Enchúlame la Olimpiada

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Por: Luis Mingo

2016, por si lo habíamos olvidado, es año Olímpico y Paralímpico. Como cada cuatro años, voy a fingir ser experto en todos los deportes para emocionarme y deprimirme en la comodidad de un sillón. Pasaré horas viendo cómo deportistas de alto nivel (incluso los golfistas, aparentemente) buscan inscribir su nombre en letras doradas de la historia Olímpica o alguna de esas frases trilladas de comentarista deportivo. El resultado es previsible, pero no por eso menos humano: deportistas talentosos que inesperadamente pierden la carrera más importante de sus vidas por una lesión o por un error de último minuto; el triunfo del atleta que superó todos los obstáculos; litros de lágrimas se derraman, ya sea por felicidad o por tristeza; rituales, rezos y celebraciones de todos colores y sabores. Para mi, el debate más grande será entre ver las transmisiones comiendo papitas con salsa o pasitas de chocolate. O ambas.

Como ñoño y deportista de sillón, me gustan los Juegos Olímpicos porque las relaciones internacionales entran a nuestra vida como rutina de Nadia Comaneci: con mucha gracia y sutileza. Debatimos por qué algunos países ganan más medallas que otros; el resurgimiento de China como potencia Olímpica; si los sistemas democráticos o totalitarios son más eficientes para el éxito atlético; si algún deportista es naturalizado, refugiado, o si compiten bajo la bandera olímpica (saludos a China Taipéi). Estos temas son un espejo del contexto internacional en constante evolución.

Hay un debate interminable respecto a si los Juegos Olímpicos y la política están separados. En mi opinión, son hermanos siameses. Quizás es más fácil defender que los deportistas están lejos de la política, pero no es necesariamente recíproco. Hitler quiso usar Berlín 1936 para demostrar la superioridad de los arios, pero Jesse Owens se llevó los reflectores y cuatro medallas de oro. En un punto álgido durante la Guerra Fría, Estados Unidos lideró el boicot a Moscú 1980 en oposición a la invasión soviética en Afganistán. La URSS devolvió la cortesía y lideró su propio boicot a Los Ángeles 1984. China usó Beijing 2008 para demostrar un regreso triunfal al escenario internacional (mientras tanto “mi villano favorito”, alias Vladimir Putin ordenaba la invasión a Abjasia y Osetia del Sur). Los Juegos Olímpicos de 1916, 1940 y 1944 se cancelaron como consecuencia de las Guerras Mundiales. Y muchos etcéteras.

Las situaciones, hitos, contextos nacionales y tendencias sociales también impactan el desarrollo de los Juegos Olímpicos. Sudáfrica fue vetado entre 1964 y 1992 por sus políticas del Apartheid; el saludo del Black Power de Tommie Smith y John Carlos en México 68 dio la vuelta al mundo; doce de las quince repúblicas que formaban la URSS compitieron como “Equipo Unificado” en Barcelona 1992, pese a que la Unión Soviética ya no existía como tal; el ahora enemigo público Oscar Pistorius se convirtió en el primer deportista amputado en competir en Juegos Olímpicos; durante Rio de Janeiro 2016, las normas para los deportistas transgénero son más laxas.

La globalidad de los Juegos Olímpicos no está en duda. Hay más Comités Olímpicos Nacionales (205/206 porque nuestros amigos de Kuwait están suspendidos), que Estados Miembros de la ONU (193). Sin embargo, estos actos deportivos no escapan la paradoja: por un lado celebran las virtudes del deporte, como juego limpio, fraternidad, hermandad y el triunfo de la dedicación y perseverancia, ya sea personal o en equipo. En paralelo, exaltan el nacionalismo; la competencia histórica entre países y regiones; y diferencias entre atletas (nacionalidades, mentalidad, composición física, fenotipo, entre muchos otros). El deporte permite ver cómo atletas de países menos desarrollados se enfrentan de tú a tú con los deportistas de los países ricos o dejar la diplomacia de un lado para celebrar los triunfos de “los nuestros” por encima de “los otros”.

En un segundo nivel de análisis, la elección de la sede es una representación del lugar de los países en la esfera internacional. Mucha tinta se ha derramado sobre este tema, pero en 2009 cuando Rio de Janeiro fue electa sede de los Juegos Olímpicos, Brasil gozaba de las caipiriñas en plena luna de miel: los BRICS estaba en boga y su rendimiento económico y exitosas políticas sociales lo respaldaban; el carismático Lula (en su momento “el político más popular del mundo”, según Obama) lideraba Brasil con mucho peso internacional; además, Brasil ya había sido confirmado como anfitrión de la Copa del Mundo en 2014. Desde entonces, la situación ha dado más vueltas que un clavadista chino.

En cuestión de imagen, los Juegos Olímpicos generan muchísimas expectativas. El país y la ciudad sede son analizados de izquierda a derecha, hasta las entrañas. Miles de horas de noticias sobre la vida alrededor del país captura la imaginación global. Hoy está en medio de una crisis política, económica y social —e incluso ambiental y de salud (¿Zika?)—, con un aura negativo tras las manifestaciones multitudinarias previo al Mundial de 2014. No es exageración (aunque sí lugar común) decir que los ojos del mundo están puestos sobre Brasil. El Comité Olímpico Internacional calcula que Londres 2012 tuvo una potencial audiencia de 4.8 mil millones de personas. Oh dear, dear / Meu Deus. Otros países en desarrollo, como Catar (así lo escribe la RAE, por cierto), China y Rusia quieren subirse a este pódium: todos ellos fueron y/o van a ser sede de algunos de los acontecimientos deportivos que más atención y audiencia generan. Pero, ¿acaso ésta no es un arma de doble filo? Las inversiones millonarias y cobertura mediática de 24 horas no es una causal de prensa positiva, como Sochi 2014 lo demostró en el “mundo occidental”. Por su parte, organizaciones de la sociedad civil —de todos los espectros— conocen la posibilidad de la visibilidad de estas plataformas y están conscientes de los reflectores que atraen, encontrando audiencias y plataformas para propagar sus mensajes.

Ello me lleva a una pregunta final, triste e irreversible, como la descalificación de Bernardo Segura en Sídney 2000. ¿La matanza de Tlatelolco —ocurrida a menos de dos semanas antes de la inauguración de México 1968— podría volver a suceder, tan poco tiempo previo al inicio de unos Juegos Olímpicos, ante tantas cámaras de televisión y usuarios que pueden comunicarse instantánea y potencialmente vía redes sociales? Ello sale a colación por la necesidad y obsesión de los comités organizadores para controlar cada mensaje que se proyecta al mundo en un entorno sumamente mediatizado, sabiendo que los participantes tiene más capacidad que nunca de contrarrestar —o reproducir— los mensajes que los comités organizadores buscan propagar. En la inauguración de Beijing 2008 se descubrió bastante rápido que China digitalizó fuegos artificiales para las transmisiones televisivas; usó playback en cantos; incluyó niños de la étnica Han para actuar como minorías étnicas; además de solicitar amablemente a los trabajadores migrantes que se regresaran a sus pueblos durante los Juegos Olímpicos, con lo que reforzó la imagen de autoritario por encima de transparente ante ciertas audiencias. Como comenté anteriormente en este espacio, para los gobiernos, y en este caso comités organizadores, es prácticamente imposible controlar las imágenes que circulan. Líderes, países o cualquier actor encuentran nuevos canales para distribuir sus mensajes, pero también enfrentan mayor escrutinio nacional e internacional, al grado que la línea entre ambas ha sido difuminada. Los Juegos Olímpicos no son la excepción. Dicen que nunca hay que desperdiciar una buena crisis. ¿Será ésta la de Brasil?

Finalmente y aunque todavía faltan varios largos meses, yo sí voy a estar al pendiente de los Juegos Olímpicos. Y, pecando de ese nacionalismo del que hablé hace una líneas, espero ver que la cosecha olímpica de México mejore. También espero que podamos migrar a hablar de éxitos “gracias al sistema” en vez de “a pesar del sistema”.

P.D. Hay cosas de los Juegos Olímpicos que no entiendo. Por ejemplo, en Londres 2012 Suiza —sin salida al mar— tenía un equipo de voleibol de playa y México no. En fin.

Luis Mingo, internacionalista por la Ibero y candidato a maestro por LSE (Reino Unido) y Fudan University (China). Intenta escribir lo que le gustaría leer. Su Marx favorito es Groucho.

Imagen obtenida de www.elconfidencial.com

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