Prisioneros políticos en Corea del Norte: La historia de un hombre que logró escapar

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Por Álvaro Céspedes

La República Democrática Popular de Corea, como muchos sabemos, es un Estado completamente hermético. Mantiene relaciones cercanas con muy pocos países y sobrevive gracias al apoyo económico de China. Aparece constantemente en los encabezados de la prensa internacional por las amenazas y pruebas nucleares de su presidente, Kim Jong-un. Este tipo de notas nos han mantenido informados sobre las posiciones oficiales de Corea del Norte. De igual manera, muchos curiosos hemos entrado a ver las fotografías satelitales de este país en Google Earth y nos hemos reído con los cientos de memes sobre la dinastía Kim en páginas de Internet como 9gag. También sabemos que es muy poco lo que en verdad se sabe sobre lo que sucede dentro de las fronteras de este país.

El discurso periodístico predominante sobre Corea del Norte se ha mantenido alejado de una de las cuestiones más preocupantes: la situación interna de los derechos humanos. El gobierno norcoreano niega que existan en el país violaciones a los derechos fundamentales de sus ciudadanos y asegura que sus ciudadanos llevan el estilo de vida más digno y feliz. La información que se tiene sobre la verdadera situación dentro del Estado ha sido obtenida a través de las pocas ONG que tienen presencia en el país, servicios de inteligencia extranjeros y las voces de cientos de refugiados y disidentes.

La inquietud de realizar este artículo vino después de haber leído la biografía de Shin Dong-hyuk, titulada “Escape from Camp 14”, escrito por Blaine Harden, ex reportero de The Washington Post. Su trabajo nos permite conocer, a través de una fuente directa, la situación actual de las prisiones políticas en Corea del Norte.

Primero, hay que conocer el contexto de la libertad y la justicia en esta nación. En Corea del Norte no existe la libertad de prensa de ningún tipo: toda la información que reciben los ciudadanos proviene de las agencias gubernamentales. Además, no hay libertad de expresión, cualquier acto de disidencia es castigado con una vida de trabajos forzados en prisiones políticas. Por si fuera poco, el sistema penal norcoreano funciona a través del “castigo colectivo”, esto significa que el crimen no solamente lo paga el culpable sino que también son considerados como culpables sus familiares y sus hijos en la siguientes tres generaciones.

Igual de importante es recordar que la sociedad en Corea del Norte vive segmentada de acuerdo a su afiliación al Partido Comunista, con base en antecedentes familiares. La capital, Pyongyang, está reservada para la élite económica militar y política del país. El resto del territorio, mayoritariamente agrícola, está ocupado por los estratos inferiores de la jerarquía. Este sistema social, conocido como songbun, se puede conceptualizar como un abierto apartheid en pleno siglo XXI.

La falta de comida y servicios básicos también es un aspecto alarmante en este país. Con el colapso del régimen soviético, la economía norcoreana cayó en picada y con ella la capacidad de supervivencia de miles de personas. El mal manejo de la agricultura llevó a la muerte a casi un millón de personas a mediados de la década de 1990, pasando a la historia como una de las hambrunas más devastadoras de la historia reciente. Tan grave que incluso llegaron a haber reportes de canibalismo.

Ahora que tenemos un panorama más claro de la situación general en Corea del Norte, regresemos al tema principal: los derechos humanos en el país, a través de la historia de Shin Dong-hyuk y su vida en la prisión política conocida como el Campamento 14. El crimen imperdonable por el cual este hombre tuvo que pagar con trabajos forzados fue cometido por su tío, quien cruzó la frontera hacia el sur al final de la Guerra de Corea, en 1953. A raíz de esto, su padre fue encarcelado y décadas después, como parte de una recompensa por su buen comportamiento, fue elegido para tener hijos a través de un matrimonio arreglado por los guardias. Shin Dong-hyuk nace en noviembre de 1982 dentro de una prisión.

El primer recuerdo que tiene Shin es el de una ejecución. Dentro de este tipo de prisiones, el castigo para cualquier falta de comportamiento es la muerte. Los prisioneros viven bajo 10 reglas doradas, la mayoría son de carácter punitivo: aquel que se le sorprenda robando comida, muere; aquel que se le sorprenda reunido con más de una persona, muere; aquel que trate de escapar, muere; aquel que tenga relaciones sexuales sin consentimiento de los guardias, muere. Sin embargo, la interpretación de dichas reglas está totalmente sujeta al estado de ánimo de los guardias. No son pocos los casos de tortura, violación y ejecución de prisioneros por cuestiones más triviales.

Shin empezó a ir a la escuela desde los tres o cuatro años. A los alumnos no se les enseña más que a leer, escribir y algo de aritmética básica. No se les explica nada acerca de la vida fuera de las rejas, sobre el sistema político de su país, ni les adoctrinan sobre la dinastía Kim y tampoco les imparten clases de historia revisionista característica del sistema educativo norcoreano. La educación tras las rejas del Campamento 14 consiste en la repetición de las 10 reglas doradas de comportamiento dentro de la prisión y se les recuerda constantemente que los alumnos son criminales culpables de sabotear la integridad del Estado. Dentro de la escuela, una de las enseñanzas principales es la informar sobre las actividades sospechosas que observen en sus labores diarias.

La gente dentro de las prisiones crece sin sentimientos humanos que universalmente nos parecen normales, como el amor, la amistad o el compañerismo. A los 14 años, Shin siguió las órdenes de sus guardias y acusó a su madre y a su hermano de querer escapar, lo que los condujo a la muerte. De igual manera, Shin pasó un año en una celda en solitario, sufriendo torturas inhumanas solamente por ser el hijo y hermano de dos personas que planearon escapar.

Dentro de esta prisión, los niños dejan la escuela y comienzan los trabajos forzados cuando alcanzan la adolescencia. Después de varios años de trabajar en el campo, Shin comenzó a trabajar reparando máquinas, que las mujeres utilizan por turnos de 12 horas para coser uniformes militares.

Fue aquí que conoció a su primer amigo a los 22 años. Park era un prisionero político de 40 años que fue detenido al intentar escapar por la frontera china con su esposa. Este hombre le platicaba historias sobre lo que hay fuera de la prisión, sin embargo lo que más emocionó a Shin del exterior fue la comida. Park le contó que existe un mundo exterior y que a unos kilómetros al norte hay otro país que se llama China, donde existe la libertad. Shin no tenía noción de China, ni del norte o el sur, ya que nunca le enseñaron lo que es la geografía.

Después de algunos meses de trabajar juntos y platicar largas horas a espaldas de los guardias, los dos compañeros decidieron escapar. El 2 de enero de 2005 Park y Shin se encontraban recolectando leña a unos metros de la reja eléctrica que delimita la prisión cuando notaron los largos intervalos en los patrullajes de los guardias. Decidieron correr y pasar por debajo de la reja para escapar. Park lo hizo primero y murió electrocutado en el instante. Shin usó el cuerpo de su amigo como aislante para cubrirse de la reja, resultando severamente herido de las piernas.

A partir de este momento comenzó su viaje hacia la libertad. Después de meses de vivir como vagabundo, comiendo basura y robando ropa para sobrevivir el invierno, logró alcanzar la frontera con China. Shin no entendía el concepto del dinero, por lo que su adaptación al mundo real fue muy difícil. Después de unos meses, un par de cajetillas de cigarros y algo de comida fueron suficientes para sobornar a los militares en la frontera para poder salir del país.

Vivió cerca de un año y medio como inmigrante ilegal en China, trabajando en una granja hasta que decidió ir a Shanghai. En un restaurante de esta ciudad, conoció a un periodista surcoreano que se interesó en su historia y lo llevó a la embajada de Corea del Sur. Después de validar su historia y datos, se le concedió un pasaporte de Corea del Sur y le pagaron un boleto de avión para Seúl.

Shin Dong-hyuk lleva cerca de 7 años viviendo en libertad, intentando comprender cómo funciona el mundo fuera de las rejas del Campamento 14. Pasó 22 años trabajando y viviendo como esclavo del gobierno norcoreano, quien le privó de las necesidades y la educación más básica. Su cuerpo está cubierto de cicatrices por la tortura dentro de la prisión, sus huesos están mal formados por la mala nutrición en su infancia y es de carácter extremadamente tímido, retraído y desconfiado.

En esta situación viven aún miles de ciudadanos de Corea del Norte en la actualidad. La historia de esta persona es la única que se conoce de alguien que haya nacido dentro y escapado de una de estas prisiones. Los campos de concentración de Hitler duraron cerca de 7 años. Los gulags de Stalin duraron 25 años. Las prisiones políticas del gobierno norcoreano llevan en funcionamiento casi 60 años.

El sistema social jerárquico, el terrible manejo de la economía y la situación de los derechos humanos en la República Democrática Popular de Corea, no solamente es inaceptable, sino insostenible a largo plazo dentro de un mundo cada vez más interdependiente y globalizado. No obstante, la comunidad internacional reacciona de una manera equivocada ante este conflicto. Al centrarse solamente en el programa nuclear y armamentista de Kim Il-sung, Kim Jong-il y ahora de Kim Jong-un, diferentes organismos imponen sanciones económicas dejando al país incluso más aislado y haciendo que los ciudadanos sean los que paguen el precio con más recortes a los de por si ínfimos niveles de alimentación, salud y educación. Han existido en el pasado programas de alimentación por parte de Estados Unidos y la ONU, sin embargo, el Partido Comunista está completamente encargado de su distribución y deja a amplios sectores de la población sin la ayuda necesaria.

El panorama del país no es en lo absoluto esperanzador. La República de Corea (Corea del Sur) cuenta con un “Ministerio de Unificación”, dedicado a recibir refugiados de su vecino país del norte, sin embargo cuenta con pocos recursos y su éxito ha sido cuestionado. En gran parte se debe a que la sociedad surcoreana no está dispuesta a recibir y contratar a los refugiados del norte, que consideran groseros, inconsistentes e impredecibles en su comportamiento. Una unificación del territorio de la manera en que se hizo con Alemania después de la caída del muro de Berlín es cada vez menos probable, pues las diferencias económicas, sociales y culturales entre el sur y el norte son abismales. El primero vive en el 2013, mientras que el segundo continúa viviendo en una versión terrible de los cincuenta.

El conflicto de Darfur tiene a Angelina Jolie. El pueblo del Tibet tiene a Richard Gere y al Dalai Lama. Al Gore y Leonardo DiCaprio han levantado su voz para hacer que la gente actúe contra el cambio climático. Los miles de prisioneros políticos de Corea del Norte no cuentan con una personalidad carismática y adinerada que convoque masivamente para pedir un cambio. Por el contrario, lo único que han obtenido es que Dennis Rodman visite el país y hable maravillas del festín que recibió, ignorando que la mayoría de los ciudadanos pueden pasar años enteros sin probar un bocado de carne.

Los invito a leer esta apasionante y desgarradora historia, escrita de manera muy accesible, a forma de nota periodística por un reportero veterano de The Washington Post. Ojalá a través de estas historias, más gente alrededor del mundo se entere de lo que tienen que sufrir diariamente los norcoreanos y se tomen acciones internacionales serias para lograr un cambio de gobierno y de sistema en ese país.

Discussion1 comentario

  1. Es increíble lo mucho que hablamos de Corea del Norte y lo poco que realmente sabemos de la sociedad y de la vida dentro de ese país. Muchas gracias por escribir este artículo, que espero lean muchos 😉

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