Crónica. Viaje a Monte Athos

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Por: Dionisio García

El Dr. Dionisio García, mexicano, es Ingeniero Químico de la UNAM con trayectoria profesional principalmente empresas farmacéuticas. Después de un retiro temprano siendo Gerente de México, Centro América y el Caribe de una de ellas, impartió clases en varias universidades, particularmente en la Universidad Iberoamericana, donde también obtuvo el grado de Doctor en Letras Modernas. Actualmente se encuentra totalmente retirado.

Junio 13 a 15, 1991

Viaje a Monte Athos, en griego Agion Ouros (Monte Sagrado).

A unos cien kilómetros de Tesalónica, se encuentra la península de Calcidika en el mar Egeo que tiene tres “dedos”: Kassandra, en el occidente, Khersonisos Sithonia y Agion Ouros al oriente. En este último se encuentra una república teocrática, totalmente administrada por monjes e independiente, ya que Grecia se encarga sólo de asuntos concernientes a su defensa y, en parte, a sus relaciones exteriores.

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Dicha región tiene 20 monasterios ortodoxos, la mayor parte del rito griego, aun cuando hay uno ruso y otro de alguna otra nación.

El primer monasterio fue fundado en el siglo IX cuando Constantinopla, asediada  por el ataque de los turcos, decidió trasladar sus principales tesoros artísticos – manuscritos, pinturas, iconos y diversos artículos de oro y plata – a un lugar seguro y con ese fin comenzó a construir monasterios en la península de Monte Athos.

Durante muchos años dichos monasterios fueron atacados por piratas del Mediterráneo que codiciaban las múltiples obras de arte y artículos de oro y plata que aún contienen. Este hecho originó que los monasterios que a partir de entonces los monjes fueron haciendo, se construyeran como fortalezas para defenderse de esos continuos ataques de piratas.

Ingresar a esa república no es fácil para quien no es ciudadano griego, le es preciso acudir a las autoridades religiosas de Monte Athos que tienen sede en Tesalónica y en algunos otros lugares de Grecia, para pedir una visa, llamada “diamotirion”, que sólo se concede a quien tenga motivos para ir ahí relacionados con la vida monástica ya que no admiten turistas. Dicho permiso se otorga tan solo a diez personas diariamente y tiene una validez de 4 días de visita. En mi caso yo llevé una carta de la Universidad Iberoamericana, una de las principales de México, en  que se hacía constar que era profesor de Administración de empresas, y que deseaba estudiar la forma en que los monasterios se administraban ya que hasta la fecha aún utilizan métodos medievales para ello. El permiso me fue concedido. Stathis, esposo de mi hija Laura, nacido en Tesalónica, quien me acompañaría en el viaje, no tuvo que pedir autorización ya que, como se dijo, los griegos pueden ingresar sin problemas.

Su capital actual (foto) es Karies, situada no en la costa donde se encuentran los demás monasterios, sino en el centro de la península. En dicho lugar reside el Patriarca elegido cada año por los monjes y que se encarga de  administrar  la república teocrática.

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El jueves 13 iniciamos el viaje desde Tesalónica. Tomamos un autobús, no muy lujoso, casi de segunda, que parte de Tesalónica a las seis de la mañana y que nos conduciría, en dos horas y media, a Ouranópolis donde  deberíamos abordar el barco que diariamente va a Dafnes, el puerto de Monte Athos que es la única puerta de entrada a la región  ya que no hay comunicación por tierra. El autobús hace una parada de 15 minutos en un pueblo llamado Arneas, que aprovechamos para tomar un café y un pan, ya que no habíamos desayunado. Después cruzamos por Estagiras, pequeño pueblo patria de Aristóteles. En la entrada una estatua de él, las calles tienen el nombre de filósofos, griegos en su mayoría. Aparentemente el pueblo no tiene nada más de particular, y no pude menos de pensar que si, en los últimos 2,300 años, el nacimiento del profesor de Alejandro es lo más notable que allí ha ocurrido, Estagiras no tiene mucho de que estar orgulloso. Sin embargo, sin duda están satisfechos de su pasado, lo cual, pienso, no es muy común en México. ¿Será que no creemos mucho en nuestros héroes intelectuales?

El puerto de Ouranópolis es agradable, destaca la Torre de Andrónikos Paleontólogos construida durante la dominación romana que aparece en la foto.

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El barco que nos conducirá a Dafnes partirá 45 minutos después de nuestra llegada, tiempo que aprovechamos para tomar otro café en un establecimiento del puerto.

Al subir al barco, ferry, todos los pasajeros entregan ya sea su cartilla de identidad, si son griegos, o su pasaporte con la visa de Monte Athos, si son extranjeros. Nos dicen que los documentos nos serán devueltos en Karies, la capital, cuando lleguemos ahí.

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El ferry parte puntual, posiblemente, se me ocurre, el único cuyos pasajeros y tripulación son exclusivamente del sexo masculino ya que en Monte Athos no se permiten mujeres, ni siquiera animales del sexo femenino, es decir no hay vacas, gallinas, etc. La travesía hasta Dafne toma uno 90 minutos. El ferry hace escalas cortas en tres monasterios en los que desembarcan vituallas y algunos monjes, a los demás pasajeros no se nos permite bajar a tierra. Esos monasterios son relativamente pequeños, pero impresionantes, parecen fortalezas de la Edad Media y en lo que respecta a su tamaño son la excepción, ya que los demás tienden a ser mucho más grandes. La foto de la página anterior muestra uno de ellos. Me sorprendió el aparente abandono en que se encuentran, unas dos terceras partes de ellos abandonados, sus muros aún en pie, pero sin techos ni pisos. El hecho es explicable ya que a principios del siglo pasado, Monte Athos tenía una población de casi diez mil monjes y en el tiempo de mi visita apenas eran unos mil doscientos, es natural que muchos monasterios estuvieran casi vacíos. Desde el barco les tomo varias fotos que creí serían muy interesantes. La foto muestra la llegada del ferry al puerto. (A mi regreso a Grecia, descubro que mi cámara estaba descompuesta y no salió ninguna de las fotografías que tomé. Realmente me dolió el hecho, aunque Stathis me dio copias de las que él tomó, que fueron mucho menos en número de las que yo intenté tomar. Una lástima, pero ya no había remedio).

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Cuando llegamos a Dafne, todos lo peregrinos abordamos un destartalado autobús –no de segunda clase, sino como de cuarta– que seguramente tenía más de 15 años de antigüedad y que nos llevaría a Karies, distante unos 14 kilómetros, por un camino de terracería que sube las colinas, de una altitud de 600 – 700 metros, que rodean al puerto, y luego baja a la mencionada capital, situada en un valle, calculo, a no más de 100 metros de altitud, y que se encuentra casi en el centro geográfico de la península. El trayecto tomó al autobús casi una hora.

Karies resultó ser un simpático pueblito de aspecto totalmente medieval (aunque ya cuenta con electricidad, al menos en parte, y un teléfono. De hecho, en ese tiempo, todos los monasterios tenían un aparato telefónico que utilizaban para comunicarse entre ellos. El poblado tenía, y posiblemente tiene aun, no más de quinientos habitantes y era el único lugar, con la excepción de una tienda de abarrotes en Dafne, en donde aceptan dracmas. Cuenta con un pequeño hotel para peregrinos, una panadería, una tienda de comestibles y fruta, y hasta una de “souvenirs”. El autobús se detiene en medio de la plaza del lugar. Nos bajan a los peregrinos diciéndonos que nuestros documentos nos serán entregados “subiendo por la calle a la derecha”.

Un poco confundidos, Stathis y yo empezamos a caminar en la dirección que nos fue indicada. Después de alguna distancia en la que no observamos nada que nos pueda indicar que ahí es el lugar en que nos devolverán nuestros documentos, vemos a una persona con aparentemente su hijo, parados en medio de la calle, Stathis se acerca a ellos y les pregunta en griego si saben dónde se entregan los papeles. El interpelado se encoge de hombros sin responder, Stathis repite la pregunta pero ahora en inglés, a ella responde la persona diciendo en español “no hablo inglés”. Me acerco y entablamos conversación. Nos dice que es un médico uruguayo con su hijo de 15 años, que residen en Italia y decidieron venir a Monte Athos (Agion Ouros en griego, que significa Monte Sagrado) “porque habían oído hablar mucho de él”, pero que no tenían la más mínima idea de lo que iban a encontrar. Se unen a nosotros y, por fin, damos con el palacio de gobierno donde recibiremos el permiso para estar en Monte Athos. Ahí nos entregan nuestra identificación y, mediante el pago de 5,000 dracmas (unos 26 dólares) para los extranjeros y dos mil para los griegos, recibimos un documento firmado por los cuatro patriarcas de Agion Ouron, que nos permitirá visitar todos los monasterios del lugar.

El médico nos pregunta dónde podrán tomar el transporte para ir a los monasterios, y se sorprende cuando le decimos que hay que ir a pie. Nos pregunta a dónde pensamos ir nosotros y le decimos que a Simón Petrides ya que tenemos entendido que es el monasterio más espectacular, que dista unos 17 kilómetros y que tendremos que volver a Dafne para llegar a él. Inquiere si tendríamos inconveniente en que ellos fueran con nosotros. La idea no nos gusta mucho, pero con espíritu de peregrinos accedimos. Les informamos que nos tomará al menos cuatro horas de caminata llegar a Dafne y unas dos horas más para el monasterio. El médico se vuelve a su hijo y le dice: “¿Entendiste?, será necesario caminar unas seis horas, ¿puedes hacerlo?”. El muchacho responde indiferente: “Sí, claro”. El médico insiste: “Seis horas, y una vez en el camino no será posible regresar”. El hijo responde impaciente: “Ya te dije que sí, no hay ningún problema”. Era cerca de la una de la tarde, Stathis les explica que pensamos caminar hasta las 2:30, detenernos a comer, y luego continuar. Les preguntamos si traen comida y agua (nosotros traíamos algunas latas, dos botellas de agua y pastillas para purificar el agua que pensábamos sacar de los arroyos que encontraramos). Ellos, naturalmente, no traían nada, pero nos dicen que comprarán algo en la tienda de comestibles. Nosotros compramos una hogaza de pan y otro par de botellas de agua, y nos dirigimos a la salida del pueblo donde nos encontramos con nuestros nuevos compañeros.

Emprendemos el camino tomando la carretera hacia Dafne. La temperatura es de unos 36°C y la  ruta tiene una gran pendiente, además el aire que circula levanta polvo que se nos pega en la cara con el sudor. En una palabra, la ascensión es pesada. No obstante avanzamos a buen paso, pues necesitamos cubrir al menos 4 Km. por hora para llegar al monasterio antes de la puesta del sol, hora en que se cerrarán sus puertas y no admitirán peregrinos. Después de caminar unos 45 minutos, vemos una gran iglesia situada a unos 200 metros a la derecha del camino. Stathis nos informa que es la iglesia ortodoxa rusa más grande del mundo y decidimos que vale la pena visitarla. El médico se disculpa diciendo que desea ahorrar fuerzas; él y su hijo continuarán avanzando yendo un poco más despacio para que nosotros los podamos alcanzar después de nuestra excursión al templo.

La iglesia fue una decepción, estaba totalmente abandonada, no pudimos ni siquiera entrar en ella. Por algunos agujeros de las puertas observamos su interior, en el que no había nada, y retomamos el camino a Dafne.

Habíamos caminado no más de cinco minutos cuando encontramos al médico sentado a la sombra de un árbol. Nos dice que no puede continuar, piensa que le va a dar un ataque al corazón, y quiere regresar a Karies. Su hijo sólo lo mira sardónicamente, como diciendo “yo era el que tú suponías que no podría llegar”. Les sugerimos que se alojen en el hotel para descansar y que, al día siguiente, traten de tomar el autobus que irá a Dafne a recoger a los peregrinos  Dice que así lo harán, y nos entregan cuatro chabacanos que habían comprado. A continuación él y su hijo emprenden el descenso a Karies con lento paso.

Nosotros continuamos nuestro camino. Por fin terminamos la subida y empezamos a avanzar por un terreno más o menos plano. Como habíamos planeado, a las 2:30 nos detenemos a comer. Stathis abre un par de latas de hojas de parra rellenas y terminamos el “banquete” comiendo un par de los chabacanos que nos obsequió el doctor. Cuando nos disponíamos a continuar nuestra marcha, escuchamos el ruido de un vehículo, que resulta ser un gran camión de volteo. Sorprendidos por esa circunstancia que no esperábamos, hacemos señas para que se detenga. Stathis habla con el chofer y su ayudante y les pregunta si quieren llevarnos a Dafne, a lo que acceden. Stathis se “acomoda” en la parte de atrás del asiento, mientras que yo me siento al frente con el chofer y su ayudante, quienes nos informan que todavía estábamos a más de nueve kilómetros del puerto, lo que nos descorazona un poco pues, en hora y media de caminata, habíamos cubierto menos de cinco kilómetros. En el camino nos dicen que son parte de una constructora griega que ha sido contratada para hacer algunas reparaciones a los monasterios que los monjes no pueden hacer. Llegamos a Dafne poco después de las tres de la tarde. Damos las gracias a nuestros salvadores. Stathis está molido, pues venía muy incómodo y el camión brincaba como loco, por lo que decidimos tomarnos una media hora de descanso. En la tienda del puerto compramos unas cervezas que tomamos tranquilamente contemplando el Egeo sentados en una banca a la sombra de algún árbol.

Emprendemos, a continuación, el camino cuesta arriba que nos llevará a Simónides Petrides, distante, según nos dijeron, unos seis kilómetros que esperamos recorrer en no más de dos horas.. La cuesta es más empinada que la de la salida de Kaires. Inicialmente es una carretera de terracería que, a medida que ascendemos las cumbres, se va haciendo más angosta hasta terminar en un sendero de unos dos metros de ancho. El calor ha arreciado y, en esta ruta, casi no hay árboles que nos den sombra. Después de caminar casi una hora, vemos venir a un peregrino. Stathis cruza algunas palabras con él y luego seguimos cada uno sus respectivos caminos. Stathis me informa que el peregrino venía de Simónides Petrides, de donde había partido dos horas y media antes, y que se había desanimado cuando le dijo que para llegar a Dafne, le faltaba una hora de camino. Seguimos adelante comentando que el peregrino que encontramos debía caminar muy lentamente, puesto que nosotros calculábamos llegar al monasterio en menos de hora y media. Poco más adelante la senda se dividió en dos. Nos detuvimos preguntándonos cuál debíamos tomar. Stathis recordó que el peregrino llevaba unos tenis y que el camino correcto mostraría huellas de ellos. Yo tomé uno de los senderos y S el otro, procurando distinguir huellas de pisadas. En un par de minutos S me gritó, había descubierto las pisadas. Tuvimos que repetir el procedimiento un par de veces más.

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Para entonces yo me sentía agotado y pedí que descansáramos unos diez minutos que, sinceramente, no me ayudaron  mucho. Reanudamos nuestra marcha y poco después cruzamos un arroyuelo, me detengo, lleno mi sombrero de agua y la vierto en mi cabeza. S me imita. Nos refrescamos un poco Continuamos. Dos horas después, al doblar un recodo del sendero, vemos el monasterio. La vista es impresionante: sobre una roca de unos cien metros de altura se alza el edificio que se eleva, al menos, 50 metros más. Ello sobre una península sobre el extraordinario Egeo. Creemos haber llegado, pero todavía tendremos que caminar más de un kilómetro, ya que también nosotros nos encontramos en una península y hay que llegar hasta el fondo de ella para luego tomar la otra, hasta llegar a Simónides Petrides. Eran, entonces, poco más de las seis de la tarde. El camino nos condujo a la entrada del monasterio que es una cueva excavada en la roca.

La llegada al monasterio constituyó una de las experiencias más extraordinarias que he tenido y que, por sí sola, para mí hizo valer la pena el viaje. La cueva, de unos dos metros de ancho y aproximadamente de la misma altura, sin luces, asciende, mediante peldaños tallados en la misma roca, no en forma recta sino un poco como escalera de caracol. Fuimos subiendo lentamente; a medida que avanzamos se empezó a divisar la luz de la salida. Habíamos llegado a la hora de la oración vespertina de los monjes y comenzamos a oír sus cánticos que iban aumentando de volumen a medida que nos acercábamos a la salida. Yo me sentía personaje de El nombre de la rosa de Eco.

La cueva de entrada tiene una extensión que calculé en 50 metros y desemboca en un pequeño patio al pie del edificio del monasterio. Debe de haber algún procedimiento que indique a los monjes la llegada de peregrinos (tal vez un vigía), ya que cuando entramos al patio, nos esperaba un anciano y sonriente monje, con el pelo y la barba totalmente blancos, (el “archondaris” encargado de dar la bienvenida a los peregrinos), con dos pequeñas charolas. En cada una, según la costumbre griega para recibir a los viajeros, un vaso de agua, una copa de ouzo y un caramelo. Huelga decir que el agua y el ouzo nos supieron a gloria. Después el archondaris nos condujo a donde se encontraba el “libro de peregrinos”, donde anotamos nuestros nombres, la fecha y el número de nuestro permiso. A continuación nos llevó hasta el piso más alto del edificio y nos asignó el cuarto en que pasaríamos la noche, nuestro “archondariki” o cuarto de  peregrinos, que tenía cuatro catres con colchón de paja, una almohada y un cobertor en cada uno. El panorama desde el pasillo que rodeaba todas las celdas de los peregrinos era espectacular.

Se seguían escuchando los cánticos de los monjes, el archondaris nos informó que en ese momento se celebraba el servicio de la tarde que terminaría en una media hora más. Nos dijo que si queríamos podíamos unirnos a la ceremonia, o bien descansar y bajar cuando terminara, ya que entonces se serviría la cena.  Stathis y yo, decidimos permanecer en la “celda”, salimos al corredor que rodeaba el piso en que estábamos, y contemplamos el estupendo panorama del Egeo y de su costa donde en la distancia pudimos observar otro monasterio. En lo personal yo me sentía un poco inquieto, ya que el corredor, a unos 150 metros de altura, está totalmente hecho de madera, seguramente con décadas de antigüedad, y pensé que tal vez no fuese muy de confiar.

Cuando cesaron los cantos de los monjes, bajamos y esperamos, junto con otros siete u ocho peregrinos más, a la puerta de la iglesia. Nuestro guía nos informó que esperáramos la salida de los monjes que, al salir del templo, entrarían al refectorio; que nos formáramos y entráramos tras ellos tomando asiento en una mesa que encontraríamos a la derecha del lugar. Durante la comida no debíamos hablar ni comer nada antes que lo hiciera el Abad, y que, cuando éste se pusiera de pie, nosotros también debíamos dejar de comer y prepararnos para salir del lugar tras de los monjes.

Entramos al refectorio y nos sentamos a la mesa que se nos había asignado, en la que había pan, agua, aceitunas negras y, enfrente a cada lugar, un plato hondo y una cuchara. Un monje pasó al frente de la habitación y empezó a leer la Biblia, en griego naturalmente.  Otro monje nos sirvió una porción, más o menos generosa, de sopa de verduras en el plato que los peregrinos teníamos al frente. Yo empecé a comer acompañando la sopa con generosas porciones de pan, pero S se limitó a comer pan acompañado de aceitunas y agua. En voz baja le pregunté porqué no comía, a lo que respondió que no le gustaba la sopa y que esperaría el siguiente platillo. Pero, ¡oh sorpresa!, cuando el Abad terminó su plato de sopa, se levantó y la cena quedó concluida, sin que S comiera nada que valiera la pena.

Cuando salimos, nuestro archondaris condujo a todos los peregrinos a ver los “tesoros” del monasterio: algunos manuscritos muy antiguos, recuerdo particularmente uno de Herodoto, iconos estupendos y reliquias de santos. Después subimos todos al corredor que rodeaba nuestras habitaciones y nos sentamos alrededor del monje que, según me dijo S, empezó a platicarnos de los milagros que habían ocurrido en el monasterio, Cerca de las diez de la noche nos retiramos a nuestros respectivos archondarikis. Nuestros compañeros de cuarto resultaron ser un profesor, como S de una universidad americana, y su hijo de 18 años. Nos platicaron de sus experiencias en Monte Athos, ellos iban ya de regreso, y nos obsequiaron una cajita de pasas, diciéndonos que eran excelentes para recobrar energías durante las largas caminatas.

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A las tres de la mañana del día siguiente, sonó el aviso que indicaba que los servicios matutinos estaban a punto de comenzar. (En vez de campanas utilizan dos maderas que golpean entre ellas. Según me platicaron, esa práctica se debe a que las campanas pueden oírse a muy larga distancia y, durante la dominación turca, podrían llamar la atención de las autoridades musulmanas, mientras que el sonido de los maderos tiene un alcance más limitado). S me dijo que iría al servicio, yo preferí dormir un rato más. Me levanté a eso de las seis, me rasuré y lavé la cara, y bajé al templo que estaba rodeado por un patio en el que había frescos extraordinarios parte de los cuales se muestran en la ilustración con un monje rezando al fondo. Después de admirarlos, me senté a la puerta de la iglesia. En ese momento acertó a pasar el archondaris que me preguntó, imagino porque no hablo griego, por qué no entraba yo al servicio. Le respondí que porque yo era católico. El monje sonrió, me tomó del brazo y me condujo al interior de la iglesia, donde permanecí de pie casi en la entrada. El espectáculo me pareció maravilloso; la iglesia alumbrada por unas cuantas antorchas, los monjes encapuchados, de pie entonando sus cánticos mientras que al frente se celebraba la misa.

El archondaris me soltó del brazo y se dirigió al frente donde cruzó algunas palabras con el Abad, éste se levantó y vino hacia mí conduciéndome hasta las bancas del frente. Confundido, traté de localizar a S sin conseguirlo. Durante el resto de los servicios, que duraron una media hora más, me limité a seguir el ejemplo de los monjes: ponerme de pie cuando ellos lo hacían,  arrodillarme o sentarme, etc.

Al terminar la ceremonia los monjes y los peregrinos, con mi excepción, pasaron al frente, tomaron un trozo de pan de una charola que ahí se encontraba y salieron de la iglesia. S me esperaba a la salida y me preguntó por qué yo no lo había hecho, le dije que porque no sabía si podía hacerlo y me respondió que sí, que no había nada malo en ello.

El archondaris reunió a los peregrinos y nos comunicó que encontraríamos café en nuestras “celdas”. En efecto, en nuestra celda encontramos unas pequeñas tazas de esa bebida al estilo griego, espeso con sedimento al fondo, que tomamos con gusto. S salió a preguntar a qué horas se servía el desayuno y regresó con la inquietante respuesta que, en ese monasterio, no había desayuno, los monjes habían salido ya para ocuparse de sus labores en el campo o en la biblioteca ya que en Simónides Petrides se conservan casi todos los manuscritos que posee Monte Athos, y el almuerzo se serviría a medio día.

Tuvimos que determinar  qué hacer ya que solo teníamos permitido pasar 24 horas en cada monasterio, si permanecíamos en donde nos encontrábamos, tal vez no tendríamos tiempo de llegar al siguiente monasterio, Sn Gregorio, antes de la caída del sol, pues calculamos que nos llevaría al menos tres horas llegar a él. Por ello decidimos partir inmediatamente para llegar a nuestro nuevo destino antes del medio día.

Emprendimos nuestra marcha descendiendo por una escarpada senda rocosa para llegar al nivel del mar de donde partía el sendero hacia San Gregorio. El descenso no era fácil había que hacerlo con suma precaución. De pronto S resbaló y rodó cuatro o cinco metros, afortunadamente sólo sufrió algunos raspones y pudimos continuar bajando. Llegamos por fin al nivel de la playa desde donde admiramos el espléndido panorama de Simon Petrides en la cima de la roca donde se erige.

El camino a San Gregorio mayormente seguía la costa, aun cuando tuvimos que escalar algunas colinas bastante altas. A eso de las diez y media, juzgando que llevábamos buen tiempo, nos detuvimos a descansar un tiempo a la orilla del mar y nos metimos a él para refrescarnos y quitarnos el polvo que se nos había pegado el día anterior.

A las once y media llegamos a nuestro destino. San Gregorio, a diferencia de los demás monasterios, no se encuentra sobre un lugar elevado sino casi al nivel de la playa pero rodeado por una muralla. San Gregorio está considerado uno de los más estrictos y mejor organizados monasterios cenobitas. Su población era de unos 70 monjes casi todos con estudios de ingeniería, por lo que cuando otro monasterio requiere algún trabajo relacionado con dicho oficio, pide ayuda a San Gregorio. (En forma similar el monasterio de San Pablo, con muchos monjes médicos, atiende los problemas de salud de Monte Athos). El edificio está muy bien conservado y con grandes y bien cuidados jardines. A nuestra llegada,  como de costumbre, fuimos recibidos por el archondaris del lugar y obsequiados con ouzo, agua y caramelos. Pero nos dio la desagradable noticia de que en ese monasterio se desayunaba pero no se almorzaba. Nuestra siguiente comida sería hasta las siete de la noche.

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Después de firmar el libro de peregrinos, fuimos conducidos a nuestra archondariki, una amplia habitación con dos camas y grandes ventanas con una muy agradable vista del mar. Descansamos en ella un tiempo y a continuación paseamos por los muy bellos y bien cuidados jardines que tenía y que supongo que aún tiene ese monasterio. A eso de las dos de la tarde nos dirigimos a la playa a unos cientos de metros del monasterio, donde “almorzamos” una lata que nos quedaba de hojas de parra, un trozo de pan sobrante de la hogaza comprada en Kaires y la cajita de pasas que nos había regalado el colega de S.

Al regresar al monasterio observamos una pequeña lancha que se dirigía al muelle del lugar, nos acercamos y Stathis averiguó que esa lancha, con dos monjes como tripulantes, recorría todos los monasterios llevando correspondencia o haciendo otros servicios, por ejemplo llevando a los médicos de San Pablo a algún monasterio que precisara de ellos. Nos dijeron que en unos 45 minutos partirían hacia San Dionisio que, casualmente, era nuestra siguiente meta. Preguntamos si nos podrían llevar y nos respondieron que con mucho gusto.

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(Como se dijo antes, cada monasterio tiene una especialidad; los ingenieros que se vuelven monjes están en San Gregorio por ejemplo, los médicos en San Pablo, los que saben de vinatería en San Dionisio, donde fabrican un vino muy apreciado en Grecia, etc. Así, cuando un monje enferma, un médico va de San Pablo al monasterio de que se trate; si alguno desea reparar una pared o una tubería, acuden uno o más ingenieros desde San Gregorio; el vino de San Dionisio debe ser transportado a Dafne para su envío a Grecia, etc. Las jornadas a pie serían demasiado tardadas y esta es la razón por la que Monte Athos decidió adquirir la lancha).

De inmediato nos dirigimos a nuestra celda a recoger nuestras pocas pertenencias, nos despedimos del archondaris y abordamos la lancha. La travesía a San Dionisio tomó aproximadamente 45 minutos mientras que caminando nos hubiera tomado más de tres horas.

El monasterio, situado en una roca de 80 metros de altura, tiene la apariencia de una fortaleza medieval relativamente pequeña, rodeada de muros de cinco metros de altura, con una torre de veinte metros de altura sobre la puerta de entrada. Desde el muelle tomamos una escarpada senda que nos condujo a la parte trasera de la construcción donde se encuentra la única entrada con dos enormes y fuertes puertas de madera. Entramos al patio central de la “fortaleza” en cuyo centro se encuentra la iglesia. Fuimos recibidos amablemente como de costumbre, con nuestros respectivos vasos de agua, de ouzo y caramelos, firmamos el libro de peregrinos y fuimos conducidos a nuestro archondariki. En ese momento había pocos peregrinos, apenas unos 4 o 5, por lo que nos tocó una habitación solo para nosotros con una bella vista al mar.

En ese monasterio tampoco habría almuerzo sino que la siguiente comida sería hasta las siete de la noche con la frugal cena de sopa de verduras acostumbrada. Nos extrañó que al menos en los monasterios en que habíamos estado la comida fuera la misma, nos explicaron que esa semana era de ayuno por alguna causa que no nos quedó clara.

Salimos a pasear por los bellos alrededores, en las colinas que rodean a San Dionisio pudimos observar dos o tres pequeñas ermitas. (Algunos monjes prefieren ser ermitaños y habitar en dichos lugares en vez de compartir la vida monástica). Paseamos por la playa, admiramos los viñedos, aun cuando no pudimos ver el lugar en que fabrican el vino que ha dado fama a este monasterio ni, mucho menos, probarlo. Volvimos a San Dionisio en donde, como de costumbre, después del servicio vespertino se nos sirvió nuevamente sopa de verduras con pan y aceitunas negras que ahora Stathis sí comió con entusiasmo pues en las últimas 24 horas solo había comido un pequeño pedazo de pan y media latita de hojas de parra.

A la mañana siguiente despertamos cerca de las seis de la mañana. Nos extrañó que no hubiésemos oído el toque de maderas para convocar a los servicios matutinos; probablemente, pensamos, habíamos dormido tan profundamente que no lo escuchamos. Ya relativamente tarde, a eso de las siete, bajamos al patio central. Quedamos sorprendidos porque la iglesia estaba vacía y no vimos a ningún monje en todo el monasterio. En las afueras del convento encontramos a un peregrino que explicó a Stathis que, muy temprano esa mañana, toda la comunidad se había dirigido a una ermita en una colina cercana donde celebrarían un servicio especial de duración indefinida. En una palabra, no habría desayuno ese día.

 Al oír esa nueva, mi entusiasmo por Monte Athos, que había ido disminuyendo al paso de los días, desapareció por completo. Inicialmente pensábamos ir al monasterio de San Pablo, el de los médicos como se dijo antes, pero le dije a S que preferiría ya regresar a Grecia. Sabíamos que ese día la lancha que nos había llevado a San Dionisio regresaría a alguna hora de la mañana con destino a Dafne. S estuvo de acuerdo conmigo, por lo que bajamos al muelle a esperarla.

Sentados sobre algunas rocas que bordean el rústico muelle de piedra de San Dionisio, esperamos algo más de dos horas, pues la lancha llegó cerca de las 9:30. Zarpamos a las 10, hora en que aún no habían regresado los monjes al monasterio, y llegamos a Dafne a la 1:30 de la tarde después de hacer escala en San Gregorio y Simónides Petris. El viaje fue agradable pues aunque la lancha no tenía toldo, la brisa del mar refrescaba lo suficiente para que el calor no se sintiese, y el panorama de la península sobre el fondo azul del Egeo, los dos monasterios al borde de la playa, sobre todo el de Simónides Petris, era extraordinariamente bello.

A nuestra llegada a Dafne nos complació notar que el ferry a Ouranópolis estaba ahí y que partiría en media hora. Abordamos inmediatamente dicho barco después de pasar la revisión de salida hecha por autoridades griegas que cuidan que los peregrinos no lleven consigo iconos o algún otro de los tesoros artísticos de Monte Athos.

La travesía ocurrió sin incidentes. Ya en Grecia nos dirigimos a la plaza de donde salen los autobuses foráneos donde encontramos uno que saldría rumbo a Tesalónica en 10 minutos. Stathis me pidió que subiera al vehículo y le guardara un asiento mientras él iba a buscar algo que comer, pues eran ya cerca de las cinco de la tarde y no habíamos comido nada desde las siete de la noche del día anterior. Así lo hice. S llegó poco antes que partiera el autobús con dos tortas de jamón y dos refrescos grandes de los que disfrutamos plenamente y es que, como decía Sancho Panza, no hay mejor salsa que el hambre.

El autobús llegó a Tesalónica a las siete de la noche, bajamos de él y tomamos un taxi. Fue interesante que cuando lo abordamos el chofer le preguntó a S si veníamos de Monte Athos, este le dijo que sí y preguntó a su vez cómo lo sabía, sonriendo el taxista le respondió que invariablemente cuando veía a personas desaliñadas, sin rasurar y con cara de cansancio, venían de allá y afirmó que algún día él haría esa peregrinación.

El taxi me dejó primero en mi hotel para luego llevar a Stathis a la casa de sus padres. Luli, mi esposa, me esperaba en nuestro cuarto y se alarmó un tanto al verme llegar lleno de polvo, sin rasurar y, según ella, con un no agradable olor a sudor. Naturalmente tomé un baño, me rasuré y salimos a buscar un lugar donde cenar pues el hotel no tenía restaurante.

Así terminó mi peregrinación a Monte Athos que desde mi juventud deseaba hacer aun cuando nunca pensé seriamente que me sería posible hacerla. Ahora, unos  años después, la considero como una de las experiencias más extraordinarias de mi vida.

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