Después de Gadafi: La crisis en Libia

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Por: Angel Lazaro

En 2011, la opinión pública occidental vislumbró con asombro cómo en diversos países árabes la gente, en especial los jóvenes, salieron a la calle con determinado aplomo clamando contra los regímenes dictatoriales que los oprimían, incendiados por el simbólico gesto de Mohamed Bouazizi, el humilde vendedor ambulante tunecino que se autoinmoló el 17 de Diciembre de 2010 frente al palacio del gobierno en señal de protesta. Llevados por un embriagador sentimiento grupal que atravesó fronteras, y una conciencia inmediatista marcada por al ímpetu del momento, los países árabes del siglo XXI se desgarraron internamente por completo ante el apoyo incondicional de los países occidentales. Apareció entonces en el ideario colectivo una bella y poderosa metáfora capaz de alterar los cimientos del mundo islámico y del equilibrio de poder en torno al eje mediterráneo: la primavera árabe.

Hoy, marzo de 2016, y al igual que le ocurriera a Francis Fukuyama con su “fin de la historia”, ha sido el poderoso paso del tiempo el que ha hecho ceder las previsiones a la realidad, quebrando aquel ideal romántico de libertad y verdad dispuesto a acabar con el oscurantismo democrático en el mundo musulmán. Sin entrar en valoraciones ni causas, la primavera árabe no sobrevivió su inmediato e inevitable invierno. La mejor prueba de ello es Libia, un país que pasó por su particular primavera árabe en 2011, atravesando a su vez un conflicto armado internacional a tres bandas (el régimen despótico de Muamar Gadafi, una localizada parte de la comunidad internacional encarnada por la OTAN aunque disfrazada por la ONU, y los rebeldes al régimen opresor), y que ahora mismo es un estado fallido, peleado entre grupos radicales islámicos, señores de la guerra, poderosas tribus, representantes electos por el pueblo libio, contrabandistas de todos los tipos, y además, grupos terroristas como el Estado Islámico o Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQIM, por sus siglas en inglés). Y desde luego que generalizar y meter a todos los países afectados por la ola de revueltas sociales entre 2011 y 2013 en el mismo saco no es muy recomendable, como tampoco lo es permitir el título de democracia a aquellos países donde las instituciones se utilizan para legitimar un sistema arbitrario, déspota y excluyente políticamente (a fin de cuentas, otro estado totalitario).

Libia fue abandonada a su suerte al comienzo de un importantísimo proceso de transición democrática en octubre de 2011. Históricamente, el territorio nunca había conocido una autoridad fuerte que se hiciera dominadora de las poderosas tribus beduinas. Jamás. Fue Muamar Gadafi quien, en 1969 y a través de un golpe de Estado, pudo consolidar su estatus como dictador y poder estable desde Trípoli, a través de su “Tercera Teoría Universal”. Esta engarzaba elementos anticapitalistas, asambleístas e islámicos tomados de las tribus beduinas con ideas como el Estado Socialista y el panarabismo. Su muerte creó un vacío de poder profundo que desequilibró por completo el país en un momento en que las élites del Gadafismo seguían en el poder, y las nuevas querían mover al país hacia el constitucionalismo y la democracia. Pese a las elecciones para la constitución de una nueva asamblea nacional de Julio de 2012, la violencia y la inestabilidad del 2011 no abandonaron el país (pese al establecimiento de la Misión de Apoyo a Libia de las Naciones Unidas en septiembre de 2011), preparando un caldo de cultivo ideal para el florecimiento del contrabando, las bandas armadas, las milicias a sueldo… El papel de las tribus en Libia es muy relevante, y su encarnizada rivalidad por el control de los pozos petrolíferos se trasladó en esa primera fase post-dictatorial al panorama político de manera ineludible: el gobierno sustituyente al todopoderoso Gadafi fue menospreciado, y tuvo que encarar diversas concesiones ante las tribus para evitar sumir al país otra vez en guerra. Sin embargo, no se pudieron construir instituciones democráticas efectivas durante este período, ni el nuevo parlamento consiguió ganar la simpatía de las élites. El país se resquebrajaba, sufriendo ahora la resaca de la revolución, siendo invadido paulatinamente por distintos grupos criminales y terroristas (Al Qaeda en el Magreb Islámico y grupos asociados, el Movimiento por la Unidad de la Yihad y el África Occidental, el grupo fundamentalista Ansar El Sharía…).

El último giro fatal de los acontecimientos tuvo lugar en Junio de 2014, cuando tras unas elecciones llamadas a buscar una alta participación nacional y a dar un importante respaldo a la legitimad del gobierno tras la rebelión de un grupo de ministros en febrero, el resultado más visible fue la escasa participación ciudadana (1,5 millones de votantes se registraron, frente a los 2,8 millones que lo hicieron para las elecciones de 2012), y la división del país en dos parlamentos, uno legítimo y reconocido por la comunidad internacional, liderado por el ganador de las elecciones Omar al-Hassi. Inmediatamente después de unas elecciones (también marcadas por la violencia), los islamistas comenzaron a clamar contra los resultados. Las milicias, movidas por los intereses políticos, también. El parlamento electo hubo de trasladarse debido a la presión de las milicias hacia el oeste para fundar su nueva sede en la ciudad de Tobruk, a menos de 200 kilómetros de la frontera con Egipto. En Trípoli un nuevo ejecutivo surgió, el Consejo Nacional General, apoyado por milicias y liderado por Nuri Abu Sahmin, forzando aún más la situación y ahondando el vacío de poder, el principal reclamo para más grupos delincuentes y terroristas.

La Misión de Apoyo a Libia de Naciones Unidas, por su parte, encabezada primeramente por el español Bernardino de León, actualmente por Martin Kobler, intentó desde verano de 2014 juntar posturas y buscar una conciliación nacional para imponer orden en el plano político mediante la creación de un consejo presidencial que asumiera funciones y satisficiera a todos. Con este ánimo se llegó al acuerdo de Sjirat, que establecería dicho consejo tras la aprobación de ambos parlamentos. Pese a los grandes avances iniciales, a fecha de febrero de 2016, ninguno de los dos parlamentos ha aceptado ninguna de las propuestas del encargado de Naciones Unidas, Fayaz al-Sarraj. Ahora, además, ha surgido un nuevo problema. Además de los 2,3 millones de libios que requieren ayuda humanitaria, y del casi millón y medio que necesitan ayuda alimenticia; y además de la grave crisis de financiación interna (el Banco Central Libio ha reducido sus reservas de los 280.000 a los 50.000 millones de dólares en sólo 4 años), ha surgido una nueva amenaza: el Estado Islámico.

Con cada vez más y más territorio controlado por los grupos fundamentalistas radicales, el tiempo se le acaba a Libia. La transición democrática del 2011 ha fracasado, y las particularidades etnográficas y sociológicas requerirán un nuevo enfoque desde la comunidad internacional, que, sí, en efecto, debe intervenir en Libia. Al menos, como fuerza mediadora a nivel político, y con una determinación irrefrenable a la hora de enfrentarse al Estado Islámico y demás grupos fundamentalistas del país. Son los libios los que han de decidir su futuro, y para que ello sea posible, es necesario reescribir la historia de la transición, y fundar unas bases estables y aceptables en el país. Y desde luego, aplicar el elegante arte de la tolerancia para aplacar disputas nacionales. Solamente así aquella primavera árabe de 2011 podrá tener un descanso tranquilo en la conciencia colectiva. Al menos en Libia.

Fuente: Generational Dynamics.

Fuente: Generational Dynamics.

 

Imagen obtenida de www.republica.com

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