El sueño que fue Europa.

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Por: Daniel Bermúdez Giralt

Cuarenta y dos. Ese es el número de conflictos bélicos a gran escala que sacudieron Europa según los registros de la Sociedad Española de Historia Militar desde la Edad Media hasta nuestros días. Esas cuarenta y dos grandes guerras tienen también en común que al menos dos de los beligerantes eran pueblos hoy miembros de la Unión Europea.

Estamos hablando de contiendas que escribieron con tinta imborrable sus nombres en la Historia, las imperialistas, las de independencia, las de venganza, las Guerras Civiles, las Napoleónicas, y por supuesto las dos Guerras Mundiales; todas ellas engloban cientos, o miles, de batallas y escaramuzas, y en total se han saldado con la muerte estimada de más de cien millones de seres humanos.

Tras las matanzas de la primera mitad del Siglo XX, una Europa desangrada, exhausta y desconfiada, que había perdido el liderazgo del mundo para afrontar una postguerra que se antojaba llena de riesgos, vio que su situación era insostenible. De esta situación nació el sueño que fue Europa, lo que hoy en día llamamos Unión Europea, que surgió para volver a tender los puentes que habían destruido los tanques y las bombas.

Evidentemente, sería ingenuo escribir sobre los motivos filosóficos que sirvieron de mortero para la creación de la Unión Europea dejando de lado uno de los asuntos principales, el económico. Sí, todo comenzó como una unión económica que ha resultado ser lucrativa para todos sus miembros, y no en vano la Unión Europea es la primera potencia mundial en términos de PIB, pero el llamado Federalismo Europeo va mucho más allá, como también lo hacen los frutos que ha conseguido la Unión hasta nuestros días. Una serie de políticos europeos supo ver el potencial de esta idea y comenzó a reunirse para poner en marcha el proceso de integración, que agrupa ahora a veintiocho comunidades distintas, por el momento. De entre todos esos políticos, quizá al que se recuerda con más cariño entre los despachos de Bruselas sea a Robert Schuman, el ministro de exteriores francés que fue el primero en prestar voz al movimiento, del mismo modo en que fue el primero en presidir lo que conocemos como Parlamento Europeo.

Schuman nunca fue un buen orador, sus coetáneos lo tildaban de lento y pesado al hablar, lo que no le impidió dar el discurso clave que marcó el pistoletazo de salida a la Unión Europea, en el que afirmó:

“Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho. La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular […] quede superada”

Esta declaración se escuchó en 1950, tan solo cinco años después de la capitulación de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, y el primer mandatario en saber de ella fue Konrad Adenauer, canciller de la RFA, dato que debería recordar toda aquella persona que intente olvidar el cariz pacifista e inclusivo que fue básico en los inicios de la Unión.

En el año 2012 la Unión Europea fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, otorgado por los votos unánimes del comité, con el motivo de “haber contribuido durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los Derechos Humanos en Europa”. Si bien la situación que pasaba la Unión en ese momento era de increíbles dificultades, el Comité Noruego quería poner el foco de atención sobre lo que consideraba el mayor logro conseguido nunca por parte de la organización, el hecho de haber logrado pasar de ser un continente en guerra a un continente en paz.

De este modo la superación de la oposición secular que pedía Schuman se alcanzó entre unas naciones que Thomas Jefferson llegó a llamar “aquellas de la guerra eterna”.

Hasta 2008.

A partir de ese año, las circunstancias han empujado a la Unión hacia un camino cuesta abajo, en el que los argumentos políticos derrotistas, electoralistas y manipuladores se ceban con aquello que nuestros mayores construyeron con grandes esfuerzos y años de preparación. Golpeada por una crisis tras otra, sin tiempo para resolver una antes de enfrentar la siguiente, el proceso de integración parece estar caminando hacia atrás, cuando cada día, al abrir el periódico, se habla de la cancelación de Schengen, de Grexit, de Brexit, o quizá simplemente de Dream Exit, o para que suene al día, Drexit.

Asegura George Soros que la Unión Europea sufre cinco crisis agudas a la vez, y si bien Soros puede ser muchas cosas, nunca ha sido conocido por errar en sus análisis. Las cinco crisis a las que se refiere el magnate son las ya citadas de Reino Unido, Grecia —o la Crisis Económica si lo prefiere el lector—, la olvidada Ucrania, el terrorismo yihadista y la emergencia de los refugiados.

Ante estos cinco peligros se han levantado numerosas voces que acusan a la Comunidad Europea de lenta de reflejos, de burocrática, de no tener “planes de acción”; muchas de esas voces aseguran que cada país estaría mejor por su cuenta y riesgo. Pero, mi pregunta es: ¿Cómo se puede tener un plan de acción? Ninguna máquina, asociación u organización alguna creada por el hombre podría aguantar estos problemas, que ya individualmente resultarían letales, y no digamos los cinco a la vez. Cuando el continente —y el mundo entero—, estaba debilitado por la mayor recesión económica en casi un siglo, surgieron los desafíos geopolíticos como el de Ucrania, para posteriormente tener que abrir las puertas a millones de personas desesperadas que buscan cobijo y refugio, dando combustible a los movimientos xenófobos que todavía rondan por los países, como en todas partes. Y por si esto fuera poco, la Unión se ha visto salvajemente herida en el corazón mismo de su civilización, se ha visto a gente armada disparando libremente por sus calles, a sus periodistas asesinados, a sus ciudadanos amenazados.

Reitero mi pregunta ¿Cómo es posible un plan de acción? La Unión ha acusado el golpe; un boxeador diría que casi está en la lona. Pero no ha tirado la toalla. Donde otros habrían sucumbido, ella ha mantenido el tipo y ha buscado día tras día soluciones a los problemas, como ya lo hicieron sus antecesores hace sesenta años. La economía parece avanzar, dubitativamente, pero mejora; las misiones diplomáticas a Ucrania y Rusia se suceden mes tras mes y la acción exterior de la Unión Europea no ha olvidado nunca el conflicto; Donald Tusk negocia con Cameron, y este pide a su pueblo que vote a favor de la permanencia en la Comunidad; el peligro a la salida de Grecia es infinitamente menor al que existía hace un año, cuando los mandatarios de ambos lados negociaban en salas separadas para no tener que verse las caras. La ayuda a los refugiados fluye, tímidamente porque es un tema que todavía se discute entre las naciones, pero el núcleo de la Unión asegura que se llegará a acuerdos en los próximos meses, y en cuanto al terrorismo, sin duda la amenaza más difícil de conjurar, somos capaces de decir que son precisamente los países europeos los que más han movilizado a la Comunidad Internacional para luchar contra esta lacra, que pende como una espada de Damocles sobre la cabeza de todos los habitantes del mundo libre.

Solo queda para finalizar este artículo asegurar que la Unión Europea es algo que merece la pena defender, algo que deben recordar nuestros políticos, un proyecto que hemos heredado, que carga con las esperanzas de varias generaciones. A los ciudadanos de la Unión ha de quedarnos claro que nuestro papel es fundamental, nosotros formamos parte de ella y ella de nosotros.

“El europeo no puede vivir a no ser que se embarque en una empresa unificadora”

José Ortega y Gasset, La Rebelión de las Masas.

Daniel Bermúdez Giralt, nacido en Santiago de Chile en 1996 y residente en España. Estudiante de Economía y Relaciones Internacionales en la URJC. Analista de temas históricos, culturales y de política internacional.

Imagen obtenida de observacoop.org.mx

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