¿Hacia una segunda Guerra Fría?

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Por: Juan Lomba de Miguel

Dmitri Medvedev, primer ministro ruso, alertó en la pasada Conferencia de Seguridad de Múnich sobre el acercamiento del mundo hacia una nueva guerra fría. A la luz de los recientes acontecimientos y las fricciones que se vienen dando entre la Federación Rusa y los Estados Unidos, el mensaje del Kremlin es a todas luces preocupante. Sin embargo, cabe hacerse la pregunta: ¿se dirige realmente el mundo hacia una nueva Guerra Fría?

No es ninguna novedad el hecho de que Washington y Moscú son rivales históricos, como lo fueron de una manera feroz hasta el desmantelamiento de la Unión Soviética en 1991. Sin embargo, en el clima político actual, se hace difícil imaginar una segunda polarización mundial entre ambos países.

Es totalmente cierto que los puntos de discordancia son muchos más que los de acuerdo en lo que al conflicto sirio se refiere, viendo unos enemigos donde otros ven aliados, y posiblemente siendo solamente el Daesh el único objetivo común para unos, y para otros. Donde unos ven a Assad una figura merecedora de liderar un eventual proceso de paz en el país, otros ven un dictador cuya presencia en el poder es totalmente injustificable. La Federación Rusa, que lleva junto a Irán al régimen alauita en volandas hasta las puertas de Alepo en su guerra contra todo aquel que no sea fiel al régimen, ha obtenido un papel capital en el conflicto vistas las reticencias de Occidente a empujar contra Daesh.

Más allá de entrar a valorar el papel de buenos y malos en Siria, que más que responder a una escala de blancos y negros es una variada escala de grises, es digna de mención la pérdida de influencia a la que la Federación Rusa se está viendo sometida en el panorama internacional en los últimos años, por mucho que sea cierto que, a día de hoy, Rusia sigue formando parte del podio de las superpotencias mundiales junto a Estados Unidos y al nuevo jugador, China.

Es cierto también que, pese a continuar siendo un actor fundamental en las relaciones internacionales, el peso de Rusia respecto a la influencia estadounidense global es, a día de hoy, menor. Y a esto corresponden diversas explicaciones, comenzando por el mayor y mejor uso del soft power que los Estados Unidos han ido realizando a través de, entre otras acciones, el incremento de países miembros de la OTAN, muchos de ellos a las puertas del territorio de la Federación: ¿quién se iba a imaginar apenas dos décadas atrás que las repúblicas bálticas iban a formar parte del entramado político-militar impulsado por los Estados Unidos para combatir a la URSS y su posterior Pacto de Varsovia? ¿Quién se iba a imaginar que lo que en su día fue la Rumanía de Ceaucescu acabaría también por integrar este proyecto de la OTAN?

Por no mencionar las presiones rusas para impedir la anexión de Ucrania o Finlandia, ambos países fronterizos con la Federación, pero una posible futura unión de Montenegro a la Alianza podría suponer otra victoria estratégica y moral de Washington sobre Moscú. Queda por ver, además, la posibilidad de que Serbia, histórico aliado de Rusia, ingrese en algún momento en la Unión Europea, una vez Croacia ya forma parte de la misma. Para Medvedev y el Kremlin, la relación con la OTAN es “hostil y cerrada”. Sin embargo, expuesto lo anterior, se hace complicado imaginar a Rusia y la OTAN tomando el camino de una mayor hostilidad hasta el punto de llegar a una confrontación tal como la que sucedió en la Guerra Fría.

A Rusia y a Putin, el zar del siglo XXI que se aferra como un clavo ardiendo a la grandeza de la Madre Patria, se les volvió en contra las acciones en Crimea y el este de Ucrania. La anexión de la mencionada península y la guerra civil en el Donbass provocaron una oleada de sanciones por parte de la Unión Europea y los Estados Unidos, resultando en restricciones financieras y embargos de armas. Más allá de recuperar una península con una importancia estratégica capital que se perdió con la desintegración de la Unión Soviética, Rusia se ganó en aquel momento un descontento y hostilidad mayores por parte del Occidente. Pese a todo, y conocedor de la dependencia de los europeos de los hidrocarburos rusos, el Kremlin no quedó en el aislamiento o la inacción, y Siria ha sido la prueba de que, al menos a día de hoy, se ha de contar con Putin y su país a la hora de sentarse a negociar en términos geopolíticos.

En cuanto a la diplomacia rusa, encontramos como claros aliados a Estados como Siria –o lo que queda de ella-, Venezuela, Irán o China. En lo que a la superpotencia china respecta, ha ido adelantando por la derecha en potencial económico a todos los Estados del globo, acompañada de su condición de país más poblado del planeta. China, como primera potencia económica mundial y tercera militar, puede jugar en igualdad de condiciones en el concierto de naciones mundial, lo que ya supone una rotura del modelo bipolar que se vivió en la segunda mitad del siglo XX entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y se hace difícil imaginar que vaya a seguir a sus aliados en Moscú en una eventual segunda gran guerra ideológica, a la luz de sus intereses con cantidad de países occidentales.

Hemos de subrayar, una vez más, la multiplicidad de actores que hay sobre el tablero en el panorama mundial a día de hoy, y se debe prestar especial atención al conflicto en Siria como punto de especial fricción entre estos dos. Es cuanto menos irónico que, en lo que comenzó como un conflicto civil de aquella Primavera Árabe que ha traído bastantes pocas flores, sean Estados Unidos y Rusia los que vayan a establecer un alto al fuego –salvo en la lucha contra el Daesh y el Frente al-Nusra- por línea telefónica entre la Casa Blanca y el Kremlin.

Es innegable, para concluir, que por mucho que Rusia haya perdido capacidad de influencia en el panorama internacional, no ha perdido, ni perderá con Vladimir Putin al frente, su condición de halcón en las relaciones internacionales. Crimea, Donbass o Siria lo demuestran. Pero a la vista queda, también, la superior influencia del águila calva en el tablero internacional, lo cual complica, cuanto menos, las opciones de Moscú de jugarle de tú a tú a Washington en una eventual segunda guerra fría.

Imagen obtenida de www.abc.net.au

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