(Para los que pueden darse) El lujo de desperdiciar

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Por: Paola Lira

Hoy, un tercio de la producción global de alimentos (1.3 mil millones de toneladas) se desperdicia cada año. La mayor parte, en el mundo desarrollado: los países industrializados desperdician casi la misma cantidad que el total de la producción alimenticia en África Subsahariana. El desperdicio per cápita en Europa y Norteamérica es de 95-115 kg/año, mientras que en África Subsahariana y el Sudeste Asiático es de 6-11 kg/año1.

Globalmente se produce la cantidad de alimento equivalente a 4 mil calorías per cápita cada día (mucho más de las que necesitamos). Mientras tanto, 870 millones de personas están desnutridas en el mundo. Unas 20 mil mueren de hambre cada día. En México se desperdicia el 37% del alimento producido cada año, equivalente a unos 30 millones de kg diarios, mientras un cuarto de la población mexicana presenta carencias alimentarias. Literalmente “sobra más de lo que falta”.

El desperdicio de alimentos es sumamente contaminante. Si éste fuera un país, sería el tercer contribuyente a la emisión de gases invernadero (GEI). Se estima que la descomposición de los desechos orgánicos en el campo en Estados Unidos representa un 25% de sus emisiones de carbono. La agricultura en sí contribuye a más del 30% de emisiones GEI en el mundo2. Es decir, nuestros recursos están siendo explotados para un alimento que va a ir a dar a la basura.

También es absurdamente caro. Los costos estimados por el desperdicio de alimentos en regiones industrializadas equivalen a 200 mil millones de dólares anuales, a nivel empresas y familias. En Estados Unidos, se desperdicia la cantidad de comida suficiente para llenar un estadio de fútbol para 90 mil personas ¡cada día! Al mismo tiempo, una familia de cuatro personas tira alrededor de 9 kg de comida al mes, lo que equivale a 130 dls o a 1,560 dls anuales. A nivel nacional, EEUU gasta 48.3 mil millones de dólares en alimentos desperdiciados al año.3, 4

El desperdicio de alimentos se atribuye a una serie de deficiencias en la cadena de producción, distribución y comercialización: métodos de producción, almacenamiento, empacado, procesamiento, infraestructura y transporte. Sobre todo para los países en desarrollo. Paralelamente, para los países ricos, el desperdicio se debe mayoritariamente a los hábitos de los consumidores y a las prácticas en los puntos de venta. Una de ellas es el etiquetado de caducidad, que destina a la basura a una infinidad de productos cuando siguen siendo útiles. Otra, los estándares de calidad, que rechazan grandes cantidades de productos por no cumplir con estándares cosméticos, sobre todo los agrícolas de países pobres al ingresar en la Unión Europea. 5

En cuanto a los consumidores, se trata de una mala planificación a la hora de comprar (más de la cuenta, cerca de la fecha de caducidad, sin considerar los platillos que se van a elaborar, despreciando el recalentado…) y a la hora de guardar la comida (en el fondo del refrigerador donde nadie la ve, sin priorizar lo que puede echarse a perder antes, descongelando la carne antes de tiempo…). 6

Esto habla de una terrible injusticia social, de un despotismo, una irracionalidad, irresponsabilidad e inconsciencia de todos nosotros, consumidores. Mucha culpa tienen los gobiernos al no dar apoyo suficiente a los campesinos, al no ampliar las redes de los bancos de alimentos, al no mejorar la infraestructura y los procesos para un ámbito que a todos nos es vital, y al no sancionar el desperdicio en los comercios; las empresas, por no mejorar la eficiencia; los supermercados, por no admitir productos que no son estéticamente perfectos a pesar de ser buenos; los restaurantes, por servir cantidades inhumanas que nadie se puede acabar. Pero con las cantidades de comida que se tiran en promedio en los hogares, no se puede culpar a nadie allá afuera. Antes que ellos, somos responsables nosotros, consumidores. Amplísima red de consumidores ejerciendo su poder –el más valioso en la sociedad de consumo- para mal.

Por fortuna, no todo está mal. Una reciente ola de concientización ha hecho surgir una red internacional de consumidores responsables para luchar contra este agravio inadmisible y evitable. Think.Eat.Save.Reduce Your Foodprint es una iniciativa lanzada por la Food and Drug Administration (FAO) y la United Nations Environment Program (UNEP), ambas de Naciones Unidas (ONU) para ello. Colaboran con organizaciones internacionales como Save Food, United Against Food Waste, Stop Wasting Food y con el programa Zero Hunger Challenge de la ONU.

A partir de este tipo de esfuerzos, el Reino Unido logró reducir su desperdicio de alimentos en un 21% entre 2007 y 2012. El año pasado, Francia aprobó una ley para prohibir a los supermercados tirar la comida sobrante, para ser donada o convertida en alimento para ganado o composta. En la Ciudad de México se está impulsando la iniciativa Cero desperdicio de alimentos como una nueva “estrategia de política alimentaria urbana” sostenible.

En un mundo en el que podría eliminarse el hambre con la justa distribución de los alimentos y sin desperdicios, no queda más que unirnos a esta lucha, que no implica más que ser conscientes de lo que compramos, preparamos y tiramos en nuestra casa. Para no darnos el lujo de desperdiciar.

Paola Lira es estudiante de Relaciones Inernacionales de 8° semestre en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Le interesan los temas de pobreza y medio ambiente -y seguridad alimentaria como un punto medio. Se dedica a escribir y diseñar proyectos de desarrollo. Es parte del Colectivo Soy Migrante, A.C., del Colectivo Ubuntu, y realizó un voluntariado en la Casa del Caminante J’tatic Samuel Ruiz García, Palenque, Chiapas. Actualmente se encuentra desarrollando una empresa llamada Xaralúa que tiene por objetivo comercializar copas menstruales para mujeres de escasos recursos en México. 

Imagen obtenida de www.thinkeatsave.org

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