Cien líneas por Armenia

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Por: Sofia Pacheco Niño de Rivera

Podría empezar redactando este artículo al estilo “Wikipedia”, describiendo las cualidades de Armenia, aludiendo a algún fun-fact de las Kardashian y sus antepasados , dando datos sobre la etimología de su nombre o cifras que a ninguno se nos quedarán grabadas. En cambio, empezaré este artículo citando a Renato Leduc, uno de mis escritores favoritos y quien escribió hace tiempo una frase que evoca, al menos en mí, la herida del pueblo armenio.

“A veces en medio de la noche, los recuerdos como luces de bengala, vuelven trascendental y policroma nuestra perplejidad”

Esta semana se cumplió un centenario de lo que los medios han bautizado como “el genocidio armenio”, un suceso donde en un lapso de 2 años murió la misma cantidad de personas que nace en México anualmente.

A principios del siglo XX, el Imperio Otomano aspiraba a ser un crisol de razas, pero mucho antes de que esto ocurriera el Imperio comenzó a desintegrarse. Los armenios fueron vistos como una amenaza para los otomanos, ya que además de la estrecha relación con los rusos, había un fuerte choque de identidades con los turcos tanto en cuestión religiosa como étnica. La relación simbiótica entre la intervención extranjera que amenazaba la integridad del Imperio, un multiculturalismo mal manejado y la violencia interna que persistia, apuntaba a que el declive total del Imperio Otomano estaba cerca.

La solución fácil que los otomanos tenian a su alcance era terminar con las reivindicaciones nacionalistas de las minorias, lo que dio pie al arresto de intelectuales armenios, hasta que poco a poco fueron expulsando a todos y cada uno de ellos hacia Siria. En su camino hacia campos de concentración en el desierto fueron maltratados por sus propios verdugos, por lo que muchos de ellos murieron.

La intención de este exilio es el punto de inflexión de la cuestión armenia, donde unos se concentran en un debate binario alegando si fue genocidio o no, donde por un lado se afirma con total naturalidad que fue un daño colateral de la situación bélica que comenzaba a vivir la región, y donde al otro extremo otros-pocos aseguran que la cuestión armenia merece el título del primer genocidio a nivel mundial.

Este artículo no pretende hacer un recuento histórico de los daños. Por el contrario es un artículo revisionista que pretende cuestionar el lento reconocimiento internacional ante los sucesos en Armenia y plantear el multiculturalismo presente en la cuestión armenia como patrón de conflictos actuales. Cien líneas basadas en Armenia para que cada quien genere su propio espacio de reflexión para entender por qué algunas comunidades multiculturales se encuentran en donde se encuentran el día de hoy.

Cerca del 50 por ciento de la gente que tiene un pasaporte armenio reside fuera de las fronteras del país del Cáucaso. Esta diaspora mantiene un gran sentido endémico y actualmente representa gran parte del ingreso de Armenia.

La diáspora armenia ha sido un factor relevante para la internacionalización de la catastrofé armenia, han mantenido viva la cuestión a través de un gran cabildeo gubernamental y ante asociaciones civiles que luchan por el reconocimiento del término genocidio para describir lo que vivieron sus antepasados.

Desafortunadamente, es algo que muy probablemente no ocurra, pues al otorgar un reconocimiento oficial sobre un genocidio armenio se desmantelarían una serie de sucesos nada convenientes para Turquía ni para las tensiones geopolíticas de la región.

Durante la vorágine de los eventos no se podía percibir la complejidad que intrincaba la cuestión armenia y por ende muchos países- entre ellos Estados Unidos- no asumieron un papel más directo en el conflicto. Por supuesto y como es su costumbre, Estados Unidos fue una fuerza indirecta que se involucró en el conflicto con tal de mantener todas las piezas alineadas a sus intereses. Su estrategia dual consistió en dar asilo a los refugiados armenios (después de algunos años) y perdonar la condena a Turquía mientras ésta frenara su afán expansionista, representara un aliado útil para impedir el terrorismo islamista en la región y sostuviera su postura antibolchevique.

Lo que resulta insólito, es que el propio perpetuador de los actos, Turquía, se haya mostrado desde entonces y hasta ahora tan insensible sobre lo que su predecesor: el Imperio Otomano, cometió con el pueblo armenio. No obstante, debemos entender que para Turquía el reconocimiento de estas atrocidades sería un obstáculo para su aspiración de entrar a la Unión Europea y podría ser la flama que la mecha del conflicto kurdo necesita para ser detonada.

Más allá del orgullo perdido, Turquía tendría que resarcir los daños a las familias víctimas y quizá comenzaría una disputa sobre la legitimidad territorial de Anatolia que actualmente poseen los turcos y en su momento los armenios.

Si bien todo este reconocimiento haría acreedor a Turquía de una pena internacional, lo que sucedió hace cien años dista de aparecer en algún tribunal internacional como fue el caso de Ruanda o Yugoslavia. Al final esto carece de importancia pues el crimen ya fue perpetrado, y se debe aclarar que los armenios no buscan venganza sino reconocimiento; sin embargo, el reconocimiento podría servir como precedente para otros futuros conflictos interétnicos alrededor del mundo.

Por esta razón a nivel mundial ha predominado una postura de negacionismo oficial, acompañada a la par de una lucha exterior que presiona para que Turquía reconozca la suerte de los armenios. Parte de la presión es de carácter moral pues resulta inaudito que en sociedades modernas no quepa la expresión genuina de identidades (seculares o tradicionalistas) bajo un espacio gobernado por la tolerancia.

Lo preocupante de este negacionismo, no es la polarización de versiones, sino que siga sin existir una narrativa en donde identifiquemos características de eventos actuales en experiencias pasadas como las de Armenia. Sin esta práctica, o sea sin el reconocimiento, nos veremos maniatados para hacer algo al respecto. Mucho del tinte armenio, se ve hoy en Siria, donde la élite gobernante se siente amenazada y recurre a la violencia. Identifiquemos patrones, es un hecho que el multiculturalismo que no supo manejar el Imperio Otomano, sigue sin ser totalmente acogido en la actualidad.

Debemos entender que no se trata de institucionalizar la diversidad sino de tolerarla. Al tratar de institucionalizar la diversidad se etiqueta y encasilla a la gente en categorías homogéneas con derechos y obligaciones especificas, lo cual exacerba las diferencias que se intentaron asimilar.

Algunos críticos atribuyen la continuidad de esta tendencia en la actualidad a que Europa ha permitido una inmigración excesiva sin implementar mecanismos de integración. Hay sociedades que actualmente son más plurales que hace unos años debido a fenómenos como la migración y la globalización (solo hay que voltear a España, Canadá, Estados Unidos, por dar algunos ejemplos).

Los líderes politicos actuales merecen reconocer lo qué pasó, ya que de lo contrario ciertas comunidades corren el riesgo de volver a ser alienadas de sus costumbres y despojadas de sus derechos. Como ciudadanos, por nuestra parte, hariamos bien en sentir indignación. Pero una indiganción que aclame justicia, que mueva a la sociedad y la edifique.

La impunidad y la negación favorecen la crítica permisiva de la comunidad internacional ante actos que atentan contra la simple humanidad que cualquier ciudadano enjendra.

Como Leduc expresa en la frase que cite al principio de este texto, quizá el único recobeco donde quepa reparación para la cuestión armenia sea la memoria, darle más crédito al testimonio del pueblo armenio, difundir lo sucedido y llamar la atención de otros para evitar repetirlo.

He ahí donde veo el valor de que se analice y se reconozca el caso armenio, para reconocer ciertos aspectos que estuvieron presentes en él dentro de nuestros conflictos actuales. Que la cuestión de Armenia sea un caso constructivo y ejemplificativo. Que Armenia quede viva para siempre.

Imagen obtenida de america.aljazeera.com

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