Draghi, la Eurozona y el miedo a la política económica expansiva

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Por: Jesús Suárez

“El Banco Central Europeo no dudará en actuar, está listo para hacer su parte” advirtió su actual presidente -Mario Draghi-, el pasado 15 de febrero, ante la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo. Este modus operandi, de hablar antes de actuar, se está convirtiendo en una tradición; y es que las denominadas intervenciones verbales son cada vez más relevantes a la hora de que los mercados vayan midiendo sus próximos movimientos. La mecánica consiste en que el banquero italiano promete nuevas medidas monetarias y los mercados financieros se tranquilizan de forma inmediata, como si de un efecto balsámico se tratara.

Draghi fue tajante en su intervención; consciente del empeoramiento de la situación en la eurozona y de la pasividad de los diversos agentes económicos, no le quedó más remedio que señalar que el BCE revisará y reconsiderará su política monetaria a comienzos de marzo. De momento llegamos a los últimos compases de febrero y no se sabe que medidas se van a adoptar desde Frankfurt. En principio, se puede esperar que aumente el volumen de su programa de compra de activos/bonos (QE), tasado en 60.000 millones de euros al mes; ampliar su fecha más allá de marzo de 2017; crear una segunda ronda (QE2) con unas directrices distintas; o también seguir reduciendo los tipos de interés para situarlos aún más en negativo. Aunque lo más probable es que se trate de una estrategia para ganar tiempo, así como, para rebajar las sucesivas tensiones que los mercados financieros padecen desde principios de año.

No es extraño hablar de una estrategia cuando en diciembre de 2015 ya se produjo una revisión de esta política ultraexpansiva, por lo que no tendría sentido otra recalibración de la “Expansión Cuantitativa” – Quantitative Easing o QE- en menos de tres meses. Dicho esto, me veo en la obligación de aclarar una serie de cuestiones:

¿Qué es una Expansión Cuantitativa (QE)?

Consiste en un instrumento o herramienta –no convencional- de política monetaria, utilizada originariamente por el Banco de Japón (BOJ) para combatir la deflación en el 2000. Básicamente es la compra de deuda -normalmente a través de bonos- por parte de un Banco Central para aumentar la oferta de dinero, lo que comúnmente se puede denominar “imprimir billetes” o “inyectar dinero”. Esta herramienta extravagante se suele emplear cuando los tipos de interés son cercanos a cero.

¿Cómo y por qué la está aplicando el BCE?

Desde marzo de 2015 hasta septiembre de 2016, posteriormente ampliado hasta marzo de 2017, el BCE está comprando bonos emitidos por los Estados o por instituciones públicas de la eurozona -lo que viene a ser títulos de deuda pública- por unos 60.000 millones de euros mensuales. Esto debería provocar que los precios de los bonos suban y su rentabilidad, por ende, baje. También buscaría la inyección de dinero en el mercado, depreciando el euro, de este modo Europa se volvería más competitiva en cuanto a exportaciones se refiere y fomentaría su recuperación. Aunque uno de los principales objetivos era que la inflación alcanzase el 2% (IPC), combatiendo así el riesgo de la deflación -bajada generalizada y prolongada de los precios- , la realidad es que los precios de la eurozona continúan estancados en torno al 0% (IPC) -según los datos del Eurostat-.

Retomando las palabras de Draghi: “si cualquiera de estos dos factores –la baja inflación y el impacto de las turbulencias bancarias en la política monetaria- conlleva riesgos a la baja para la estabilidad de los precios, no dudaremos en actuar”, aseguró refiriéndose al propio BCE como nosotros. ¿Pero qué quiere decir con que no dudará en actuar?

El BCE ha cumplido con su parte, llevando a cabo su política monetaria ultraexpansiva mediante la compra masiva de bonos. Pero ya no basta con esa política incapaz de mitigar el problema de la inflación baja. Es un hecho, que la eurozona se sumerge cada día más en una trampa de la liquidez –situación en la que los tipos de interés se encuentran muy bajos, próximos a cero, por no decir al 0% directamente-. El problema surge cuando esos tipos no pueden bajar más y, por tanto, el precio de los bonos son tan altos que nadie espera que sigan subiendo. Por esta razón, la implementación del BCE de su política monetaria es totalmente ineficaz. Es aquí cuando entra en juego las demandas del Señor Draghi: una mayor inversión pública y un cambio en la política fiscal de los Estados.

“Esto significa poner el énfasis en la inversión pública, en la inversión en infraestructuras y en bajar la imposición, así como finalizar las reformas estructurales que estimulan la demanda interna, aquellas que favorecen la inversión privada y el consumo privado”, sentenció el economista.

En el caso de las reformas estructurales, fundamentalmente se han producido en los gobiernos con una mayor presión; aunque desde el BCE se exige que se extienda a todos los países. Por otro lado el gasto en infraestructuras se entiende como primordial, a la hora de fomentar la creación de empleo e incrementar los niveles de productividad. Pero el punto clave reside en la bajada de los impuestos para impulsar el crecimiento económico y complementar las medidas que se toman desde Frankfurt. “Las políticas fiscales deberían apoyar la recuperación”, matizó Draghi.

Y es que en un informe reciente, el BCE explica que las subidas de impuestos no contribuyen a reducir el déficit y se ha demostrado que es la peor forma de consolidación fiscal. Esta consiste en un pacto de equilibrio presupuestario entre todos los países de la zona euro, por el que el déficit máximo que pueden alcanzar es del 3% anual. Cuando de ajustar presupuestos se trata, lo lógico es pensar en subida de impuestos o reducción de gastos. Aquí el informe nos aclara que la consolidación fiscal puede acometerse con éxito, si se recorta de manera duradera en el gasto. Esto es lo que precisamente está exhortando Draghi a los países, mientras ellos hacen oídos sordos y mantienen sus incrementos impositivos. Según el BCE es crucial efectuar una reforma en profundidad del gasto innecesario que se ha ido acumulando a partir de la crisis del 2007, propiciando una fiscalidad que incentive el crecimiento económico, el empleo, la inversión pública (educación, I+D, FP, infraestructuras) y se facilite el crédito y la financiación. No se nos puede olvidar que los déficits no pertenecen a la política monetaria y que los equilibrios presupuestarios no los establece el BCE, a través de su decisiones, si no que son competencia directa de la política fiscal de cada Estado.

Jesús Suárez es estudiante de Economía y Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos. Apasionado de la escritura y la oratoria, considera que la palabra ha de dotarse de fuerza necesaria para que tenga la capacidad de informar al mundo.

Imagen obtenida de www.capitalradio.es

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