Cuestionando el mito, 70 años de Hiroshima y Nagasaki

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Por: Jorge Alberto López Lechuga[1]

A la memoria de mi Padre

A 70 años de los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, el mundo aún permanece a unos minutos de un posible holocausto nuclear.

De las más de 15 mil armas nucleares existentes en el mundo actualmente, un total de 2 mil se encuentran a menos de 10 minutos de ser utilizadas.

El peligro de un conflicto bélico nuclear intencional entre Estados no es el único preocupante. Según la Unión Interparlamentaria y los Parlamentarios por la No Proliferación y el Desarme Nuclear,[2] incluso casos como el lanzamiento de un satélite meteorológico o una confusión sobre un ejercicio militar han estado a punto de iniciar un ataque nuclear. De lanzarse una de estas armas -ya sea intencionalmente o por la omnipresencia del error humano- otras serían enviadas en represalia.

Con el fin de la Guerra Fría, el mundo pensó que la amenaza de las armas nucleares desaparecería. Nada más erróneo que esto. Al contrario, si bien ahora existen menos armas nucleares que durante la Guerra Fría[3], ahora existen más Estados en posesión de estas armas que en aquél entonces. Aunado a ello, el peligro nuclear permanece latente, entre otras cosas, por el hecho de que existe poco interés de la opinión pública internacional sobre el debate de las armas nucleares. Como consecuencia, los gobiernos de los Estados que poseen armas nucleares (China, Corea del Norte, los Estados Unidos, Francia, la India, Israel, Pakistán, el Reino Unido y Rusia) generalmente tienen una insuficiente oposición política interna sobre el desarrollo y mantenimiento de sus arsenales nucleares.

La cuestión es que la legitimidad de esas armas se mantiene por la falsa percepción de que “siempre existe un enemigo para el Estado”. Sin embargo, debajo de esta argumentación la intensión de poseer, mantener y depender de alianzas militares basadas en armas nucleares, es percibida por algunos Estados como una garantía de poder y dominación. El lenguaje político-militar de los poseedores de armas nucleares, principalmente, refleja un discurso que normaliza esta percepción bélico-agresiva.

Las percepciones construidas por el discurso político-militar en torno a estas armas llegan a pesar incluso más que los mismos hechos. No existe evidencia histórica que demuestre que la amenaza del uso de la fuerza nuclear haya sido efectiva para evitar una guerra o una invasión, como se solía manejar constantemente durante la Guerra Fría. Como afirma Ward Wilson,[4] la amenaza del uso de armas nucleares norteamericanas no evitaron que la Unión Soviética realizara el “Bloqueo de Berlín”, ni impidió que el Irak de Saddam Hussein invadiera Kuwait, tampoco provocó la rendición de Vietnam ante los EE.UU., ni evitó que Argentina invadiera las Islas Malvinas, en el caso del Reino Unido. De hecho, ni siquiera los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki dieron por terminada la II Guerra Mundial, como maneja la “Historia oficial”.

Un estudio publicado por el James Martin Center for Nonproliferation Studies del Monterey Institute, “Delegitimizig Nuclear Weapons: Examining the Validity of Nuclear Deterrence”,[5] analiza los diarios personales de altos mandos militares del Imperio Japonés durante la II Guerra Mundial. Los militares nipones no percibieron las detonaciones atómicas como suficientes para rendirse ante los EE.UU. La verdadera razón por la que los japoneses se rindieron fue por la declaratoria de guerra de la Unión Soviética contra Japón el 8 de agosto de 1945, dos días después del bombardeo a Hiroshima y uno antes del sucedido en Nagasaki.

Japón era incapaz de sostener la batalla en dos frentes, uno contra los EE.UU. en el Pacífico y otro en Asia contra su vecino soviético. De hecho, la Fuerza Aérea de los EE.UU. bombardeó con medios convencionales 68 ciudades japonesas durante el verano de 1945, de las cuales Tokio aparece con el mayor número de muertes de civiles, seguida por Hiroshima. Si Japón no se rindió por las devastadoras consecuencias de los bombardeos convencionales norteamericanos a otras importantes ciudades japonesas, ¿por qué habría de hacerlo a causa de dos bombardeos atómicos cuya capacidad destructiva era desconocida incluso por los norteamericanos?

A inicios de agosto de 1945, durante una reunión de emergencia, el Consejo Supremo Japonés declaró que si la Unión Soviética entraba a la guerra en el Pacífico, determinaría el destino del Imperio. En esa misma reunión, el Jefe Adjunto del Estado Mayor Japonés, Toroshiro Kawabe, señaló que “el absoluto mantenimiento de la paz en nuestras relaciones con la Unión Soviética es una de las condiciones fundamentales para la continuación de la guerra con los Estados Unidos”.[6] La historia ha demostrado que para un Estado el exterminio civil no representa razón suficiente para rendirse en una guerra, no si su ejército tiene la capacidad de seguir peleando con cierta posibilidad de victoria. La verdadera crisis para Japón entonces fue tener que enfrentar a un enemigo más, la Unión Soviética.

La razón por la que este hecho quedó borrado de los libros de historia, al menos en los occidentales y japoneses, fue porque resultaba más tolerable para Japón el aceptar su derrota debido al uso de aquella gran bomba capaz de destruir una ciudad en un instante, en vez de aceptar una humillante derrota por la intromisión al conflicto de uno de sus enemigos, los soviéticos. Por su parte, para los EE.UU. era importante utilizar la bomba nuclear como un mensaje político para su entonces previsible enemigo militar: la Unión Soviética.

El desafío que enfrentamos para evitar un posible holocausto nuclear inicia con cuestionar un mito. Como menciona Ward Wilson, el mito de las armas nucleares inició con un “milagro”: el de Hiroshima y Nagasaki.

El 70 aniversario de este penoso capítulo de la historia representa una valiosa oportunidad para que la sociedad se pregunte si está dispuesta a seguir viviendo bajo un sistema de seguridad que podría destruir gran parte de la vida en el planeta.

La comunidad internacional no debe limitarse a permanecer pasiva ni debe asumir la existencia de las armas nucleares como inevitable. La sociedad debe organizarse para terminar definitivamente con el periodo más peligroso e irracional de la historia de la humanidad. El desarme nuclear total e irreversible no es un sueño, no es una quimera, no es algo irreal, es una necesidad real y urgente.

Imagen obtenida de www.lapatilla.com

[1] El autor es Oficial de Investigación y Comunicación del Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe (OPANAL). Las opiniones vertidas en este artículo son única y exclusivamente del autor, y no representan necesariamente la postura del OPANAL.

[2] Unión Interparlamentaria, Apoyar la no proliferación y el desarme nuclear, París, Courand et Associés, 2012, Manual para Parlamentarios No. 19, p. 35, disponible en: http://bit.ly/10SoGj1

[3] En el año de 1986 existían más de 69,000 armas nucleares en el mundo, el año con mayor existencia de la historia.

Para mayor información consultar: Robert S. Norris y Hans M. Kristensen, Global nuclear weapons inventories, 1945-

2010, Chicago, Bulletin of the Atomic Scientist, 2010, p. 81, disponible en: http://bit.ly/1pi3vSA

[4] Ward Wilson, Five myths about nuclear weapons, Estados Unidos, Library of Congress Cataloging in-Publication Data, 2013

[5] Berry, Ken; Lewis, Patricia; Pélopidas, Benoît; Sokov, Nikolai y Wilson, Ward. (2010). Delegitimizig Nuclear Weapons: Examining the Validity of Nuclear Deterrence. Monterey. En James Martin Center for Nonproliferation Studies, Monterey Institute. Documento WWW recuperado en: http://bit.ly/duMMu2

[6] Ídem, p. 62

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