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Por: Ángel Lázaro Bustamante

El cuadragésimo presidente de los Estados Unidos, que estrenó cargo el 20 de Enero de 2009, resultó ser el primer presidente afroamericano. Los hondos problemas raciales en el país de las oportunidades dan especial hincapié a este hecho que debería haberse asimilado y normalizado en una sociedad que debe gran parte de su cultura a una mezcla (el famoso “melting pot”) étnico-racial derivada de la inmigración masiva durante los siglos XIX y XX. Un nuevo presidente, eminentemente carismático, con un discurso balsámico en aquel momento para una nación cansada que deseaba en aquel momento aislarse: quizás Francis Fukuyama y su simpática y pacifista teoría del “fin de la historia” habían anticipado a los estadounidenses un inicio de siglo placentero, tranquilo. La guerra de Irak, el 11-S y al-Qaeda, la suprime mortgage crisis y la subsecuente crisis mundial, y la peligrosa confirmación de China como segunda (quizás primera durante un breve espacio de tiempo entre 2013-2014) potencia mundial, entre otros, desmontó aquel cuento de placidez y victoria del liberalismo democrático. Obama se presentó al principio como un presidente “de política interior”(algo que desde luego no discutirá este artículo), dispuesto a sanar heridas (su discurso en El Cairo de 2009 con el que intentó un fallido deshielo con el mundo musulmán es un buen ejemplo), recuperar la economía, cerrar Guantánamo (y con ello, uno de los episodios más sonados de la historia oscura de EEUU), e intercambiar la presencia militar en el exterior por una presencia más diplomática, multilateral, con el eje prioritario en la zona Asia-Pacífico. Estados Unidos como un guardián de la escena internacional, pero no como un actor directo involucrado en conflictos petroleros, con el firme objetivo de llevar a cabo una introspección a todos los niveles: político, económico y sociocultural, de acuerdo con diversos analistas políticos, como el profesor de la Brigham University Earl H. Fry.

Sin embargo, una de las dificultades que surgen el hacer un asesoramiento de la política exterior de Obama al frente de la primera potencia democrática mundial es la peligrosidad que presenta la dualidad en la interpretación de los acontecimientos: ¿es la política exterior de Obama reactiva, o activa? ¿Fueron los acontecimientos en la escena internacional los que llevaron la iniciativa, forzando a Obama a decantarse por la reacción? ¿Es, acaso, un legado decidido y planeado, pese el caos en la escena internacional, con ligeras adaptaciones? Para poder responder correctamente a las preguntas, y por tanto realizar una valoración objetiva del Legado Obama, este artículo revisará 3 puntos fundamentales en la política exterior de los EEUU durante los últimos 7 años: la tensa relación con Rusia, el papel de EEUU en el eje Asia-Pacífico y en Oriente Medio, y la llamada “política de la memoria” de Obama: la reapertura de relaciones con Irán y Cuba.

Rusia: la Guerra Fría del siglo XXI.

Un país fronterizo entre la OTAN/EU y Rusia sacudió la escena internacional a finales de 2013 con unas manifestaciones pro-Europeas que acabaron en una guerra civil, aún sangrante. Por supuesto, y al poco del inicio de la crisis de Ucrania, los grandes poderes internacionales (Rusia, EEUU y la UE, representada por la OTAN), se alinearon de manera bipolar y enfrentada sobre este enclave de capital importancia geoestratégica, incluso emocional para Rusia, como cuna de estado en el siglo IX. Aquellas imágenes de bombardeos, tanques y ciudades destruidas, de paramilitares rusos sin bandera cruzando la frontera hacia Crimea (ejemplo de la guerra híbrida que practica Rusia), de fuertes enfrentamientos verbales entre líderes de la UE y Putin, trajeron a la memoria idénticas escenas de un mismo conflicto entre dos potencias nucleares el siglo pasado. En aquel tablero se vio el primer reto serio hacia la administración Obama, exigida de mostrarse impasible ante una Rusia revanchista, recuperada del bochorno y la derrota de los 90 y deseosa de recobrar peso en la escena internacional. La anexión ilegal y unilateral de Crimea por parte del estado ruso llevó la tensión a unos niveles sin precedente desde los puntos calientes de la Guerra Fría. En aquel tablero, sin embargo, ganó Rusia, que decidió permitir una solución rápida al conflicto en forma de los Acuerdos de Minsk con la concesión de la anexión de la península que le da ahora acceso y bases militares en el mar Negro y al mar Mediterráneo. El papel de Putin como un ajedrecista impoluto de la escena internacional está, desde luego, mucho mejor demostrado en este artículo de Foreign Policy.

Respecto a la Guerra Civil Siria, las relaciones de EEUU con los actores envueltos en la solución del conflicto, en particular con Rusia, demostraron por primera vez una deriva peligrosa de la política exterior estadounidense: cuando EEUU llevaba las riendas de la coalición internacional contra el infame ISIS, y se encontraba dando apoyo a los rebeles contra al-Assad (fallido, por cierto), Rusia, en algo menos de dos meses, fue capaz de ganarle terreno: con el apoyo a al-Assad como inamovible y con el desligue de las fuerzas y bombardeos rusos en el terreo en un movimiento “blitzkriegano”, Rusia se convirtió en el pilar fundamental en el manejo de la crisis. Obama tuvo que recular en su posición, y comenzar a aceptar un tipo de reuniones diferente en Ginebra por la solución pacífica del conflicto: con al-Assad, por gracia de Putin, como en innegociable en el proceso de paz, y su posterior implementación. La estrecha y obligada colaboración de Estados Unidos con países tradicionalmente opuestos en el plano diplomático, como Rusia o Irán, retrata o bien un multilateralismo sin límites, con el fin como parte de los medios, o bien una política exterior reaccionista y adaptativa a los movimientos en una zona de influencia donde Rusia había disfrutado de escasa presencia y, generalmente, EEUU siempre había tenido la última palabra.

El “nuevo eje”: Asia-Pacífico y EEUU.

Una de las prioridades de Obama desde el principio de su legislatura fue incrementar la presencia de EEUU en la región de Asia-Pacífico, tanto para acercar posturas con China, como para marcarle el terreno. A los tradicionales aliados en esa zona (Corea del Sur y Japón), y al molesto enemigo declarado que supone una Corea del Norte de berrinches y amenazas, Obama fijó un nuevo objetivo diplomático: empoderar el Foro de Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés), con el fin de encajonar todo lo posible a China: “o conmigo, o sin nosotros”. Sin embargo, China, centrada en su expansionismo militar, político y económico, dio la vuelta a la situación con el anuncio a finales de 2014 de la creación de su propio banco de desarrollo, el Banco Asiático de Inversión e Infraestructuras (AIIB, por sus siglas en inglés), al que se adhirieron como miembros fundadores más de una treintena de países, algunos aliados de EEUU, como Reino Unido o Corea del Sur.

El contragolpe de la administración Obama, sin embargo, no se ha hecho esperar, al ser una zona de evidente importancia para los EEUU: igualmente que se prepara el TTIP hacia la Unión Europea, la versión de Asia Pacífico es el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), donde Obama ha suplantado el multilateralismo por una de las máximas diplomáticas: cuando fallan los acuerdos multilaterales, los bilaterales son la única salida. Este acuerdo está orientado básicamente al mantenimiento del pulso geoestratégico a China, que comienza a incrementar la presión con el establecimiento de islas y bases militares en el Mar de China, el principal y más transitado punto del comercio marítimo internacional.

Oriente Medio

Con terreno perdido en Siria y en el manejo de la situación, la política exterior de Obama en Oriente Medio queda incompleta, apenas maquillada por el deshielo de las relaciones con Irán en el contexto del acuerdo nuclear. Para empezar, Obama anunció en febrero de 2009, recién estrenado el cargo, el final de las misiones de combate en Irak para agosto de 2010, y la posterior retirada de tropas en 2011. Por supuesto, ni en Irak ni en Afganistán, donde prometió reducir el número de efectivos, las medias fueron llevadas a cabo.

Los desencuentros con Israel, un tradicional aliado por encima de cualquier cosa, son sin duda uno de los puntos más relevantes de la política exterior de Obama. Las tiranteces se desarrollaron sobre todo en el marco del acuerdo nuclear con Irán, cuando Israel defendía las actuaciones de EEUU como una condena hacia una guerra nuclear al permitir que Irán mantener una disminuida producción nuclear. En aquel momento, Netanyahu llegó a visitar el Congreso de EEUU bajo invitación del partido Republicano y sin reunirse con Obama, con el fin de tratar el tema del acuerdo con Irán y abogar por un bloqueo legislativo a la orden de Obama. Sin embargo, recientemente ambos países se han reunido con el fin de solucionar cualquier disputa entre ambos.

Respecto a la lucha antiterrorista, el espectro de al-Qaeda parece haber dejado paso a la amenaza inminente del ISIS. Respecto a prioridades, la operación “Gerónimo” en mayo de 2011 puso fin a la vida del líder e imam de al-Qaeda, dejando a la organización desgastada tras años de sufrir una descentralización evidente y una persecución implacable tras la doctrina de la “Lucha contra el Terror” de George W. Bush. El ascenso del ISIS durante 2013 y la autoproclamación del califato en enero de 2014, junto con sus muestras de poderes tanto en la brutal aplicación de la Sharia (ley musulmana), las ejecuciones (filtradas online), la acumulación y organización de territorio, la continuación de hostilidades en Siria e Irak (teniendo un avance considerado hasta hace poco imparable), y la ejecución de atentados en Europa, parecen haber dejado a al-Qaeda, liderada ahora por al-Zawahiri, en un segundo plano en Irak, pero no en Afganistán. La política de ataques con drones, cimentada en los primeros años de mandato, ha dado resultados dispares. Las operaciones con drones se extienden desde Pakistan hasta Libia, y por un lado, denotan efectividad: el menor coste de los bombardeos y ataques de UAV (Unmanned Aerial Vehicle) parecen haber dado ventaja estratégica en la lucha antiterrorista en el terreno, además de ahorrar vidas de soldados estadounidenses, esfuerzo económico, y malas críticas por parte de la opinión pública. Por otra parte, la población civil entra dentro del rango de víctimas colaterales de los ataques, por tanto levantando serias dudas sobre violaciones de derechos humanos y legislación internacional. Igual de sonados han sido tanto la aniquilación de líderes (por ejemplo, la muerte del nº 2 del ISIS), como los ataques a civiles (por ejemplo, la destrucción del hospital de Médicos sin Fronteras en Kunduz el pasado mes de octubre).

La “Política de la Memoria”

Poniendo la Historia en el centro de su Acción Exterior, y centrado en rentabilizar los últimos meses como Presidente, Obama decidió actuar de manera inédita y totalmente inesperada: el acuerdo con Irán del pasado Abril fomentó el restablecimiento de relaciones entre ambos países, inexistentes desde la revolución islamista de 1979; mientras que el histórico saludo de Panamá, en la XXIII Cumbre Interamericana entre Obama y Raúl Castro, principal autoridad de Cuba, comenzó el final de la Guerra Fría del Caribe, o e l deshielo de la tensión y rivalidad latente entre ambos países por más de medio siglo.

Dejando de la lado la polémica de ambos acuerdos (el plan nuclear de Irán por un lado, el apoyo de EEUU a una dictadura que aún tiene que incluir en el régimen derechos humanos fundamentales antes de una nueva ronda de contactos), la conciencia inmediatista de Obama para dejar su sello en la política exterior del próximo presidente resulta, cuanto menos, ciertamente apresurada. Los meses vuelan y las elecciones para tener un nuevo presidente hacen a Obama forzar la máquina diplomática, con el fin de decantar el balance final de su Política Exterior de manera positiva, con un éxito total en la región Americana y un pacto aceptable en Oriente Medio.

Sin embargo, y tras este análisis a los principales cuatro acontecimientos durante la administración Obama, se puede ver una desde un ángulo general una política exterior reaccionista, con poca iniciativa (excepto en Asia-Pacífico), y con cierta lentitud a la hora de responder a retos y amenazas inmediatos. Cierto es que no se ha analizado en el artículo otros elementos fundamentales como la política de seguridad nuclear, o el papel de EEUU en las Naciones Unidas, pero esta revisión deja desde luego en evidencia bastantes carencias de la administración Obama en el exterior. Será ahora el próximo presidente (o presidenta, como muchos deseamos), el que tenga que romper la Historia, y actualizar una política exterior que no debe quedar únicamente en legado.

Imagen obtenida de ruizhealytimes.com

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