Industrialización: Revolucionarios y Revolucionados

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Por: Daniel Bermúdez Giralt

La Revolución Industrial es un proceso histórico que prácticamente todo el mundo ha estudiado y sabe situar, tanto en el tiempo como en el espacio. En el tiempo hablamos de gran parte del siglo XVIII y el principio del XIX; en el espacio citamos sobre todo a Gran Bretaña, país al que se unieron con el tiempo puntos aislados del continente europeo.

Sin embargo, con este artículo se pretende arrojar luz sobre una realidad muy poco estudiada y reconocida: la importancia crucial que tuvieron el Imperio Español y sus territorios en Hispanoamérica a la hora de sentar las bases de esa industrialización acelerada que ha llevado a Occidente —y a todo el Mundo— a la posición en la que se encuentra hoy en día.

En primer lugar deberíamos comenzar exponiendo algunas de las características de la Revolución Industrial y del tiempo en que se dio. Durante el siglo XVIII el concepto de Estado-Nación era todavía muy joven, de igual modo que lo era el Liberalismo, tanto el filosófico como el económico, lo cual nos presenta unos Estados débiles y con poca potencia económica —hasta la rica Gran Bretaña o el emporio comercial que era Holanda no tenían ni una fracción de la capacidad de financiación que posee ahora una nación media— de modo que no podían emprender las obras faraónicas necesarias para comenzar la industrialización.

La incapacidad de recurrir al capital público hizo que la mayoría de las infraestructuras necesarias para el cambio industrial fuesen sufragadas por dinero privado, ya fuese de individuos ricos que contaban con capital para invertir, de las modernas Sociedades Capitalistas o de los Bancos privados que surgieron de la mano de ese liberalismo económico que antes se citaba. El ejemplo clásico de esto es el ferrocarril, cuyas primeras líneas como la famosa Liverpool-Mánchester fueron construidas y difundidas enteramente por manos privadas, como ocurrió también con líneas de carreteras, minas, fábricas y transportes marítimos.

Para los años de la Segunda Revolución Industrial, los Estados ya habrían ganado —relativamente hablando— un peso enorme en la economía, lo que hizo de esta revolución una patrocinada en su mayoría por el capital público, una de las razones por las que fue todavía más vertiginosa que la anterior.

Sin embargo, cabría preguntarse de dónde salió ese ingente capital privado que el norte de Europa utilizó para la Revolución, de qué cajón lo sacaron. Evidentemente muchos hombres se enriquecieron con el comercio internacional que ya se perfilaba en el siglo XVIII, pero los Imperios comerciales como el inglés, el francés o el holandés no eran todavía lo que serían cien años más tarde, así que este solo puede ser un motivo más y no el principal.

Aquí es donde entra el Imperio Español.

Durante los dos siglos anteriores a la Revolución Industrial en Gran Bretaña, España mantuvo con Hispanoamérica la mayor transacción de metales preciosos que se había dado en la Historia de la Humanidad. Después de la colonización del continente sudamericano, el grueso de los españoles que viajaban a Las Indias se afincó en ciudades ricas en oro, plata y otros metales, con el objetivo de explotar las minas —y a los habitantes locales— para enviar sus ganancias a España en barcos repletos de riquezas que alimentaban la voracidad de la Península Ibérica. Algunas de estas ciudades superaban ampliamente en población y servicios a las de la propia metrópoli española; Potosí en 1625 llegaba a 160.000 habitantes, batiendo sin discusión la población con la que contaba Sevilla, ciudad a donde llegaban sus riquezas.

Calcular este caudal de metales es harto complicado, debido a numerosos factores como la contabilidad caótica, el contrabando, la corrupción o la pérdida de archivos. Uno de los intentos más exhaustivos que se conocen viene de la mano de uno de los primeros estudiosos de la historia económica, E. J. Hamilton, quien en su obra El tesoro americano y la revolución de los precios en España (1501-1650) ofrece unas cantidades extraordinariamente exactas: desde 1503 y durante 160 años, España recibiría 16.886.815.303 gramos de plata y 181.333.180 gramos de oro.

Si bien la comparación con los precios actuales puede resultar inexacta, el oro y la plata se cotizan a la fecha de redacción de este artículo a 36.465 y 437 euros/kilogramo respectivamente. Si el lector se toma la molestia de hacer la regla de tres verá que la cifra roza el PIB de Estados Unidos en 2014.

Ahora bien ¿Qué hacía España en pleno siglo XVI con el equivalente a catorce billones de euros? Evidentemente malgastarlos.

Como dicen los ingleses, easy come, easy go. El Imperio Español tuvo una enorme cantidad de frentes conflictivos abiertos al mismo tiempo durante esos siglos, los reinados de la Dinastía de los Austrias se recuerdan por el afán que mantuvieron por confirmar la supremacía europea, y mundial, de sus posesiones. Estos carísimos frentes eran: la eterna pelea con Francia por el control del continente, las guerras religiosas contra los protestantes alemanes y los anglicanos de Gran Bretaña, la expansión por Italia y el norte de África y la batalla por el control del Mediterráneo con el recién forjado Imperio Otomano. Todos estos conflictos hicieron que los españoles tuviesen que pagar a ejércitos enteros de mercenarios extranjeros con dinero que evidentemente se quedaba en el país de origen de dichos mercenarios; también era usual, para sufragar las guerras, que la Corona pidiese préstamos a los banqueros europeos, especialmente holandeses y germanos, cuyos intereses se pagaban con el dinero americano que en dichas naciones permanecía. Por aquí comenzó el flujo de capitales de España hacia el resto del continente.

El segundo motivo fue casi anecdótico, a pesar de lo doloroso que resultaba para la sociedad española de la época, la piratería, especialmente inglesa y holandesa, llevada a cabo por corsarios como Sir Francis Drake que bajo el amparo de sus propios gobiernos buscaban y hundían o secuestraban los navíos españoles cargados de riquezas.

Pero fue sin duda el tercer motivo el que marcó la sangría de riqueza desde la Península a Europa. Resulta que España era un país tan improductivo, con un sistema de manufacturas muy atrasado, una sociedad en la que ciertos estamentos consideraban ignominioso el trabajo y una cultura nula para el emprendimiento que en lugar de invertir el dinero en modernizar el país se prefirió comprar todos los productos a los países vecinos.

Como es sabido, aquella nación que se dedica únicamente a importar productos de sus vecinos, manteniendo su balanza de pagos en un déficit sin remedio, tan solo logra que estos se queden con sus reservas mientras se va empobreciendo paulatinamente. De hecho, el impacto de las riquezas americanas en la economía española fue paradójico, llegando a crear una inflación superlativa plasmada en una serie de hambrunas crónicas y miseria generalizada que hacen que se recuerde el siglo XVII como uno de los de mayor decadencia social de la Historia de España.

Por estos tres motivos el enorme torrente de capital americano, a través de las manos españolas, se fue concentrando en aquellos inversores particulares que unos años más tarde apostarían por la Revolución: los comerciantes a los que España compraba sus productos, los banqueros a los que pedía préstamos, etc… Con los años, gracias a que esas naciones sí contaban con la filosofía de trabajo necesaria, las riquezas americanas darían sus frutos en forma de hornos de carbón, vías de acero y locomotoras.

El desarrollo de los países favorecidos por la industrialización a partir de ese momento sería exponencial; si las diferencias entre el Norte y el Sur de Europa habían sido salvables hasta entonces, tras unos pocos años de desarrollo el escalón se volvió demasiado grande. A España en particular le costó hasta la segunda mitad del siglo XX ponerse al día con sus pares continentales.

Al día de hoy todavía se puede ver el efecto de ese retraso que acarrea el país, de esas oportunidades que debieron ser suyas pero lo fueron del vecino. Más todavía se puede ver en las montañas huecas que dejó el Imperio en el continente sudamericano. Reflexionar ahora sobre estos temas solo nos servirá, si es cierto aquello de que la Historia se repite, para saber aprovechar las situaciones ventajosas que se nos presenten por el camino como país y sociedad. Si es que volvemos a tener la oportunidad.

Daniel Bermúdez Giralt, nacido en Santiago de Chile en 1996 y residente en España. Estudiante de Economía y Relaciones Internacionales en la URJC. Analista de temas históricos, culturales y de política internacional.

Imagen obtenida de tumblr.com

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