una aprehensión de la intrincación del término- no solo consiguen evitar la necesidad de discutir y argumentar, sino que evitan que las brechas ideológicas y de la narrativa del Islam salgan a la luz y sean discutidas públicamente, cosa que el cristianismo fue incapaz de hacer en Europa durante los siglos XVIII a XX y que abrió las puertas a la introducción de otras corrientes de pensamiento.

Al silenciar y censurar opiniones divergentes no solo coartamos el derecho a la libertad de expresión de los demás, también reducimos el nuestro propio, pues este no solo implica el derecho a hablar, sino también el derecho a escuchar, a aprender y a conocer. Al limitar la libertad de expresión, en cualquiera de sus formas, nosotros mismos nos convertimos en prisioneros de nuestra censura.

[1] Noam Chomsky. “The common good”. 1998.

Imagen tomada de ecestaticos.com

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