Sólo florecieron los jazmines

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Por: Gustavo Gutiérrez Mercado.

Varias partes del mundo estaban de fiesta. Y si no estaban de fiesta, tenían la adrenalina intelectual a tope. “¡Por fin caerán!” decían unos, mientras otros veían en ello un paso más hacia “el fin de las dictaduras”. Al caer en una arrogancia similar a la de Fukuyama quizás perdimos de vista lo importante. La euforia nos ganó. Y, aunque son injustos, a veces los juicios en retrospectiva ayudan a aprender lecciones.

Enero de 2011. Había simposios y conferencias por doquier. Varios expertos funcionaban como oráculos para miles de personas, en papel o en voz, postulando certidumbres porosas. En los salones de clase se debatía optimistamente sobre lo que acontecía en el norte de África y Medio Oriente. Tecnología. Redes sociales. Democracia. Pero principalmente, Primavera. Los trazos de gasolina de Mohammed Bouazizi que empezaron en Túnez se propagaron por casi todo el mundo árabe. A lo lejos, emocionados por ver algo tan histórico acontecer en el tiempo más real posible, se veía en esto una victoria de la libertad y la democracia. Incluso, habrá quien lo sintió, más o menos, como algo propio. La primera para la generación que domina como nadie la tecnología; la debutante que creció con el internet. Era un triunfo millenial.

Y por ahí viene el primer pecado. Hemos crecido en un tiempo donde la inmediatez lo es todo. La interconectividad a la velocidad de la luz ha hecho que todo sea hoy, y que todo esté en diez minutos, horas o días. Se perdió de vista que la mayoría de las cosas tienen un trasfondo muy complejo y que los cambios toman su tiempo en implementarse. Los gobiernos no se levantan de la noche a la mañana porque nunca ha sido así. Quitar es fácil y construir es difícil. El internet nos ha dado un falso talento para la cartomancia, sin olvidar que nos ha generado un déficit de atención a largo plazo. Lo que hace un mes fue interesante y fue la consigna generalizada, pasa de moda y se jubila prematuramente del interés.

Cuatro años más tarde –y con menos tuits al respecto- nos encontramos con una Siria con forma de hoyo negro; donde el régimen oficial, insurrección y Estado Islámico se baten en un triángulo tumultuoso. Libia enfrascada en sectarismos y alianzas endebles, con la sombra del mismo Estado Islámico detrás. Egipto, con varias caídas y ascensos de figuras a lo largo de éste tiempo; y donde el resultado actual es otra dictadura, aunque ahora militarista. ¿Bahréin y Argelia? Apaciguados. Yemen, apenas experimentado su particular derrocamiento, y con la incertidumbre –bastante pesimista- de lo que pasará.

Caso aparte es Túnez: el original. La excepción y jazmín de la Primavera Árabe se ha convertido en el único resultado medianamente funcional de dicha revolución. Cierto es que no ha sucedido sin algunos tropiezos en el camino –asesinatos de líderes políticos y barullos en su Congreso-, pero al día de hoy la antigua Cartago es la hija modelo. Mucho se podría atribuir a lo que se suele atribuir como una “genuina democracia de base”; entendiéndolo con el anglicismo de grassroots. Dicha proactividad ciudadana, que existía incluso en tiempos de Ben Ali y era hasta cierto punto “tolerada” por su régimen, se basaba en debates intensos en los quioscos y mercados de las ciudades y pueblos del país. Dichos grupos formaron una suerte de parapartidos políticos, aglutinando gente de pensamiento diverso y tejiendo comunidades. Al caer el régimen, esos movimientos ocuparon rápidamente el vacío dejado por el poder y empezaron a poner la democracia en movimiento -con sus altibajos.

El crisol político de Túnez da espacio para partidos seculares de centro, izquierda y derecha; así como a un partido islamista importante: Ennahda, que fue el único de los movimientos políticos opositores totalmente prohibido por Ben Ali y que gobernó vía mayoría parlamentaria tras la caída del mismo. Sin embargo, dejó el poder con cierta madurez y responsabilidad en enero del 2014 para dar pie a las elecciones presidenciales de noviembre del mismo año. La victoria posterior para el partido Llamado de Túnez y su candidato secular Béji Caïd Essebsi fue un parteaguas para el país y la región.

A pesar de los indicios de posible inestabilidad, las elecciones se llevaron con relativa tranquilidad y participación extensa. La lista de candidatos presidenciales rondaba los 20, con la sorpresiva ausencia de los islamistas. La madurez de la nueva clase política es evidente y quizás se remonte a los vívidos debates ideológicos, filosóficos y literarios de éstas nuevas estirpes gobernante y opositora. Una sofisticación y tolerancia en el discurso que no se vio en Egipto, debido a que el único grupo opositor fuertemente organizado y con un programa era la Hermandad Musulmana. Por eso, no es sorpresa que ésta haya ganado en Egipto en las urnas, como tampoco fue su tentación autoritaria ya en el poder: cuando sólo hay una idea opositora organizada frente a un poder absoluto y ésta obtiene las riendas del mismo, muy probablemente devengará en lo mismo debido a la ausencia de otras corrientes organizadas que generen el debate en el Ágora y les hagan frente de discusión. Por eso Túnez tiene una democracia con aprendizaje y errores, Egipto un delicado equilibrio incierto, Libia una ruta hacia el desastre y Siria la anarquía más abyecta.

Y aquí viene el otro gran pecado: generalizar. Egipto nunca fue Túnez, y Libia nunca fue Egipto. Cada Estado cuenta con su propia realidad económica, social y política. Creer que lo que pasó en uno iba a ser copia calca de lo que sucedería en los demás fue y es un error infantil. Se pueden encontrar similitudes, es verdad, pero raramente rasgos de gemelos. La Primavera Árabe fracasó porque nunca existió como tal. Fue un término fácil, pegajoso y hip, útil en el corto plazo para englobar una serie de revoluciones internas que parecían idénticas –un autócrata secular apoltronado por décadas, malos sistemas económicos-, pero que contaban con trasfondos diferentes (y es que, de inicio, ¿cómo se pudo generalizar a tantos países árabes como lo mismo?). La coincidencia de que Túnez inspirara a los demás países árabes sólo acrecentó las expectativas y la eventual equivocación del bautizo de dichos cambios de régimen. No se niegan los parecidos más que invitar a verlos con lupas especiales para cada situación y ubicación; así como aprender de ellos para adaptarlos a otro lugar y no replicarlos literalmente. En estos momentos, la presencia o sombra del Estado Islámico facilitaría caer en lo mismo. Hay que observar más de cerca para ver que personas con las mismas cejas no tienen como consecuencia natural las mismas caras.

Se creyó que el desierto se convertiría en un inmenso invernadero para ver florecer una nueva realidad en el Medio Oriente y en el Norte de África. Pero sólo fue el que inspiró a los demás el que lo ha construido en buena forma; o al menos eso parece hasta ahora. Lo que se ve es positivo para el futuro tunecino, aunque no se deben de ignorar las posibles fallas en la construcción que tendrían que solucionarse cuanto antes. En la política y comentocracia – en especial en la de ésta región- siempre hay que tener las reservas listas para desenvainar y no dar nada por sentado.

Parece ser que la primavera le ha llegado sólo a uno; ése que espera que se transforme en un verano duradero. Dentro del espejismo digital de una primavera en la arena, parece que sólo florecieron los jazmines.

Imagen obtenida de ipsnoticias.net

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