TRANSGÉNICOS: ¿Una polémica causada por el exceso o por la falta de información?

0

Por: María Frades Méndez

Desde que en 1996 se empezó a comercializar el primer producto genéticamente modificado, el crecimiento de este mercado y la proliferación y desarrollo de productos hasta día de hoy ha aumentado exponencialmente. Actualmente, estos productos comprenden desde los principales productos básicos como el maíz, la soja y el algodón, hasta frutas y verduras como la papaya, la berenjena y la calabaza y abarcan una superficie de 181,5 millones de hectáreas cultivadas a nivel mundial, según un informe del Servicio Internacional de Adquisición de Aplicaciones de Agrobiotecnología (ISAAA)[i].

¿El por qué genera tanta polémica? Son muchos los actores que confluyen en el debate, mucho el dinero que está en juego en cada negociación, con demasiados intereses sobre la mesa y una opinión pública escéptica y confundida ante la información mediatizada y masiva, a veces incluso contradictoria entre sí, al respecto. Esto lleva a que, como casi siempre, la más perjudicada en el debate la polémica sea la verdad.

De un lado, un planeta cuya población crece exponencialmente y cuya sostenibilidad medioambiental se tambalea con la amenaza del cambio climático. De otro, una investigación tecnológica cada vez más desarrollada y precisa que podría hacer frente a estos problemas pero que en la actualidad sirve al beneficio de unos pocos.

Las magnitudes de la situación actual global dibujan un panorama que no parece que vaya a dejar de crecer, sino todo lo contrario: un total de 8 países desarrollados y 20 considerados emergentes son los que cultivan transgénicos en sus tierras, lo que corresponde a un 60% de la población mundial. Entre los países desarrollados, destaca Estados Unidos, con una producción que abarca 73.1 millones de hectáreas, seguido por Brasil y Argentina. Y entre los países emergentes, destacan India, China y Sudáfrica, con una producción de 11.6, 3.9 y 2.7 millones de hectáreas sembradas, respectivamente. Además, varios países africanos como Camerún, Egipto, Ghana, Kenia, Malaui, Nigeria y Uganda, están realizando estudios de campo sobre varios cultivos aunque actualmente en el continente africano solo Sudáfrica, Burkina Faso y Sudán comercializan especies agrícolas modificadas genéticamente (y Egipto lo hacía hasta 2013).

En el seno de la Unión Europea, se permite desde el año 2014 que cada país tenga competencia para decidir la siembra de este tipo de cultivos y las condiciones para ello, siempre y cuando se etiqueten adecuadamente los productos que contengan ingredientes con ADN modificado. España se encuentra a la cabeza como Estado que más superficie destina a los cultivos transgénicos de la UE así como el que más ensayos experimentales al aire libre realiza. Además de éste, los otros países que ya han aprobado su cultivo son República Checa, Eslovaquia, Rumanía y Portugal.

Entre las ventajas, sus defensores alegan que las características de dichos cultivos resuelven problemas comunes que afectan los beneficios de los cultivos para los consumidores y los niveles de producción para los agricultores como alimentos más nutritivos, cultivos resistentes a la sequía, a las inundaciones, a los insectos y a las enfermedades o que requieran menos recursos ambientales (como agua y fertilizantes), crecimiento más rápido de los mismos, propiciar el abastecimiento y la seguridad alimentaria en países en vías de desarrollo, tolerancia a herbicidas, aumento de los ingresos de los pequeños agricultores que no disponen de margen para asumir riesgos. Ventajas que además coinciden con el estudio realizado por los economistas alemanes Klumper y Qaim en 2014, quienes determinaron que la tecnología de modificación genética ha reducido un 37 % el uso de pesticidas químicos, ha aumentado un 22 % el rendimiento de los cultivos y ha aumentado un 68% las ganancias de los agricultores en el período que abarca entre 1995 y 2014.

Por otro lado, entre los riesgos que subrayan los detractores, están, principalmente los riesgos sanitarios como posibles alergias en los productos alterados genéticamente y riesgos ecológicos como pérdida de biodiversidad y aumento de contaminación. No obstante algunas organizaciones ecologistas alegan también posibilidad de desarrollar efectos cancerígenos, cosa que no se ha demostrado en ninguna investigación científica hasta la fecha.

Además, mientras los detractores se quejan de falta de investigación en esta materia, los científicos lo hacen del bloqueo por motivos políticos que se da en la experimentación de campo en muchos países, y a menudo son objeto de vandalismo sistemático, causando enormes pérdidas científicas y económicas, y de la falta de autorización inmediata de las variedades de plantas modificadas genéticamente que se han declarado como seguras por la autoridad competente tras una evaluación del riesgo a fondo basada en la ciencia. La comunidad científica europea especializada en plantas ha llegado al punto de redactar una carta manifestando estos y otros argumentos para facilitar la construcción de un sistema agrícola sostenible y poder aplicar sus conocimientos en beneficio de la sociedad europea, firmada por los principales expertos en materia de biología y ramas como ecología, botánica, fisiología vegetal molecular, de las principales universidades Reino Unido, Suecia, Países Bajos, Alemania, Bélgica o Suiza, entre otros.

Ante el posible escepticismo sobre estos estudios, el indio Venkatraman Ramakrishnan, Premio Nobel de Química de 2009, considera que la ciudadanía no es consciente de que durante siglos se ha hecho modificación genética de manera muy aleatoria cruzando diferentes cepas o, desde hace muchos años, con mutagénesis (generación de mutaciones) en cultivos y la posterior selección de los rasgos más apreciados y que, por tanto, con los métodos modernos estas alteraciones son mucho más precisas y controladas. Sin embargo sí se manifiesta en contra del monopolio de las multinacionales y sostiene que la modificación genética es una tecnología que se puede utilizar para obtener grandes beneficios, y depende de nosotros utilizarla como queramos.

Esta es precisamente otra de las polémicas directamente relacionadas con la utilización de transgénicos: según un informe del Grupo ETC, tres empresas controlan más de la mitad del mercado mundial de semillas. Se trata de Monsanto 26%, DuPont Pioneer 18’2% y Syngenta 9’2%. Entre las tres facturan 18.000 millones de dólares anuales. Además, estas tres junto con otras siete dominan el 75% del mercado mundial de semillas facturando 26.000 millones de dólares anuales, y son la compañía francesa Vilmorin, WinField, la alemana KWS, Bayer Cropscience, Dow AgroSciences y las japonesas Sakata y Takii. También es un dato bastante ilustrador del panorama el hecho de que la mayoría de las semillas transgénicas están patentadas.

Un caso muy concreto que refleja este monopolio es el hecho de que en toda la Unión Europea solo se comercialice un producto transgénico: el maíz MON810, fabricado precisamente por Monsanto.

Sin embargo, aún queda hueco para la esperanza y que la inversión en investigación llegue realmente a satisfacer objetivos globales como es la erradicación de la pobreza, en vez del beneficio económico de unos pocos. El Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI), una organización no gubernamental fundada en 1960 en Filipinas, analiza hasta 127.000 tipos de granos procedentes de todo el mundo para descubrir nuevos genes que permitan aumentar la producción y satisfacer la creciente demanda de este producto, especialmente en Asia y África. La primera variedad que desarrolló, la IR8, consiguió multiplicar por diez la producción en varios países asiáticos en lo que se llamó ‘el milagro del arroz’. Desde entonces, se han desarrollado semillas que sobreviven a 20 días de inundaciones y crecen utilizando un 30% menos de agua o un 20% menos de pesticidas.

La realidad en materia de abastecimiento alimentario por desgracia es alarmante y las cifras hablan por sí solas: África, un continente que gasta cada año una media de 35.000 millones de dólares en productos alimenticios procedentes de países desarrollados a pesar de que casi tres cuartas partes de sus habitantes son agricultores y con una población que, según las previsiones, de aquí a 2050 se duplicará hasta los 2.400 millones, acabar con esta dependencia se ha convertido en un asunto de importancia vital; Asia, donde se calcula que en 2040 se necesitarán 112 millones de toneladas adicionales de arroz para abastecer a su población, todo un reto teniendo en cuenta que el rendimiento de los sembrados cae y la tierra cultivable, el agua y la fuerza laboral son cada vez más escasos, con el añadido de una progresiva subida del nivel del mar en las costas del sudeste y sequías cada vez más numerosas en el interior.

En definitiva, en un tema tan controvertido en el que convergen numerosos elementos y trasciende al ámbito científico, normalmente el más inaccesible para la opinión pública común y por tanto el más manipulable, parece que la solución es precisamente lo que piden los escépticos: más información, más investigaciones independientes que no busquen la aprobación o el beneficio económico de las grandes compañías biotecnológicas y una normativa que permita siempre, como garantía mínima, la opción de estar informados respecto a lo que se está consumiendo; dicho de otro modo, la opción de decidir libremente.

Imagen obtenida de www.zoomnews.es

María Frades Méndez. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos. Actualmente residiendo en Madrid.

Leave A Reply