El hombre que tuvo que abrir su maleta para entrar en un McDonalds

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Por: Asunción Mateos Gámez

Francia ha sufrido y sigue sufriendo una de sus mayores crisis de los últimos decenios. No hago referencia a una de esas crisis financieras cíclicas que merma la capacidad adquisitiva de los individuos y que los priva del acceso a los servicios y bienes más básico, no obstante este planteamiento no exime la actual realidad que se ve representada desde la Aquitania hasta el Nord-Pas de Calais.

Desafortunadamente, ha sido necesario que un incidente de tal magnitud como el ocurrido el 13 de noviembre de 2015 aconteciese para que la población no solo francesa ni europea, sino el conjunto de las sociedades occidentales, otorguen una mayor importancia a la cohesión social para la resolución de conflictos, tanto en el ámbito nacional como internacional.

No me dispongo a analizar los hechos, ni las causas, ni mucho menos las consecuencias. Puedo afirmar que quiénes estén leyendo este artículo ya conocerán a través de grandes medios de comunicación junto con elaborados proyectos de investigación el antes, durante y el después de lo que supusieron los atentados terroristas en París meses atrás.

Bien es posible que a nivel internacional, y como respuesta a la situación inicial la República Francesa haya recuperado su estabilidad política y vuelva a situarse al frente de los mandos de decisión en los conflictos más controvertidos. Sin embargo, la situación interna de la nación y, sobre todo la de la cosmopolita capital francesa difieren de esta concepción.

Ello no quiere decir que el miedo se haya apoderado de las calles y que los parisinos se hallen aterrados ante cualquier situación anómala. Más si comparamos la respuesta de las autoridades ante casos similares en países europeos- como pudieron ser los atentados de Atocha del 11 de marzo de 2004-, el modo de actuación ha variado considerablemente a pesar de las numerosas verosimilitudes entre ambos Estados.

Hace doce años diez bombas estallaron en cuatro trenes de Cercanías en la estación central de Madrid, dejando un total de 192 muertos y más de 1800 heridos. Desde un comienzo las autoridades negaron la posibilidad de que la autoría de los ataques perteneciese al grupo terrorista de Al-Qaeda dado que ello conllevaría a una seria repercusión a nada más que tres días de las elecciones generales. Desde el propio Ministerio del Interior dirigido por aquel entonces por Ángel Acebes no se planteó siquiera la posibilidad de que los ataques no hubiesen sido llevados a cabo por una organización terrorista que no fuese ETA.[1]

Puede “comprenderse” que ante el temor y la incertidumbre que el país llevaba viviendo desde el inicio de la democracia en consecuencia de los numerosos atentados perpetrados por la organización terrorista de ETA, el primer impulso de los partidos políticos e incluso del Gobierno central de España fuese atribuir la autoría de los atentados a Euskadi Ta Askatasuna. No obstante es inadmisible que a lo largo de los días durante los que transcurrió la investigación y ante la insistencia de la opinión internacional, el Gobierno se mantuviese impasible en su posición a pesar de los hechos.

El mismo once de marzo alrededor de las nueve y media de la noche desde Londres se informa que la red terrorista de Osama Bin Laden está detrás de los atentados perpetrados en Madrid. Más no es hasta el día siguiente cuando los medios de comunicación internacionales como The New York Times, Le Monde, Le Figaro, Financial Times, The Washington Post [2]junto con medios nacionales se hacen eco también de esta hipótesis planteada la noche anterior.            El periódico El País llegó afirmar que: «La eventualidad de que los atentados sean obra de grupos fundamentalistas islámicos ligados a Al Qaeda flotó ayer como un fantasma en todos los comentarios de los círculos políticos y periodísticos. El gobierno fue rotundo en sus desmentidos, aunque ni el Rey ni el Presidente del Gobierno citaron a ETA en sus primeras alocuciones al país. Si se confirmara que hay elementos del radicalismo islámico ligados a los hechos, sería lícito sospechar que se ha manipulado la información desde instancias oficiales»[3]

Lo importante de estos sucesos- los cuáles podría continuar narrando, dado que ocurrieron sucesivos episodios similares a lo largo de esas semanas- es la extracción de la idea de cómo primaron los intereses políticos a la propia seguridad de los ciudadanos y a su derecho de ser proveídos de toda información sobre lo ocurrido.

El 13 de noviembre de 2015 se vio ennegrecido por los ataques terroristas que se perpetraron en la capital francesa, en los que oficialmente fallecieron 137 personas y 415 resultaron heridas. Desde comienzos del año 2015 Francia se ha hallado en estado de alerta: En enero tuvo lugar el atentado cometido contra la revista satírica Charlie Hebdo, en febrero tres soldados fueron apuñalados en Niza, en junio se produjo un ataque contra una factoría en Saint-Quentin-Fallavier que se llevó por delante la vida de uno de los empleados y en agosto aconteció el atentado contra el tren Thalys. Además, con motivos de la XXI Conferencia sobre el Cambio Climático que se celebró en Paris, desde el 30 de noviembre al 11 de diciembre las medidas de seguridad continuaron incrementándose y se establecieron controles fronterizos semanas previas al atentado.

Producidos los hechos a lo largo de aquella fatídica noche, el presidente de la República- François Hollande- anunció el Estado de Emergencia y el cierre de fronteras de Francia. Así mismo fue declarado el nivel « alfa rojo»[4] el cual alerta a las autoridades de responder ante una serie de emergencias concurrentes mediante el Gobierno y el Ejército, hecho que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial.

Bien es cierto que desde un comienzo el grupo yihadista Estado Islámico reconoció la autoría de los ataques perpetrados[5], mas cabe destacar la inmediata respuesta del Gobierno francés y como con el paso de las horas se comenzó a divulgar una mayor cantidad de información sobre lo ocurrido.

No obstante ello no ha podido paliar el descenso de ingresos en el sector turístico. La seguridad es extrema: revisión de bolsos, abrigos, sombreros…, prohibición de líquidos en la entrada de grandes e importantes monumentos, el Ejército paseando por Notre-Dame… Puede que lo que a continuación voy a describirles se trate de una mera anécdota de turista indignada pero lo considero de especial relevancia. Hace alrededor de un mes visité París con el objeto de analizar las actitudes y el comportamiento de los ciudadanos de una ciudad que en menos de un año había vivido tantos atentados contra su libertad. Me encontré con una población “relativamente” tranquila, un excesivo control por parte de las autoridades y un miedo aterrador por parte de los empresarios. Acudí a la apertura de Le Carrillon y no existió ningún tipo de seguridad, visité el Museo D’Orsay en hora punta y nadie me hizo abrir mi bolso, y, fui a comer a un McDonalds donde me hicieron abrir mi equipaje, mi bolso, quitarme el abrigo y por supuesto me exploraron de arriba abajo.

La República Francesa posee un mayor peso internacional que otros muchos países que han sufrido de ataques terroristas durante estos últimos años – como es el caso de España- no tienen, es por ello que tiene la capacidad de movilizar a todo el ámbito internacional con el objeto de solicitar ayuda y requerir un mayor apoyo internacional. La Resolución 2249 aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con fecha del 20 de noviembre de 2015 condena los ataques terroristas perpetrados por el Estado Islámico en Susa, Ankara, Sinai, Beirut y París. Exhortando a los Estados Miembros, pertenecientes a las Naciones Unidas y que tengan capacidad para hacerlo, a que adopten todas las medidas necesarias– conformes al Derecho Internacional- que redoblen y coordinen sus esfuerzos con el fin de prevenir y reprimir los actos terroristas cometidos por el DAESH.

Sin embargo, ¿qué hubiese ocurrido si semejante tragedia hubiese acontecido en algún lugar más alejado del corazón de Occidente? ¿Hubiese las Naciones Unidas y con ella toda la esfera internacional respondido con igual solidaridad? ¿Habrían las Potencias mostrado su indignación y desprecio de manera tan incisiva? ¿Realmente Occidente hubiera actuado en consecuencia?

Y sobre todo, ¿me habrían hecho abrir la maleta al entrar en un McDonalds?

Asunción Mateos Gámez, de origen alcarreño. Estudiante de Economía y Relaciones Internacionales en la URJC. Escritora a tiempo parcial y amante de las lenguas modernas. Sapere Aude.

Imagen obtenida de www.gettyimages.co.uk

[1] “Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y el Ministerio del Interior no tienen ninguna duda de que el responsable de este atentado es la banda terrorista ETA”.(Ángel Acebes, en rueda de prensa el 11 de marzo de 2004)

[2] Cadena SER. Avance de la prensa internacional. 12/03/2004 7:35

[3] Terrorismo en El Pozo. Juan Luis Cebrián ( EL PAÍS) 12/03/2004

[4] Le plan « rouge alpha » est le niveau de réponse à une série d’événements dramatiques simultanés. Il est différent du « plan blanc » qui concerne les hôpitaux, le « plan rouge » se concentrant sur la coordination des soins sur le terrain, donc autour de la protection civile, de la Croix-Rouge, ou des ambulanciers.

[5] “Ocho hermanos con cinturones explosivos y rifles de asalto” llevaron a cabo “un ataque bendito contra Francia”

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