El Fin del Sueño: Refugiados y la Unión Europea

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Por: Angel Lazaro

La Unión Europea, como tal, es un milagro. Con todos sus pros y contras, desde una visión general, es un milagro. Como organización internacional, con su corbata, su maletín, sus fuertes acentos franceses, ingleses, alemanes, italianos, polacos. También con sus columnas clásicas, su historia, sus regulaciones y su naturaleza supranacional mixta con concesiones a los estados miembros. La Unión Europea es un milagro latente cada día en los pasillos del bullicioso Parlamento Europeo, a su vez la mejor representación de la esencia de la propia UE (mejor sí, definitiva no). Es la nación de naciones, anticipada y preludiada por los intelectuales de los siglos, como Víctor Hugo, Ortega y Gasset o Coudenhove-Kalergi; y materializada en tiempos de tremenda dificultad por ejemplares hombres como Schumann, Monnet, Adenauer, de Gaspieri… quienes dejaron de lado los obstáculos morales y materiales de la Europea pobre, polarizada y aún sangrante de los años siguientes al final de la II Guerra Mundial, para sacar adelante un proyecto tan ambicioso como impactante: unir a las diversas naciones, siempre divididas y enfrentadas, del territorio que Ovidio definió sin saberlo.

La Unión Europea es un milagro, sí. Respondió a su pasado reescribiendo su Historia con paso lento pero constante a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, y repelió fantasmas con casi la misma celeridad que se presentaban. Así, resistió los embates nacionalistas de la política europeísta de Charles de Gaulle durante los 60, que intentaron congelar el proceso de transmisión de soberanía de los estados a la institución; resistió las crisis del petróleo de los 70; la desintegración de la URSS y la unificación alemana; espoleó el proceso de entrada de nuevos miembros, pese a posibles dificultades económicas que eso suponía, y además empoderó a la ciudadanía europea (las primeras elecciones al Parlamento Europeo mediante sufragio universal europeo tuvieron lugar en 1979).

La solidez del proyecto europeo, por tanto, podría decirse, supo regenerarse superando adversidades. Sometida a presiones, internas y externas, internacionales o regionales, demostró que los esquemas eran válidos. Incluso la Gran Depresión del siglo XXI, la crisis mundial iniciada por la estadounidense Subprime mortgage crisis, la Unión Europea pareció ser una balsa suficientemente preparada (y experimentada) para aguantar el oleaje. Los recortes, la troika, Merkel como la nueva Thatcher, los sablazos a las clases medias, la labor siempre desestabilizante de nacionalismos, la amenaza fantasma del Grexit… son argumentos y retos con demasiados agujeros. Sin entrar en demasiadas valoraciones, los argumentos económicos pertenecen a un discurso neo-marxista adoptado por un amplio espectro no neo-marxista, pero generalmente a la izquierda del abanico político, la gran perjudicada en las urnas tras la crisis de 2008. Por su parte, los argumentos políticos corresponden a la herencia de la Historia, pero se prueban mucho más débiles que la realidad que supone la institución. Y, sin embargo, la UE se resintió. Por supuesto que muchos engranajes comunitarios rechinaron, por la presencia (y falta de respuesta apropiada), de los retos que escalaron con la crisis. De hecho, el fallo de estos provocó el creciente descontento popular con la UE, esa extraña conocida con traje y corbata y maletín y acento alemán y francés. Este descontento encontró respuesta en el mercado político con la forma de los partidos populistas. En prácticamente todos los estados miembros, partidos existentes y nuevos aparecieron poniendo voz a las críticas al sistema, y abogando por la solución más drástica posible, nutrida en el desconocimiento: un Eurexit, o abandono sistematizado de países miembros en la UE. Y pese a tenerlos en el Parlamento desde 2014, la UE aún se mantuvo como una idea intocable, incorruptible, superior a aquellas voces díscolas y radicales.

Hay un tema, sin embargo, que está haciendo estremecer los profundos cimientos del milagro europeo. Es la crisis, con mayúsculas, de los refugiados; una crisis que comenzó con la deshonra de Lampedusa.

En Octubre de 2013, el naufragio de una barcaza cargada con 500 inmigrantes, de los cuales fallecieron al menos 200 aquel fatídico día, despertó las dormidas voces de alarma, denuncia, desesperación, y hasta vergüenza, en la organización supranacional más grande del mundo. El Consejo Europeo comenzó a reunirse cada vez más a menudo a la luz de estos sucesos. Las declaraciones de jefes de Gobierno y Estado (hasta el Papa Francisco declaró sobre los sucesos), de los países miembros se sucedían, enmarcadas entre el luto y la alarma, y la sociedad civil europea comenzó a darse cuenta de que los números insensibilizados que los medios de comunicación llevaban pregonando desde hacía tiempo eran personas, inmigrantes, que se hacinaban para cruzar el Mediterráneo hacia Italia, o Grecia, o España; buscando cualquier cosa mejor que lo que dejaban en la otra costa. Y Lampedusa sólo fue uno de tantos.

Estas voces internas de luto y solidaridad se fueron acallando, como un murmullo, por el torrente de debate que generó este problema, tan sorprendente y repentinamente presentado. La operación de rescate y salvamento marítimo unilateral, que Italia llevó a cabo tras el desastre de Lampedusa (la Operación Mare Nostrum) fue duramente criticada por otros estados miembros. Cuando un año después, en Noviembre de 2014, Italia presentó en la UE un programa de reparto de cuotas de refugiados e inmigrantes, la Operación Mare Nostrum fue sustituida por la Operación Tritón, esta vez dirigida y coordinada por FRONTEX (Agencia Europea para la gestión de la cooperación operativa en las fronteras exteriores). Ésta preveía el control de 30 millas náuticas desde las costas mediterráneas, y preveía el reparto de cuotas entre 14 de los 28 estados miembros. Su foco, por tanto, era la protección de las fronteras, no el salvamento marítimo. Esta operación, carente desde el principio de medios y presupuesto (recayendo mayoritariamente en los países del Sur, en especial Italia), fue reforzada en Mayo de 2015, ante su obvio desbarajuste, con más material, presupuesto, y ampliando el área de control marítimo.

El desarrollo de la guerra en Siria y el enorme flujo de refugiados Sirios, Afganos, Libios… que se fue generando desde comienzos de 2015 terminaron de saturar a la UE. El sistema de recogida de inmigración europeo, recogido en las Convenciones de Dublín (aprobadas entre 1990 y 2003) se mostró lento, inservible y obsoleto, sobre todo a nivel terrestre. Los valores europeos se tambalearon (y se siguen tambaleando, día tras día, en gran medida gracias a los archivos de Lesbos, foto tras foto, vídeo tras vídeo), en algunos casos de manera decepcionante y bochornosa, como las vallas en la frontera de Hungría; y los gobiernos de los países miembros se mostraron imposibilitados de mostrar aquella solidaridad y responsabilidad humanitaria mostrada prontamente tras Lampedusa. Se pasó de la exigencia desde la Comisión Europea del reparto de cuotas a llegar a pagar a terceros países para que frenen (de la manera que soberanamente escojan), el interminable goteo de refugiados.

En esta situación, curiosamente, la UE como institución se mostró el auténtico campeón de los valores occidentales. La Comisión y el Parlamento se convirtieron en las voces de los millones de voces inaudibles de los refugiados hacia los estados miembros. Fueron estos los que se encargaron de traicionar a los refugiados y a las órdenes de Bruselas. Sólo Alemania, Suecia, Francia, Italia y, en menor medida Reino Unido, acataron unas cuotas de reparto de por si deficientes en su alcance.

La UE, por tanto, cumplió con su responsabilidad histórica. Los estados miembros han sido, y son, el principal obstáculo para la solución de la crisis (al menos, desde la perspectiva europea). Europa está ahora ahogada por el puño de sus propios estados, ante una de las mayores crisis de su historia. Es éste, de momento, el principal reto al que el proyecto europeo, su fiabilidad y su futuro, se enfrentan. Europa necesita ahora más que nada demostrar que está bien cimentada en sus valores, aún más que en los intereses económicos. Sólo de esta manera la UE podrá merecer meramente el título de milagro.

Fuente: Reuters

Fuente: Reuters

Ángel Lázaro Bustamante es estudiante de International Relations en la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

Imagen obtenida de www.elconfidencial.com

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