Lewis Carroll; Variaciones sobre uno de sus temas.

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Por: Dr. Dionisio García

Cuando, en la década de 1950, empecé a viajar a Sudamérica en aviones de hélice, el tiempo de vuelo era enormemente largo comparado con el de los aviones de propulsión a chorro actuales: 23 horas a Brasil, ahora 8 o 9; 15 ó 16 a Lima, etc. Desde luego no había películas en el avión, aunque en ocasiones las aeromozas organizaban algún tipo de concursos con un premio como una caja de chocolates o un llavero para el pasajero que se acercara más a adivinar la velocidad del avión en ese momento o la altura a que nos encontrábamos. Pero, a pesar de ese pasatiempo ocasional, el tiempo se hacía sumamente largo. Durante la noche veía uno el reloj y eran las dos de la madrugada, dos horas después lo volvía uno a ver, y eran apenas las 2;33.

En uno de esos largos viajes, a Lima, escribí el ensayo que sigue.

Una de las mayores y, sin embargo, más aceptadas falacias existentes, es la que sostiene que las horas son iguales todas y que constan de 60 minutos de 60 segundos cada una.

Tengo entendido que esta equivocada idea se originó en el tiempo de los Fenicios, tal vez por mera ignorancia, aunque los números de 24 horas al día y los mencionados 60’s, me hacen sospechar algún oscuro designio. Y es que, si yo hubiese sido fenicio y alguien me preguntara: ¿cuántas horas quieres que tenga un día?, mi respuesta sería 5, ó 10, ó 20, que son los números más naturales para el hombre debido a los dedos de las manos; pero nunca 24. Y eso de sugerir que cada hora tenga 60 minutos, tampoco se me antoja muy lógico. De modo que no puedo deshacerme de la idea de que esos fenicios algo oculto traían entre manos.

Posteriormente la ocurrencia ha sido perpetuada, casi seguramente con fines comerciales, por los fabricantes de relojes, quienes, después de todo, pueden contarse entre los legítimos herederos de aquéllos grandes señores del comercio que fueron los Fenicios.

Y todo lo anterior viene a cuento porque no creo que ninguna persona razonablemente inteligente, pueda negar que las horas no son siempre iguales.

Reconociendo que nunca he hecho un estudio a fondo del tema, que me gustaría proponer para personas más eruditas, puedo afirmar sin temor a contradicciones que el tamaño de las horas varía entre un mínimo, para las más cortas, de 5 minutos con 37 segundos, hasta un máximo, para las más largas, de alrededor de 120 minutos de 100 segundos cada uno. (Esto explica, de paso, el bien conocido hecho de que existan jóvenes de 60 años, y viejos de 25).

Pero me aparto del tema.

Durante una hora de esas de 120 minutos, cayó en mis manos una revista con un artículo sobre Lewis Carroll, del que yo sabía tan solo que era el autor de Alicia en el país de las Maravillas, que consideraba un buen cuento para niños, por lo que en circunstancias normales no habría leído dicho artículo. Pero las circunstancias no eran normales, y empecé a leer.

Como dije, Carroll fue el autor de ese “cuento para niños” que es Alicia …, pero después de leer el mencionado artículo, me convencí de que tal cuento debiera ser de lectura obligatoria para toda persona adulta inteligente, lo cual, desde luego y desgraciadamente, limitaría bastante el número potencial de lectores.

No es mi intención aquí el hacer un resumen de dicho artículo, cualquier persona interesada lo encontrará en la Revista de la Universidad Autónoma de México correspondiente al mes de Diciembre de 1968. En este ensayo sólo deseo hablar (eufemismo por escribir), de lo que la autora de él, U. Gonzáles de León, llama “los juegos de Carroll”.

El primero, descrito según parece en el primer capítulo de A través del espejo, otra obra de Carroll, consiste en hacer un poema. Pero un poema muy especial, ya que debe de estar formado por tres tipos de palabras: 1) aquéllas que son de todos conocidas, 2) “palabras valija”, cuyo significado requiere reflexión de parte del lector, y de las que abajo citaré algunos ejemplos, y por último, 3) tal vez la de mayor importancia, palabras que significan lo que al autor le dé la gana.

Como ejemplo de “palabras valija”, González de León cita “cesplejo”, una traducción de la usada por Carroll: wabe, a la que asigna el significado de “grass-plot round a sundial” (el césped alrededor de un reloj de sol), ya que el césped “goes a long way before it, and a long way behind it”. Otro ejemplo tomado de la obra de Carroll, es outgrabe, que deriva de “bellow” (mugir) y “whistle” (silbar), con “una especie de estornudo en el medio”. Sinceramente no me queda muy claro cómo Carroll llegó a outgrabe. En todo caso, González de León traduce el término como “relinchiflar”, cambiando el mugido por un relincho, lo que, aclara, “no altera demasiado la personalidad de los verchinos”, en lo que no puede uno menos que estar completamente de acuerdo.

Como ejemplo del tercer tipo de palabras, citaré únicamente a los “tevos”, que son unos animales mitad tejones y mitad lagartos.

Aún cuando de la explicación anterior puede juzgarse que los poemas así construidos no deben de valer gran cosa, en realidad no sucede así. Citaré la primera estrofa del poema Jaberwocky de Carroll en la traducción de la mencionada González de León, que realmente considero interesante:

            Era la parrihora, y los flexiosos tovos en el cesplejo giroscopiaban, vibrodaraban.

            Frivoserables estaban los borogovos. Los verchinos, telehogariados, relinchiflaban

Es de admirar la sensatez de Alicia que, cuando escucha el “poema” anterior, exclama: “Parece muy bonito, es algo difícil de entender, pero de alguna manera me llena la cabeza de ideas”. (En lo particular me gusta mucho la frase “parece muy bonito”, aparenta ser halagüeña cuando, en realidad no dice nada, Habrá que utilizarla en determinadas ocasiones).

Estimo que con el ejemplo anterior, habrá quedado probada la potencial belleza de este juego, aún cuando yo me confieso humipto [1] para intentar jugarlo.

El segundo juego que propone Carroll es el que llama “Doblete”. Sus reglas son sumamente sencillas, pero conviene tener en mente que siempre es preciso desconfiar de lo “sumamente sencillo”, ya que esta condición, al igual que los borogovos (pájaros flacos, de aspecto deleznable, con plumas erizadas), no existe en el mundo

Dichas reglas son las que siguen: Entre dos palabras dadas, con el mismo número de letras, se deben colocar palabras, que se denominan “eslabones”. La serie de palabras que se forma, constituye una “cadena”, que debe de constar del mínimo número de “eslabones” para ganar el juego. Los “eslabones” se forman cambiando una letra a la palabra anterior, partiendo de la inicial, o primera parte del “doblete”, hasta llegar a la última palabra, final del “doblete”.

Como es natural, la letra que se cambie debe de ocupar el mismo lugar relativo en las nuevas palabras, y las demás letras deben conservar sus mismas posiciones. Es obvio que en este juego no valen palabras que el jugador invente. Una ventaja adicional del “doblete”, es que al jugarlo un buen poentigente puede acuñar un sinnúmero de palabras que puede aprovechar para el juego anteriormente descrito.

Como ejemplo de su “doblete”, Carrol cita el siguiente: Prove grass to be green

GRASS – crass – cress – tress – fress – frees – freed – greed – GREEN

Este juego parece, si no más interesante que el anterior, sí más a mi alcance. Además creo que se presta a su uso bajo diferentes enfoques. Digamos que puede jugarse

  • Como simple pasatiempo, una forma de pasar las largas horas de vuelo o una aburrida tarde lluviosa en forma agradable. Ir en CARRO a PARIS, por ejemplo.

CARRO – barro – bario – Mario – María – paria – PARIS

  • Para mejorar la cultura popular. Por ejemplo para lograr que la atención que se presta a la TELE sea POCA:

TELE – tela – tala – tapa – capa – copa – popa – POCA

  • Para nuevas, dramáticas, y por demás interesantes aplicaciones. Por ejemplo, convertir la LECHE en VINO. (Imaginen la popularidad que las vacas adquirirían).

LECHE – lecho – leño – seño – seno – sino – VINO

Claro que la cadena anterior no reviste mayor dificultad, ya que TODO puede convertirse fácilmente en VINO

                        TODO – tono – tino – VINO

  • Por último, y además con fines de humanidad y de mejoría de la raza, podemos convertir al TONTO en LISTO:

TONTO – tinto – tinta – pinta – pista – lista – LISTO

No cabe duda de que Lewis Carroll tenía un muy particular ingenio y, para mí, fue un gusto descubrir sus juegos, pero sigo intrigado por el día de 24 horas.

El Dr. Dionisio García, mexicano, es Ingeniero Químico de la UNAM con trayectoria profesional principalmente empresas farmacéuticas. Después de un retiro temprano siendo Gerente de México, Centro América y el Caribe de una de ellas, impartió clases en varias universidades, particularmente en la Universidad Iberoamericana, donde también obtuvo el grado de Doctor en Letras Modernas. Actualmente se encuentra totalmente retirado.

[1] Palabra-valija derivada de humildemente inepto.

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