El miedo al talento.

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Por Daniel Bermúdez Giralt.

“Mamá, odio mi vida, odio el colegio. Ojalá no fuera tan inteligente”

Estas son las palabras que Raúl, un niño de diez años con 135 puntos de Coeficiente Intelectual, le refirió a su madre después de que la Junta de Extremadura le obligase a repetir un curso al que previamente había sido adelantado gracias a sus altas capacidades.

El Ministerio de Educación estima que en España hay un total de 300.000 alumnos escolarizados con capacidades intelectuales superiores a la media, sin embargo, el 99’4% no son identificados y reciben una educación que no se ajusta a sus necesidades. Seis de cada diez de esos alumnos fracasarán escolarmente, y con ese fracaso se perderá un talento inagotable que podría hacer mucho bien a la sociedad. ¿Qué herramientas tiene el sistema educativo español para tratar las altas capacidades? ¿Son suficientes? ¿Qué hacen diferente los países más ricos y en qué les beneficia? Esas son las preguntas a las que trataré de responder en este artículo.

El número de niños sin identificar es suficientemente elocuente para ver que el sistema español adolece de una falta de interés por la superdotación intelectual. El problema de base está en que tanto el común de los ciudadanos como las autoridades encargadas de la educación tienen mal entendido el concepto de la Igualdad, pensando que esta consiste en coger a los alumnos con más y menos capacidades para acercarlos a la media. Para el lector que esté un poco familiarizado con la estadística, se trata de coger los extremos de la campana de Gauss y forzar que se acerquen al centro de la distribución.

Salta a la vista que no todos los estudiantes pueden recibir una educación media. En los últimos años se ha vivido una mejora de las condiciones educativas de los niños con discapacidades, que cuentan con profesores de apoyo y atención personalizada, así como con centros específicos para sus necesidades con profesionales formados que entienden cómo debe llevarse a cabo su educación. A pesar de esto, los alumnos con altas capacidades, cuyas necesidades son tan específicas y apremiantes como los anteriores, no han recibido el mismo trato; se entiende que como son superdotados pueden arreglárselas por su cuenta y riesgo. En la actual Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) se menciona más de cuarenta veces a los alumnos con necesidades especiales, pero siempre en referencia al primer grupo, y no al segundo— la LOMCE solo menciona las altas capacidades en dos ocasiones, que mencionaré más adelante—. Por supuesto esto no significa que sea culpa de los alumnos discapacitados la poca atención a los más dotados, es culpa de la falta de entendimiento y comprensión, y al igual que hizo falta concienciar para que los primeros alumnos tuviesen un trato justo, es necesario hoy hablar de los segundos.

Precisamente las dos menciones de la LOMCE sobre las altas capacidades marcan el segundo paso en la desatención a los superdotados, ya que en el artículo 76 el legislador escribe: “Corresponde a las Administraciones educativas adoptar las medidas necesarias para identificar al alumnado con altas capacidades intelectuales. Asimismo, les corresponde adoptar planes de actuación”.

Es decir, tanto la identificación como la educación de estos alumnos se dejan al criterio de cada centro educativo en particular. No existe un régimen homogéneo a nivel nacional que asegure que los requisitos para identificar a un alumno con altas capacidades sean los mismos, ni que compruebe que la educación que reciben sea igual en todas las Comunidades Autónomas. El problema aquí es que muchos de esos centros no cuentan con recursos, ya sean económicos o humanos, para garantizar la atención necesaria a los alumnos, por lo que ante el engorro que suele suponer tener un superdotado en el aula, prefieren las soluciones fáciles y vagas, descuidando la identificación y, aunque logren identificarlos, manteniendo una educación similar para alumnos medios y de altas capacidades.

Esta dejadez es el peor mal que se les inflige a estos niños. Mientras no exista un plan general de actuación —como ya existe en los países de los que hablaré a continuación— es imposible que su educación sea de la calidad suficiente como para explotar el potencial de los alumnos, sin que estos acaben por aburrirse, frustrarse y fracasando porque nunca en su vida han recibido los estímulos necesarios para su desarrollo. Los alumnos y las alumnas —especialmente estas últimas— podrán ser intelectualmente más maduros, pero siguen siendo niños y niñas que se frustran y se deprimen ante un entorno que parece no entenderlos.

Que la identificación por parte de los centros falla se hace todavía más patente si analizamos los ejemplos de adultos superdotados que no han oficializado su circunstancia hasta que han salido de la educación primaria y en muchas ocasiones secundaria y universitaria. Si se acude a alguna charla de alguna asociación estudiantil se oirán casos de niños que demostraron una visión espacial fuera de lo común en educación infantil y que nunca tuvieron un seguimiento académico, niñas que en primaria ganaban concursos literarios contra gente que les duplicaba en edad que jamás tuvieron atención psicopedagógica del centro educativo, otros que demostraron en exámenes oficiales o competiciones académicas capacidades lógicas y lingüísticas que se salían del baremo pero no llamaron la atención de sus profesores… Los casos son tan numerosos como descorazonadores.

Llegados al punto de analizar las actuaciones que sí se llevan a cabo en España, es importante plantear que son dos las que se suelen llevar a cabo, la Aceleración y el Enriquecimiento, más una tercera y polémica vía que consiste en el Agrupamiento.

La Aceleración se basa en que el alumno con altas capacidades estudie en un curso más alto de lo que correspondería para su edad; también puede darse en asignaturas determinadas y no cursos enteros si el estudiante destaca en materias específicas. Más allá de lo engorrosos y lo largos que son los trámites para que la autoridad educativa pertinente acceda a la Aceleración de un alumno, se presentan numerosos obstáculos para este mecanismo. En primer lugar, no fue hasta 2003 cuando se flexibilizó la duración de la educación de los alumnos con altas capacidades, lo que significa que hasta ese año, un alumno por muy acelerado que estuviese no podía acabar la educación primaria y secundaria antes de lo previsto en la ley, debiendo esperar a cumplir la edad requerida.

En segundo lugar “existía” —entre comillas porque todavía se aplica en muchos centros educativos— un límite de cursos por etapa a los que el alumno podía ser acelerado, que era de dos años por etapa educativa. Una sentencia judicial derogó este límite y permitió que un alumno accediese al curso que necesitase, pero obviamente como la educación de los superdotados sigue dependiendo de cada centro en particular, son muchos los que mantienen la limitación esgrimiendo argumentos manidos como que los niños no tienen capacidad emocional o social suficiente como para correr tanto.

Volviendo al caso de Raúl que relataba al principio del artículo, tras conseguir el informe que aseguraba que era superdotado Raúl recibió permiso de la Junta de Extremadura para ser adelantado un curso. La propia Junta no tardó mucho en desdecirse, obligando al niño, que había sacado sobresaliente en todas las asignaturas cursadas, a repetir el curso. Los padres de Raúl acabaron por emprender la vía legal, denunciando la decisión de la Junta hasta que un juez les dio la razón. A pesar de ello, la Junta de Extremadura vio necesario recurrir la sentencia contra un niño de diez años, solicitando además que no se diese al alumno profesorado de apoyo por considerarlo “un exceso innecesario”. Conseguir que un niño desee ser menos inteligente parecería a primera vista mucho más excesivo e innecesario.

La segunda medida que ofrece el sistema educativo es el Enriquecimiento, la medida más extendida entre los centros de enseñanza por parecer durante muchos años la más útil. Consiste en que además de cursar las asignaturas obligatorias, los alumnos llevarán a cabo actividades y trabajos complementarios que les permitirán adquirir más conocimientos, satisfaciendo así su curiosidad y su ansia de aprender. Este método permite unir Humanidades, Ciencias y trabajos sociales, ofreciendo una educación comprehensiva.

Los beneficios de este sistema no son óbice para que también se quede corto en numerosas ocasiones. En primer lugar deben ser los centros educativos los que cuenten con estos programas para altas capacidades y con la voluntad de aplicarlos. Muchos no se molestan en diseñarlos y otros, aunque los tengan, carecen de recursos para hacerlos útiles.

Por otro lado, no todo en este asunto es culpa del sistema educativo o de los centros escolares, en el Enriquecimiento el papel de la familia también toma una importancia crucial. No todos los conocimientos y curiosidades pueden satisfacerse en un aula, y por ello harán falta unos padres comprometidos con la educación de sus hijos, que les permitan desarrollar sus talentos con visitas a museos, clases particulares, estudios de música y deportes, etc… Evidentemente esto requiere una cantidad de tiempo y dinero tal que muy pocas familias están en disposición de permitírselo, pero no por ello debe pasarse por alto en este artículo.

En último lugar se ha citado una tercera medida, y se ha dicho que era polémica. Se trata del Agrupamiento, cuyo método es que los estudiantes con altas capacidades trabajen juntos, ya sea en aulas especiales dentro de un centro normal o, si se pudiese, en centros especiales. Sin embargo, la legislación española no permite la existencia de centros educativos para niños superdotados —cosa que sí permite para los alumnos discapacitados como se ha citado anteriormente— por considerar que generarían una exclusión social negativa para los niños. ¿Se debe suponer de esto que esa hipotética exclusión social sería negativa para el niño superdotado y no para el discapacitado?

Cabe destacar que países como Corea del Sur, Japón, China, Reino Unido, Suiza y Estados Unidos sí que permiten la existencia de colegios especiales; estas naciones no solo cuentan con más superdotados identificados que el resto de países, sino que además suelen encabezar los informes de resultados académicos como el famoso PISA —especialmente los tres primeros países—. El agrupamiento por un lado permitiría que un profesor especializado se ocupase a la vez de muchos alumnos con necesidades especiales, evitando que otro docente de un centro normal deba tener una clase a dos ritmos con alumnos superdotados y otros que no lo sean, lo que aliviaría la sobrecarga que muchos docentes sufren ante la carencia de medios de sus centros; además los niños superdotados podrían relacionarse con otros de su misma condición escapando así de la exclusión que sí se da en las clases normales, donde los alumnos pueden sentirse fuera de lugar.

En definitiva, en el tema de la educación a las altas capacidades hace falta dejar los recelos atrás, igual que se ha hecho con otros temas. Hasta ahora el miedo y la incomprensión ha pesado más en la balanza de los expertos, y donde deberíamos ver un potencial precioso muchos no vemos más que una amenaza a nuestra propia inteligencia. Debemos recordar que las personas con altas capacidades son eso, personas, y cuentan con unas necesidades determinadas. Su existencia no significa menos oportunidades para los demás, más bien al contrario. Avanzar hacia una educación de calidad para los superdotados, que premie el talento en lugar de abominarlo marcará el desarrollo de nuestro país, económicamente desde luego, pero sobre todo social y moralmente.

Daniel Bermúdez Giralt, nacido en Santiago de Chile en 1996 y residente en España. Estudiante de Economía y Relaciones Internacionales en la URJC. Analista de temas históricos, culturales y de política internacional.

Imagen obtenida de elestimulo.com

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