A través de mis ojos: La Unión Europea

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Por: Pablo Guijarro

Para el público, la Unión Europea es ese ente que afecta a nuestra economía, para bien o para mal. Un estamento superior al estatal al que hay que tener en cuenta para las grandes decisiones del país, que nos da el apoyo de grupo pero que nos quita libertad de movimiento a nivel estado. Para muchos, motivo de orgullo, para otros, de desgracia.

Por ello, me gustaría responder a una simple pregunta: ¿Cómo ve alguien no experto la Unión Europea? No creo tener la verdad absoluta (De hecho, mucho de lo que pueda decir en este artículo podrá ser rebatible, estoy convencido), pero creo que, a veces, es interesante ver puntos de vista diferentes, de personas corrientes, para ver cómo han realizado los medios su función de filtro de la realidad y analizar su impacto sobre un tema en la audiencia.

La primera vez que escucho el término “Unión Europea”, no soy más que un niño de colegio, donde me enseñan que la Unión Europea es algo bueno muy beneficioso para España. A partir de ahí, durante mi educación básica, se me iría enseñando la historia de esta comunidad, desde el Tratado de París hasta el Tratado de Lisboa, pasando por Maastricht, Roma, Ámsterdam o Niza.

Siempre me dijeron que la UE se creó, en un principio, para que los países europeos se ayudaran económicamente entre sí tras la segunda guerra mundial y que, poco a poco, fue tomando tintes identificativos, es decir, que Europa tomara conciencia de grupo y, de alguna manera, “nacional”. Que los europeos nos considerásemos así: europeos.

Cuando crecí, me di cuenta de que aquí existe un pequeño problema: Como es natural, un grupo de países ha de contener una gran mezcla cultural, un gran choque de nacionalidades, etnias, religiones y países, algo que deja muy lejos el llegar a una autoconciencia. Siempre se me ha enseñado que el sentimiento de conjunto, de nación, de pueblo, nace de una cultura en común, un idioma, unas señas de identidad…

Justo cuando Europa es todo lo contrario.

No hablemos de la disparidad de lenguas, etnias, costumbres, etc. Para empezar, una gran parte de Europa profesa el islam, herencia del Imperio Otomano, algo que, sorprendentemente, mucha gente en mi país desconoce. Y eso agrava el problema: Ni siquiera conocemos nuestras culturas vecinas, las que se encuentran en ese barco llamado Europa. Pensemos en países como Estonia o Bulgaria ¿Qué somos capaces de decir sobre ellos?

Pero no solo en el plano cultural vemos que Europa es un territorio desigual. Económicamente, está claro que unos territorios están más desarrollados que otros. A lo largo de la crisis económica que comenzó allá por 2008, hemos visto que algunos países han sobrellevado mejor la recesión que otros, en concreto, los países escandinavos y de la Europa continental. Por otro lado, Europa del sur, con economías más débiles y basadas en los servicios, sucumben más fácilmente antes las crisis económicas. También podemos observar las economías de la Europa del este, aquellas que están aún en desarrollo para alcanzar los niveles europeos.

Muchas veces, el público piensa que los estados son los que deben corregir y poner solución a los problemas que se presenten en una región, sin embargo, es la Unión Europea, como entidad supranacional, la que hará frente a tales irregularidades de una forma u otra, ya sea a través de sus organismos propios o de los de los estados, pero siempre se harán frente desde “Europa”. Hay varios retos que afectan principalmente a los países europeos a día de hoy:

La ya mencionada crisis económica es la principal preocupación de Europa. Según Eurostat, en abril de 2015, el paro europeo estaba en el 9,6%. Aunque no parezca una cifra demasiado alarmante en España, donde hemos superado la barrera del veinte e, incluso, del veinticinco por cierto en los momentos más crudos de la recesión, hemos de pensar de nuevo en la pluralidad europea, en la que rozar el diez por cierto de desempleo es verdaderamente alarmante.

Aunque la economía es una de las especialidades de la UE, también han de preocuparnos las cifras sociales que atravesamos por culpa de la crisis económica: la desigualdad social o la pobreza infantil, entre otros muchos, son indicadores que preocupan a la Unión Europea. Sin embargo, hay un indicador social mucho más peligroso que no siempre se trata, el auge de los extremismos políticos:

El aumento del número de votantes de partidos como el Front National francés o Amanecer Dorado en Grecia, es un indicador de la radicalización de parte de la sociedad. Sus discursos de extrema derecha son un caldo de cultivo para revoluciones violentas dentro de una Europa que quiere vivir en paz. No me atrevería a decir, como muchos, que estamos reviviendo la situación en la que se desarrolló el nazismo, porque el crack del 29 y la crisis que lo siguió se llevaron por delante a todas las economías capitalistas, que en esos años daban sus primeros pasos, pero sí es verdad que el destino ha querido que nos encontremos en momentos similares de la historia. No es una crisis tan grave como la de hace tantos años, pero también ha provocado una gran agitación social, visible en movimientos como los skinheads o el neonazismo (Que, en muchas ocasiones, van de la mano)

El racismo de este tipo de grupos ha de tenerse muy en cuenta, especialmente ahora que vivimos la crisis de los refugiados a causa de la guerra en Siria. Por ejemplo, esta semana saltaba en los medios la noticia del incendio de un centro que iba a albergar a refugiados sirios, donde muchos de los presentes aplaudían mientras el edificio ardía. Un verdadero quebradero de cabeza para las instituciones europeas. Sin embargo, aunque ahora haya tocado a las puertas de Europa, tanto España como Italia tienen ya unos antecedentes en cuanto a la Inmigración Ilegal a través del mediterráneo.

Otra cosa es que Europa acabe de darse cuenta del problema.

Sé que estoy tratando los temas de forma muy superficial, casi de forma frívola. Sé, también, que me dejo mucho en el tintero: el descrédito del euro (Tras los muchos sacrificios que hizo la unión para poder implantarlo), la amenaza terrorista islámica, la competencia asiática ante los productos europeos (De la que Europa sale como puede), la mala aplicación de muchos de los recursos de la Unión (Como la PAC, que, a pesar de su buena intención, ha hecho a los grandes latifundios españoles dependientes de las ayudas), los problemas de abastecimiento energético, problemas estructurales de la propia UE… Pero no pretendo instruiros con mis palabras. Mi intención es que quién me lea no crea todo lo que viene de la siempre-encantada-de-conocerse-Europa, como decía Aleix Saló. Claro que la Unión Europea ha sido beneficiosa en muchos sentidos, de hecho, pienso que, sin ella, España no habría llegado a ser lo que es, pero la Unión tiene problemas, como toda institución, y no concentra la atención del mundo, como creemos los “europeos”.

Y esto viene a raíz de que hemos liderado la carrera del mundo durante varios siglos, que mientras en Asia y África caían en el letargo del conocimiento, Europa se convirtió en un centro neurálgico del saber. Sin embargo, hemos de recordar que, durante mucho tiempo, nuestro continente era como el Tercer Mundo de las civilizaciones:

Mientras Europa era un glaciar en retroceso, que dejaba tras de sí tundras ingobernables plagadas de animales peligrosos y hacía imposible la agricultura, la ganadería y los asentamientos, en el Creciente Fértil existían civilizaciones como Mesopotamia o Egipto que vieron grandes avances en las urbes. Debemos recordar que Europa fue, durante mucho tiempo, una tierra colonizada por las civilizaciones de medio oriente. Debemos recordar que gran parte del pensamiento actual viene de civilizaciones asiáticas. Debemos recordar que mientras Europa caía en el atraso intelectual por la extensión del catolicismo, Al-Ándalus fue el mayor centro cultural de Occidente. (No en vano, el Renacimiento proviene de la traducción y transcripción de los textos de Aristóteles por Ibn Rushd, también conocido como Averroes, un filósofo andalusí del siglo XII).

Debemos recordar que no somos el centro del universo.

Pablo Guijarro (Madrid, 1996), estudiante de Periodismo en la URJC. Lleva leyendo y escribiendo prácticamente toda su vida y dirige sus pasos para hacer de los medios su profesión. Comienza aquí su experiencia seria como redactor, aunque ya se había iniciado en el mundo de la radio como locutor en un programa literario llamado A Pluma y Espada, en la radio universitaria RadioURJC.

Imagen obtenida de cnnespanol.cnn.com

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