Cuentos chinos, tomo 1: El Decálogo ‘Made in China’

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Soy la segunda peor pesadilla de Donald Trump: un mexicano viviendo en China. Hace casi dos meses me mudé al “Reino del Medio”, país que a los mexicanos evoca referencias tan coloridas como “se cobró a lo chino” —uno de los favoritos en el léxico de mi papá—, “(el examen) estuvo en chino”, “no me vengas con cuentos chinos” o “se quedó como el chinito, nomás milando” (este último es tan políticamente correcto como doña Cristina Fernández de Kircher tuiteando sobre “aloz” y “petlóleo”). China es un país increíble: una mezcla de culturas y tradiciones milenarias, surrealismo, promesas de felicidad estilo Disney World y un dejo de 1984 que sorprendería al mismísimo Orwell. Conforme me sumerjo en la cultura, historia, lenguaje, gastronomía, conozco gente y trato de descifrar el país, menos entiendo. Vivir en China te abre los ojos —no, éste no fue un chiste racista, malpensados— y a continuación narro el decálogo de las primeras diez lecciones que he (re)aprendido en este país.

Tres aclaraciones: A) vivir dos meses en Shanghái y decir que entiendo China es tan ridículo como vivir en Nueva York dos meses y decir que se entiende Estados Unidos; B) Entre trámites, instalarse y escuela, no he viajado mucho por China, por lo que mis comentarios hasta ahora están limitados a Shanghái, Shenzhen(la cuarta ciudad más grande de China…imaginen Puebla o Toluca de China, pero con cientos de rascacielos) y las Montañas Amarillas; C) Estas líneas narran situaciones que he vivido en el día a día. Temas espinosos son harina de otro costal.

Primera lección. Tus papás siempre tuvieron razón. Hay que voltear a todas partes antes de cruzar la calle. Desde que llegué, mi mayor miedo es ser atropellado. Chilango de nacimiento y crecimiento, pensé que tenía suficiente hule en la sangre para torear taxis, peseros y cualquier eventualidad en el camino. Error. Bicicletas, motonetas, bicinetas, taxis, coches, camiones y peatones forman parte de un paisaje en el que cada centímetro se pelea. Las batallas vehiculares en el pavimento se ganan a través de la siguiente estrategia: Si no hay nadie enfrente de ti, toca el claxon. Si hay alguien enfrente de ti, toca el claxon más tiempo y con mayor intensidad. Si un iluso peatón muestra intención de cruzar la calle, piensa en cruzarla o simplemente se equivocó al caminar mientras el semáforo peatonal está en verde, toca el claxon y avienta lámina. El día que claxon sincronizado sea aceptado como deporte olímpico, China ganará todavía más medallas de oro.

Las banquetas son extensiones del campo de batalla entre bicicletas y motos. Los peatones somos sobrevivientes de estos enfrentamientos. Tengo la hipótesis de que los peatones chinos nacen con un sensor que les permite mantener la vista en el celular y sin embargo sobrevivir a estos embates sin levantar la vista.

Segunda lección. El godinismo no conoce fronteras. “Pase a la ventanilla cuatro” cobra un nuevo sentido en China. Registrarse con la policía, sacar una cita para ir al examen médico, ir al examen médico dos semanas después, esperar pacientemente los resultados —todo está en orden, gracias por preguntar—, dejar los documentos y mi pasaporte para tramitar un permiso de residencia, sacar una cuenta de banco y un celular. Siempre llevar la forma rosa, amarilla, verde o azul correspondiente. Una mañana de trámites puede seguir esta secuencia. “Ir a la oficina en el otro lado de la ciudad. Lleva la forma al colega. No, con ese colega no, el otro. Sí, ese. Ahora regresa con el primero y firma un papel. Llévalo a la oficina donde empezaste los trámites con una copia y 4 fotos tamaño pasaporte que nadie te había pedido. ¿Dónde saco las copias y las fotos? Ok. No, ya son las 11:30 y fue a almorzar, regresa al rato, pero ahora lo arreglamos.” Si esos trámites son una pesadilla en español, en mi mandarín muy (muy) masticado, tratar de explicar qué quiero hacer con una mezcla de mandarín, inglés y gestos que no significan nada a mi interlocutor ha sido entretenido y frustrante. Eso me recuerda la segunda lección. Nunca firmes un papel que no entiendes. A menos que estés en China y no entiendas nada de lo que firmas. Desde antes de bajarte del avión.

Tercera lección. Adiós a la tecnología de siempre. WeChat es mucho mejor que Whatsapp (¿cuándo fue la última vez que pagaste tus deudas por Whatsapp? ¿O mandaste “sobres rojos” de dinero virtual a tus amigos?); Baidu funciona y Google no; si lo encuentras en Youku, ¿para qué quieres Youtube? ¿Facebook y Twitter? Sólo con VPN. Taobao, Alipay y demás genialidades de la tecnología y capitalismo todavía van más allá de mi comprensión. Espero poder informar sobre avances pronto.

Cuarta lección. Aprende a disfrutar de lo inesperado. Cuatro personas me han pedido una foto mientras camino por la calle (quizás es mi camino al estrellato o ya soy un meme); personas utilizando guantes de cocina para manejar sus motonetas…¿por qué no?; así como lo leen, tengo un escusado adentro de la regadera (solucionado el dilema de ir o no al baño mientras me doy un regaderazo); una profesora me dijo, como cumplido, que parezco una albóndiga, por suavecito, carnoso y redondo; Valentino, Prada y Porsche conviven con puestos de noodles callejeros; parece que hay un rascacielos nuevo cada semana y un centro comercial en cada esquina. Shanghái vive para consumir y consume para vivir.

Quinta lección. Los estándares de limpieza son diferentes. Fumar adentro de locales; escupir con frecuencia e intensidad para eliminar la suciedad en la boca (mucha gente debe de tener la tráquea impecablemente pulcra); ¿para qué usar pañales cuando puedes optar por hacer agujeros en los pantalones de los niños?; sorber mientras comes; y ejercitar las piernas para poder ir al baño de cuclillas. Bienvenidos a otra forma de entender los hábitos de limpieza.

Sexta lección. Por sobre todas las cosas, no dejarás de ver tu celular en el metro/El metro parece Zombieland: Hay señal 4G en todo el servicio del metro de Shanghái, el cual es muy cómodo, práctico y funciona muy bien. Mucho mejor que la línea 12 del DF (todo funciona mejor que esa línea…). Atrás quedaron los días donde la gente leía el periódico del vecino discretamente. El chisme de hoy está en ver qué programa o serie disfruta el colega (creo que era una telenovela sudcoreana). Aldous Huxley lo predijo y China lo cumple.

Séptima lección: el chino sí está en chino. 我的中文不好。El mandarín, la lengua materna más hablada en el mundo y uno de los seis idiomas oficiales de la ONU, es una bendición y una maldición. Mucho más que “dibujitos” o “rayones”, son una ventana al pensamiento y tradiciones chinas. Por el lado amable, es un idioma tarzánico: los verbos no se conjugan. Una maravilla. Por el lado no tan amable, los tonos son complicados. Decirle caballo (mǎ) a tu mamá (mā) es mucho más fácil de lo que parece. Una pesadilla.

Octava lección. Los ancianos son muy activos. ¿Taichí o baile de salón en las calles? Claro. En una cultura de respeto y veneración a los ancianos, es muy inspirador (y un poco doloroso en el ego) ver que los viejitos tienen mejor condición física que yo. Esto lo descubrí a la mala. Mientras escalaba las Montañas Amarillas, una señora de aproximadamente 70 años me rebasó por la derecha. Si eso no te sube el ánimo, nada lo hará (Nota: finalmente sí subí más rápido que ella. 很好!).

Novena lección. Repensemos la comida china. Así como en México sabemos que la cochinita pibil, los tacos de cabrito y el chile en nogada no son de las mismas regiones, imagínense cuánta variedad de platillos hay en un país con más de mil trescienctas millones de personas y cinco veces más grande que México. Hay un dicho chino, “en este país se come todo lo que tiene patas, menos la mesa y todo lo que tiene alas, menos los aviones”. Y, por lo que he visto, es muy cierto. Y no, no he comido perro, gato o rata (al menos conscientemente). Ah, y no hay galletas de la suerte.

Lo único seguro es que cada día hago más honor a mi apodo de “albóndiga”.

P.D. La cerveza más popular en el mundo, Snow Beer, es china. Sabe peor que una Cerveza Sol tibia. ¡Tsingtao es mucho mejor!

Décima lección. Dejemos el racismo atrás. Los chinos no son iguales. Sí, las barreras lingüísticas (al menos para mí) todavía existen y romper el hielo con chinos es más complicado de lo que me gustaría. Sin embargo, creo que ya lo logré con algunos. Puedo afirmar que mis amigos chinos son algunas de las personas más amables, dedicadas y preocupadas por sus amistades que he conocido. Y ese es mi gen latino hablando.

Por ahora, este quijote del confucionismo (o confusión-ismo, mejor dicho) seguirá observando y aprendiendo sobre China.

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