Entre solidaridad impulsiva y racismo ignorante

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Por: Ana Muñoz García

Apenas han pasado cuatro semanas de este nuevo 2016, y la opinión pública europea ya ha sufrido una nueva conmoción en materia de seguridad. Hoy se cumplen 32 días de los sucesos de la Nochevieja en Colonia, y en un período de tiempo tan breve no puede haberse sucedido en nuestras ciudades un debate más agitado en cuestiones de inmigración. La presión no podría caer con más dureza en los hombros de nuestros políticos, que miden con cuentagotas sus declaraciones sobre los refugiados a la vez que nosotros, con esa actitud crítica que nos caracteriza muy de vez en cuando, les observamos con mil lupas.

Como se ha podido constatar desde mucho antes de los comienzos estivales, más y más refugiados se agolpan en las fronteras de “esta nuestra Unión Europea”, encontrando unos el preciado sueño del asilo y otros, menos afortunados, días largos en campamentos improvisados. Sin embargo hay algo que iguala a unos y a otros: ninguno escapa de la opinión de los ciudadanos y de las medidas de sus líderes políticos. No obstante, no me gustaría inducir al error de pensar que opinión pública y líderes comparten una misma visión, ni en sus partes ni en el conjunto. Nada más lejos de la realidad, el continente europeo vive a su vez una batalla encarnizada entre aquellos que, invadidos por una solidaridad impulsiva, se movilizan para desplegar carteles de “Welcome refugees” y aquellos que pecando de racismo ignorante identifican delincuencia con inmigración. Sí señores, esa concepción aristotélica de “en el punto medio está la virtud” la encontramos sólo en mente de unos pocos por estas nuestras tierras, ¡afortunados ellos…!

No pretendo en momento alguno aparecer como vacía de opinión, pero sí pretendo analizar la postura de ambos extremos –sí…porque si algo tiene la naturaleza humana, es una falta de objetividad y neutralidad congénita…y si algo tienen los periódicos de ideología, es la capacidad de vivir en realidades paralelas- haciendo ver que aunque la opinión pública se polarice claramente, cae directamente sobre los hombros de nuestros políticos la responsabilidad de sopesar detenidamente los peligros de ambas posiciones. Opino que es de lógica – ¿o quizás de demasiada buena intención? – pensar que nuestros líderes políticos tienen una amplia sabiduría en todas aquellas cuestiones relevantes en política exterior o, en otras palabras, que son virtuosos o se sitúan en un punto medio entre extremos. Si lo son o no cae en otro debate para el que no tendremos ni tiempo ni palabras hoy.

Para lo que si tendremos unos minutos en este día es para reflexionar sobre esas dos posiciones de las que venimos hablando: la solidaridad impulsiva y el racismo ignorante. Comenzando por la primera, quizás sea oportuno matizar eso de “impulsiva”. No pretendo con esto otra cosa que ofrecer mi visión de una sociedad en la que nos movemos por impulsos y pasiones, una que vive con una venda en los ojos que se levanta tímidamente para la ocasión. Ocasión que se traduce entre otros, en la foto de Aylan en las costas de Turquía o en el bautizado “viernes negro” de París. La sociedad corre a movilizarse en esas contadas situaciones en las que nos abanderamos con la solidaridad y la crítica, y la que escribe estas líneas se pregunta, ¿somos solidarios o tenemos rachas? Si bien es totalmente de recibo mostrar apoyo ante estos desastres – que recuerdo no son desastres para una región, sino para la conciencia de humanidad que deberíamos tener- es preciso que se trate de una solidaridad continua y no de reacción puntual. Según esta línea, es totalmente inútil movilizarse ocasionalmente y de forma superficial, y aunque esta superficialidad que aqueja nuestra sociedad no quita sinceridad al acto en sí, hace que no podamos avanzar hacia una verdadera solución.

Encontramos el contrapunto a esta solidaridad impulsiva en la postura ya mencionada de racismo ignorante. Me veo igualmente obligada a explicar aquí, que el racismo de nuestra sociedad es ignorante, en el sentido de barato y de proclive a afirmaciones a la ligera. Y ojo, no matizo en este caso porque– a mi parecer y creo oportuno considerar que también al suyo, querido lector- el racismo no puede ser en modo alguno lógico o racional. Es un racismo que existe por nuestra falta de pensamiento, por nuestra falta de análisis. Falta de análisis que vemos en la concepción emergente de identidad entre inmigración y delincuencia –y digo emergente porque albergo la firma esperanza de que esta tendencia sea pasajera, y de que no se consolide en el continente europeo como idea arraigada. Es aquí precisamente donde los sucesos de la Nochevieja en Colonia o las sospechas en Suecia calan más hondo; y donde puede verse la reacción anti-inmigración en su estado puro.

Los ataques en Colonia avivaron el miedo a un brote xenófobo cuando, organizados a través de las redes sociales, grupos extremistas atacaron en la tarde del Domingo 10 a grupos de paquistaníes, guineanos y sirios. La falta de deseabilidad de la existencia de colectivos como PEGIDA es más que notoria. Sin embargo, el peligro más acuciante se encuentra en la posibilidad de que, de forma creciente, la opinión pública pase de una puntual relación entre un acto delictivo y la condición de refugiado del atacante a una permanente identificación de emigración con delincuencia. Simplificando, piensen ustedes en un manzano y sus frutos, algunos de los cuales están podridos. ¿Induce este hecho a pensar que el árbol está de raíces a copa enfermo? Me atrevo a pensar que la obviedad es innegable. ¿Qué nos hace mantener una lógica distinta ante los refugiados como colectivo entonces?

Extrapolado a la materia de inmigración, se trata de analizar quién entra a nuestro preciado espacio de seguridad. Se trata de no alimentar una cultura de “bienvenida ingenua al inmigrante” no alimentando a su vez un cierre de fronteras y una negación del deber solidario y el imperativo humanitario. ¿Los medios para conseguir esto? Regulación, interés, precaución y a la vez responsabilidad en las fronteras. Asegurarnos de que podemos dar una acogida adecuada a las personas que recibimos, y de que podemos garantizar su integración en nuestra sociedad –algunas publicaciones sugieren datos preocupantes en cifras de acogida, asegurando que en España sólo se ha logrado normalizar la situación de la ridícula cifra de 18 personas. Y sobre todo señores, voluntad política. Voluntad política y coordinación.

Y es que tras el goteo de agresiones en Alemania –se sugiere que se han alcanzado las 500 denuncias- la presión obliga a los gobiernos a tomar medidas que calmen el miedo y la irritación general. Ejemplos de estas soluciones –que no son más que incompletas- se encuentran en la Declaración de Maguncia, tras la cual se facilitarán las expulsiones de refugiados condenados tanto a prisión como a libertad condicional, retirándoseles el derecho de asilo. Se confirma así la realidad que temíamos en la boca de la canciller alemana, que declaraba el Lunes 11 “de repente afrontamos el desafío de la llegada de refugiados y somos vulnerables, como vemos, porque aún no tenemos el orden, el control que nos gustaría tener”. ¿Será que en Europa no estamos tan todos a una –como en Fuenteovejuna, si me permiten la expresión- y que las instituciones presentan dificultades para tratar problemas que exceden lo nacional? Ciertamente, la seguridad es un requisito para la libertad. De hecho, la seguridad se sitúa próxima a la base de la conocida Pirámide de Maslow de las necesidades humanas, siendo la seguridad física un requisito esencial para que desarrollemos nuestras vidas de forma normal. No es del todo incorrecto pensar que el Estado pierde sentido como institución si no es capaz garante de la seguridad física de sus ciudadanos.

Tampoco es del todo incorrecto pensar que el clima de sospecha y miedo en el que Europa amanece semana tras semana ha causado ya mella en el proceso de integración de nuestra comunidad. En especial, la inseguridad ha golpeado fuerte al espacio Schengen. El cierre de una frontera tras otra y los controles en las mismas –recordemos que Dinamarca reforzaba este mismo mes los pasos fronterizos internos– hacen que sea imposible hablar actualmente ni de libre movimiento en los países de la Unión Europea, ni de frontera exterior. Al parecer, en vez de mantenernos unidos nos desmembramos poco a poco.

Por lo tanto, hagamos aquí un llamamiento al sentido común y a la reflexión profunda. No neguemos realidades tan obvias como los peligros que entrañan los vicios del racismo y la ingenuidad. De hecho, no nos situemos en el punto medio entre ambas, no cedamos a las presiones de tener que contentar a un extremo y a otro. Más bien, superemos la solidaridad superficial y seamos un poco más conscientes. Creemos una posición central que vea el deber y la solidaridad desde un análisis pragmático y realista. Puede que la Europa de la que hemos disfrutado estos años atrás este en juego y, al parecer, las consecuencias no han hecho más que empezar.

Imagen obtenida de www.elmundo.es

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