Más que Cervantes y Shakespeare

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Por: Adrián Maceda

Este año, 2016, se produce la conmemoración de numerosas efemérides, fechas que nos evocan que, en un día semejante a este que vivimos, tuvo lugar un acontecimiento especial. Así pues, estos hechos pasados nos invitan a la meditación y a valorizar, o reprender, aquello que el calendario recupera del arcón de la historia para mostrárnoslo una vez más lustroso y vivo, tal y como una vez fue. Centrémonos en esta ocasión en el aniversario de obras y autores del universo de la literatura universal y permitamos a nuestro criterio comprender sus méritos y logros.

Que el tiempo pasa es una trivialidad, y, sin embargo, a veces parece que no lo percibimos tan claramente. Este discurrir, que tanto motivo de serenidad y de angustia ha dado, ha sido objeto de reflexión indiscutible para innumerables filósofos y literatos que han atendido con especial atención a como el tiempo les rebasa a ellos y a todo lo que les circunda para, en su último momento, sellarles sus percepciones y sus pensamientos y postrarles bajo el sustrato de los años. Esto dio lugar a temas tan recurridos que acabaron por conformarse en tradicionales tópicos literarios, así, el tempus fugit nos susurra el fluir del tiempo y el collige, virgo, rosas incita a la joven receptora a gozar de su condición mientras no sea mayor el estrago de los días (y, ya puestos, atender cuanto antes a las peticiones del poeta) y el ubi sunt?, ennuncia el retórico “¿Dónde están?”, en el que recuerdos y desvanecidas presencias aún nos rondan.

Las efemérides comparten cierta función con este último tópico. De esta forma en agenda el trabajo de los que fallecieron, pero que, a pesar de la distancia temporal, continúa teniendo un contenido adecuado a la actualidad y una calidad perenne. Este 2016 se presenta singularmente bien surtido de aniversarios de aquellas figuras que, por su propia valía y dedicación, han conseguido burlar en parte al tiempo a través de la vida de la fama que ya indicaba Jorge Manrique.

Hace 75 años, el 13 de enero de 1941, James Joyce, enmarcado en el modernismo anglosajón, finaba en Zurich. Escribió obras como Dublineses o Ulises, que lo conviertieron en el una de los autores más influyentes del siglo XX. El monólogo interior es uno de sus recursos narrativos más celebrados, aunque ni mucho menos el único.

El 6 de febrero de 1916, fallecía “el príncipe de las letras castellanas”, nos estamos refiriendo a Rubén Darío. En el centenario del poeta nicaragüense se advierte la vigencia de sus obras, su sonoridad inapagable. El autor de Azul…, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza ha sido el adalid del modernismo literario tras conjugar sus influencias francesas predilectas, el romanticismo, el parnasianismo y el simbolismo. Renovó la lírica castellana liberándola del estancamiento romántico.

El 28 del mismo mes también despedimos a Henry James, estadounidense asentado en Europa por largo tiempo. Empleaba un peculiar punto de vista para analizar a los personajes de sus novelas desde sí mismos. Esta profunda introspección, así como un lenguaje rico y un argumento proclive a mostrar la naturaleza más íntima y recóndita de los personajes a pesar de tocar temas “tabú” para su época se consideran algunos de sus grandes y controvertidos aciertos. Algunas de sus novelas fueron Daisy Miller y Otra vuelta de tuerca.

No obstante también los nacimientos son objeto de recuerdo, así en 1916 nacieron dos figuras clave para las letras españolas. El 11 de mayo, vino al mundo Camilo José Cela, inaugurador del tremendismo con su obra La familia de Pascual Duarte. También trabajó el realismo cuando retrató el Madrid de 1943 en La colmena mediante el empleo del multiperspectivismo presente en la amplia galería de personajes de clase media-baja que pululan por la obra. Estos integran la realidad superior que es Madrid visto en una época muy concreta, la postguerra. En septiembre, nació Antonio Buero Vallejo, máximo exponente del teatro español del siglo XX, en su obra se aprecia la tragedia del individuo como motor de acción que le lleva a buscar un cambio. En muchas ocasiones, este cambio acaba por frustrarse y confirmar la fatalidad de su destino dejando, sin embargo, un atisbo de esperanza. Escribió Historia de una escalera, El tragaluz y La fundación, entre otras.

Unos días antes que Buero, nacía también en 1916 el galés Roald Dahl. Cuentista tanto de niños como de adultos, entre sus obras más conocidas para el público más joven se encuentran Los gremlings y Charlie y la fábrica de chocolate; entre aquellas propias de lectores más maduros, Historias extraordinarias y Relatos de lo Inesperado.

No solo las personas cumplen años, uno de los monstruos más famosos cumple doscientos, estamos hablando de Frankenstein o el Moderno Prometeo, la novela de juventud de Mary Shelley escrita en Villa Diodati en condiciones irrepetibles. Por cierto, Frankestein es apellido del doctor, Víctor, no el nombre de la criatura.

Sin duda, si hay dos figuras que rápido emergen en nuestro pensar sobre la literatura castellana y de la inglesa, esas son Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. De estos dos personajes celebramos este año su cuarto centenario. Aunque no se acaba de esclarecer el día exacto de su muerte, lo cierto es que el Día Internacional del Libro se celebra el 23 de abril con motivo del óbito de estos dos escritores, más o menos próximo. A título de recordatorio, que sobre eso versa todo el artículo, añadiremos que, a pesar de la obviedad, Cervantes es mucho más que Don Quijote de la Mancha; otras obras célebres son las Novelas ejemplares y Los trabajos de Persiles y Sigismunda. En lo concerniente a “el bardo”, no es menos cierto su gran capacidad para la poesía ejemplificada en sus Sonetos, a veces eclipsada por su producción teatral.

Quien sí falleció sin duda el 23 de abril de 1616 fue Inca Garcilaso de la Vega, sobrino nieto del poeta renacentista. Este peruano emprendió una elaboración de la historia de Perú en la cual revelaba el pasado, teñido de superstición por los europeos, del pueblo inca.

Como es apreciable, pero no menos inevitable, nos hemos visto obligados a dejar sin mentar a muchos otros escritores que, sin duda, hubiese sido más que conveniente incluir. También se observa la falta de una mayor diversidad en cuanto a procedencia de los autores que, salvo raras, pero igualmente meritorias, excepciones, todos provienen del mundo occidental y son, por lo general, varones. Que esto también sirva para, sin en el pretexto de excusarnos aquí, reflexionar acerca de lo que verdaderamente se entiende por literatura universal, si acaso existiera tal cosa.

Adrian Maceda. Estudiante de periodismo y de relaciones internacionales en la URJC. Aprendiz de artífice. Aspirante a arquitecto de palabras, de música y de pensamiento.

Imagen obtenida de www.elconfidencial.com

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