El Brexit compromete el futuro de la Unión Europea y el de la política interior británica

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Por: Juan Rivera Crespo

La propuesta que Reino Unido puso encima de la mesa para no abandonar la Unión Europea mantiene en pleno debate al resto de socios. Los cuatro pilares del documento presentado por el primer ministro David Cameron y el presidente del Consejo, Donald Tusk, se centran en: gobernanza económica, competitividad, soberanía y prestaciones a los europeos residentes. Pese a que el debate del Brexit tiene un innegable componente exterior también pone de manifiesto la división en la política interior británica. Los dos grandes partidos, el conservador y el laborista, se encuentran fragmentados y del éxito o no del Brexit depende también quien dominará la política interior británica en los próximos años.

No es la primera vez que la UE se enfrenta a un desafío similar. El primero de todos, de 1966, ponía encima de la mesa la posibilidad de que De Gaulle retirara a Francia del proyecto. Más tarde, en 1992 y 2009, de nuevo un caso similar con Irlanda y Dinamarca, respectivamente, cuando no quisieron ratificar los tratados y tuvieron que sufrir modificaciones. Algo similar sucedió también cuando en Francia y Holanda fracasaron los referéndums de apoyo a la Constitución Europea, que en este caso se salvó un año después y por la puerta de atrás con la aprobación del Tratado de Lisboa.

La Unión Europea ya ha demostrado por tanto ser flexible, aunque las diferentes cesiones han ido descafeinando cada más el contenido convergente del proyecto europeo. Sobre las peticiones británicas para no realizar el referéndum de salida la UE se encuentra en posición de aceptar, sin muchas objeciones, las relativas a la gobernanza económica y la competitividad. Con la primera consiguen que no se margine a los países que no se encuentran dentro del euro, algo que ya estaba en la mente de la Comisión Juncker y la anterior de Durao Barroso. Y con su victoria en la competitividad Reino Unido consigue que sus empresas puedan actuar al margen de la lenta y reguladora burocracia europea, salvando así el dinamismo de las empresas británicas.

Las otras dos grandes materias, la soberanía y las prestaciones a europeos residentes, no solo dividen el debate en Europa, sino que en el propio Reino Unido y dentro del heterogéneo bloque euroescéptico internacional. En cuanto a la soberanía, las peticiones británicas van más encaminadas a un autonomismo que a una desconexión total. Las pretensiones desde el número 10 de Downing Street, la residencia de los jefes de gobierno ingleses, son conseguir que los parlamentos nacionales sean capaces de parar las regulaciones comunitarias con la llamada “tarjeta roja”.

En este punto el debate no solo está en si es recomendable que exista este mecanismo en materias ya cedidas a la Unión, lo que de facto sería como recuperar soberanía, sino en cual debería ser el mínimo y si sería fijo o variable por materia, ya que muchos países están en diferentes grados de integración. Además, la inclusión del mecanismo de “tarjeta roja” significaría una reforma profunda de los tratados para evitar conflictos entre derecho nacional y comunitario, y dentro del propio derecho comunitario.

Las prestaciones a europeos residentes son, de lejos, los puntos más conflictivos. Las intenciones británicas, que en este momento buscan reforzar su tendencia absentista de la política europea, afectan de manera indirecta a la libre circulación de personas. Ya que necesitaría de un control más estrecho del flujo de residentes y el recorte de prestaciones a los no ingleses fomentaría una invisible barrera de entrada. Algo totalmente contrario al espíritu del acuerdo Schengen, que consagra esta materia como fundacional de la Unión.

Además, este punto también es el que más divisiones provoca, en primer lugar, porque es el primer paso para una desarticulación lenta pero constante de Schengen, lo que provoca la oposición frontal de los europeístas. En segundo lugar, dentro del propio bloque euroescéptico, ya que Reino Unido ha sido históricamente receptor de inmigración; lo que pone en peligro posibles apoyos de euroescépticos convencidos, como es el caso del actual gobierno de Polonia, que dentro de las fronteras británicas tiene cerca de un millón de polacos. Y, en tercer lugar, dentro del propio bloque británico, ya que dentro del propio partido conservador existe discrepancia y en este punto concreto existe un bloque sin fisuras dentro del partido laborista.

El futuro de la política interior de Reino Unido se juega en Europa

La política interior británica también se encuentra en pleno debate. Al margen de que fue una de las promesas electorales de los tories, nombre por el que se conoce a los conservadores en la política británica, el partido de David Cameron está lejos de estar de acuerdo. De entrada, el propio ministro no es partidario del Brexit, como la mayoría de ministros de su gabinete, pero si que se cumplan las peticiones que pide en su propuesta. De todos los ministros doce se encontrarían en contra, cinco a favor y siete en la abstención; el carisma del líder conservador consigue amalgamar el gabinete, que es reflejo del partido.

La mera existencia de la propuesta ya es de por si conflictiva. En el plano político se encuentra UKIP, que en las pasadas generales obtuvo un poco más del 12% de los votos, que se opone a cualquier intento de convergencia con Europa, por muy leve y lento que sea. La presión de UKIP es sutil y se encuentra difuminada, de cara al público este partido solo tiene un común (miembro de la cámara baja) debido al sistema mayoritario británico. Pero dentro del partido de David Cameron el hecho de que los ultraconservadores ya estén rozando la mitad de sus votos, los tories recibieron poco más del 30%, comienza a ser inquietante. Con el centro libre de disputas tras el desmoronamiento de los liberal-demócratas el campo de batalla conservador se traslada al otro extremo, a la derecha de la derecha, donde pelear por conservar a sus votantes irremediablemente les arrastra hacia los posicionamientos de UKIP.

Esta tracción de los ultraconservadores ha creado dos corrientes dentro del partido conservador. La euroescéptica y la eurófoba, según lo cerca o lejos que se encuentren del centro político respectivamente. Los primeros son defensores de la propuesta, los segundos de la salida sin negociación; aunque en general hay acordado una tregua hasta que Bruselas se pronuncie definitivamente sobre los puntos más polémicos.

Esta tregua, que no va a durar, permite ver la pugna dentro del partido. Si bien David Cameron puede volver a presentarse lo cierto es que existe una regla no escrita desde la Segunda Guerra Mundial, por la cual más de dos mandatos seguidos no son bien vistos. Por lo que una vez superado el mandato actual, sea agotando el tiempo constitucional o antes de lo previsto por un referéndum, el líder de consenso y mediador que es David Cameron entre las dos almas del partido desparecerá. Dependiendo de cómo se encuentra la situación en ese momento la corriente euroescéptica canibalizará a la eurófoba o viceversa, ganando mucho más terreno dentro del partido. Cameron, representante del ala moderada y euroescéptica, depende del éxito de las negociaciones en Bruselas para mantener el control político dentro del partido y cercano al centro.

En el lado contrario el partido laborista sufre un proceso similar. Durante la tregua que supusieron Tony Blair y Gordon Brown el país se mantuvo cerca, pero sin llegar nunca a sumarse del todo, a las tesis convergentes. Ahora, tras el descenso de Miliband y el ascenso de Corbyn la situación es similar a la de los tories. La cúpula del partido laborista defiende la permanencia en Europa, aunque solo en una más social y alineada con las necesidades de la población.

Pero el partido también se encuentra dividido, aunque con una mayoría europeísta. Y también del éxito o del fracaso de las negociaciones depende el control que ahora mismo la cúpula laborista mantiene sobre el partido. Aunque en su caso el dilema es si cuando reciban el relevo serían capaces de poner encima de la mesa un reingreso de Reino Unido bajo el paraguas europeo. Que necesariamente debería ser lento y disimulado

Además, se encuentra otra derivada, la de la polarización entre el campo y la ciudad. Ya que es en el ámbito rural donde partidos como UKIP capta mayores porcentajes de voto eurófobos. Fenómeno que también se repite en países como un creciente euroescepticismo como Polonia y Francia; donde las ciudades son más europeístas, o menos euroescépticas, que los núcleos rurales.

Sin embargo, al margen de todo lo demás, lo cierto es que el Brexit se juega en dos niveles. Uno internacional donde los socios deben ponerse de acuerdo en cuales propuestas del ejecutivo británico aceptan y, dentro de ellas, en que intensidad y grado las aceptan. Y uno nacional, donde las élites políticas británicas no paran de hacer cálculos ante lo que podría ser un tsunami político que altere totalmente el eje político inglés.

Juan Rivera es estudiante de periodismo de 15 a 19AM. Periodista digital, de datos, de internacional, locutor de radio, orador, debatiente de competición, representante estudiantil y amateur de la programación el resto del tiempo #URJC.

Imagen obtenida de uk.businessinsider.com

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