“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos”

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Por: Rubén Pérez

“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, con el fin de formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proporcionar la defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y para la posteridad, promulgamos y establecemos esta Constitución para los Estados  Unidos de América”.

Con estas palabras se creaba, tras la independencia de las colonias británicas del Norte de América, una de las construcciones políticas más exitosas de la época contemporánea. Una unión, construida desde la sólida base de la libertad como principio y fin de un poder político limitado en sus poderes, controlado por la teoría del “check and balances”, y sometido a una rígida división de poderes.
Pero el sueño de los Padres Fundadores de una república, que se asemeja en su desarrollo a una poderosa monarquía, mucho más de lo que la gente piensa, no goza de una buena salud. Estados Unidos se ha polarizado. La desigualdad cuasi crónica de la primera potencia económica y política del mundo ha desembocado, tras la crisis originada por las subprime de 2008, en un deterioro notabilísimo de su sistema político.

La Presidencia de Obama, pese a suponer un enorme revulsivo para la vieja política de Washington, y sin duda alguna, una buena fórmula para recomponer la imagen internacional del país, tras el desgaste de los últimos años de Bush; ha supuesto una fractura social en los EEUU. Pese a nuestra visión eurocentrista, decisiones como la de establecer una reforma sanitaria, en el país que siempre primo la libertad sobre todas las cosas (solidaridad incluida), no ha sido bien encajada en la América profunda.

El estilo dialogante y conciliador, la apuesta clara por el multilateralismo frente a sus antecesores en el Despacho Oval, y su repulsión a ejercer de forma directa el poder, que aún tienen los EEUU en el contexto internacional, por parte del Presidente Obama, han degenerado en una pérdida significativa de preponderancia internacional.

Esta situación actual cabría ser comparada con los años de la Administración Carter, que finalizaron con la vuelta al poder de los republicanos en forma del hiperliderazgo de Reagan. Líder que se despidió con una de las más espectaculares tasas de aprobación popular en la historia política de aquel país. En otras palabras, que tras la heterodoxia, la política del “poder blando” y los años de repliegue estadounidense en política exterior; podría volver en forma de boomerang  una Casa Blanca fuerte, ambiciosa y con vocación de policía mundial.

Pero volviendo al desgaste interno de la política en la tierra que vio nacer a Lincoln, a nadie se le escapa que el ascenso de Trump, Sanders y Cruz, simboliza la polarización que ha crecido en los últimos años: hablamos de “outsiders” de sus partidos. Personas sin padrino, que no pertenecen a ninguna de esas dinastías que tanto gustan al pueblo norteamericano. Candidatos enfrentados a las élites que tanto éxito y poder han conseguido a orillas del Potomac. Líderes de la calle y no de los pasillos, con discursos toscos, poco trabajados e ideas en bruto. Programas que parten de una idea de país alejada de la que los anteriores presidentes han vendido. Corajes ajenos a los intereses de las élites republicana y demócrata, que quizás por ese perfil tan naturalmente cutre y al mismo tiempo cercano al paisano de Arkansas y Utah, parece haber conectado con el americano medio más de lo que ningún candidato lo había conseguido en la última década.

No se trata de una revolución ideológica como la que supusieron los neoconservadores a finales del siglo pasado, o de la actualización socio liberal que impuso Bill Clinton a unos demócratas necesitados de recomposiciones, tras tantos años de derrotas electorales en el año 1992. Se trata pura y llanamente del voto de desprecio a Wall Street, de la persecución de una sencillez tendente al populismo basado en la agitación de los instintos más bajos a los que un pueblo puede sucumbir. Y en esto me temo, que al otro lado del Atlántico no ha ocurrido nada distinto a lo que estamos asistiendo en Europa. Ejemplo de lo anterior es el auge de partidos como Siriza en Grecia, el Ukip en el Reino Unido, el Frente Nacional en Francia, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, o Podemos en España.

El racismo indisimulado y fruto de la más profunda ignorancia de Trump, harían sufrir profundamente a cualquiera de los referentes morales del Partido Republicano, y sin embargo, ahí está. Con todo el viento en contra y un aparato del partido haciendo horas extras para desbancar al precandidato y “magnate infiltrado”, pues no olvidemos que Trump no es en absoluto un verdadero republicano. Su papel de mecenas de campañas demócratas a la presidencia en anteriores ocasiones así lo atestiguan.

Tendrá que hacérselo mirar un partido que ha pasado de copar el poder de Washington con Nixon, Ford, Reagan, Bush padre e hijo, casi de forma ininterrumpida en las últimas décadas, a convertirse en una herramienta antigua y hostil a decisivos sectores de votantes como son los latinos, los afroamericanos o los jóvenes. Sectores de la población que conectan poco o nada con candidatos, que se rinden al Tea Party a última hora (véanse McCain y Romney) o directamente profetas del paletismo yanqui como Ted Cruz. Sin una renovación profunda en valores, estrategia, marketing y candidatos; los Republicanos corren el serio riesgo de quedarse desfasados y convertidos en una reminiscencia del viejo sistema.

En cuanto a los demócratas, parece probable que Hillary consiga aquello para lo que lleva luchando muchas décadas, y pueda convertirse en la primera mujer que lidere a la Unión. El tiempo dirá si su temperamento y visión clásica de unos Estados Unidos de América como centro del poder mundial, consiguen rehabilitar ese viejo sueño de promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y la posteridad, de “nosotros el pueblo”.

Imagen tomanda de jacobogordonlevenfeld.es

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