La infancia en el campo de batalla: Siria

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Por: Laura Bello

La imagen más desgarradora de los conflictos bélicos la protagonizan los niños y niñas que son testigos y víctimas del terror y de la violencia. Sin entender el porqué si quiera, les ha tocado vivir situaciones límite que amenazan su día a día y su futuro. Pasan ya más de seis años desde el inicio de la guerra en Siria. Una guerra en la que la población se ve cercada por dos frentes, cuya máxima no es otra que acabar con sus detractores o, mejor dicho, con cualquier persona no afín a sus credos. En esta tarea de tortura y aniquilación no existe ningún tipo de discriminación.  Tampoco con los críos.  Y son ya decenas de miles los menores víctimas mortales de este conflicto.

Las víctimas en vida de esta guerra no son menos. Desplazados, reclutados u oprimidos. Esa es su realidad. Y esa misma dimensión  se traslada a la infancia.  Según Save the Children, más de dos millones de los huidos son niños. El 51.1% de los casi cinco millones de desplazados por este conflicto. El Observatorio Sirio de los Derechos Humanos habla de más de 1 100 niños reclutados por el autodenominado Estado Islámico solo en el año 2015. La situación que viven estos pequeños dejará secuelas psicológicas a uno de cada cuatro. Y se estima que a los más de cinco millones de niños sirios y sirias que precisan de ayuda humanitaria solo les llega el 3% del total de los fondos necesarios. Los niños que juegan en el barro del campo de Idomeni o la madre que no sabe si podrá seguir  amamantando a su recién nacido por su mala alimentación. El viaje del pequeño Aylan. Aquellos que han  perdido su hogar y su familia o los que llevan colgado un fusil y ven decapitaciones a diario. Estos son las víctimas de la guerra: los ojos que no han visto más que violencia, miedo, pobreza y desplazamiento.

Europa, la tierra de la solidaridad, permite que en su territorio haya miles de niños sin ningún tipo de servicio básico y no propone aparentes garantías de mejora. Esta Europa fraternal no habla de crisis humanitaria, sino de control de fronteras y de los flujos migratorios. En esta Europa, quien sale ganando son los traficantes y no quienes han arriesgado su vida e invertido su dinero en llegar a una tierra que los iba a recibir con los brazos abiertos. Alberto Sicilia (@pmarsupia), freelance que cubre lo que está sucediendo con los refugiados que llegan a Grecia y el campo de Idomeni, publica algunos testimonios demoledores. Niños que no tienen donde bañarse, madres desesperadas que ven como sus bebés no salen adelante y familias tiradas en tiendas de campaña en el barro durante las noches de frio y lluvia. Y así  más de  15 000 personas , solo en Idomeni, según datos recientes de Médicos Sin Fronteras.[4] Europa no es la solución. Europa se ha convertido en un freno para el desarrollo de la vida tan potente como la guerra en su país.

De fronteras para dentro, los sirios y sirias sufren la violencia y la escasez de los recursos más básicos. Bien por haber sido asediados por las fuerzas de esta guerra, o bien porque los ataques han terminado por destruir y dejar inservibles las infraestructuras de estos suministros. Según UNICEF, siete millones de niños están sumidos en la pobreza y cerca de tres millones han dejado de ir a la escuela.  La tasa de escolarización ha caído de casi el 100% de niños escolarizados al 6%. Muchos han empezado a trabajar y otros tantos son reclutados para combatir. La ayuda humanitaria parece llegar tarde para dar cobijo a las familias que han perdido todo. Pero lo que es más grave, todo parece poco para recomponer estas millones de infancias arrebatas por la guerra.

Cuando un niño carga un fusil o a  una niña se la convierte en un objeto sexual de los combatientes, tal vez vivan o tal vez mueran. Ese es el título del informe de Human Rights Watch que denuncia el uso de los niños y niñas como un elemento más de su guerra. No acusa a un grupo en concreto, sino que se trata de una práctica extendida a todos los bandos de esta guerra que, en 2014, había dejado ya cerca de 200 bajas de niños “no civiles”. Niños en primera línea de fuego, espías, narcotraficantes o torturadores. Que alguien vaya buscando cómo rehabilitar a estos niños educados en la violencia extrema cuando todo esto acabe.

Los niños y niñas sirias quizás no entiendan nunca con claridad lo que está ocurriendo en su país. Se dejarán llevar por lo que han vivido y por lo que le cuenten sus personas más cercanas. Lo que les ha empujado a irse, a quedarse o a combatir. Sin escuelas, nadie les dará una explicación que puedan entender. Lo cierto es que el trauma y memoria de esta guerra y de la posguerra, que algún día llegará, será difícil de asimilar sin caer en futuras revanchas.

Laura Bello Cedillo, es una estudiante de Ciencia Política, Gestión Pública y Periodismo interesada en los debates políticos, sociales y culturales de nuestro tiempo.

Fotografía:  Creciendo con  eco. Recuperada de: www.latimes.com

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