Después de Gadafi, ¿qué sigue?

0

Por: Nicole Figot

El 2011 se convirtió en uno de los años más importantes en la historia de Libia. Una sangrienta guerra civil puso fin a la dictadura del Coronel Muammar Gadafi, quien gobernó el país por más de cuatro décadas. Tras participar en sus primeras elecciones libres y democráticas, el pueblo libio se encuentra ahora en un proceso de reconstrucción nacional con el que busca consolidarse como un Estado democrático y moderno.

Tras un breve periodo con un gobierno de transición, el 9 de agosto del 2012 tomó posesión de la Presidencia Mohamed el-Magarief. Un musulmán moderado, fue elegido el como Presidente interino con 113 votos, contra los 85 de su principal contrincante, el independiente Ali Zidan. Dirigirá a los 200 miembros del congreso y marcará el rumbo hacia las elecciones parlamentarias que se harán el próximo año, una vez redactada la nueva constitución. El-Magarief es economista y fue embajador de Libia en India. A partir de los ochentas vivió en el exilio, desde donde como líder del movimiento de oposición  (del Frente Nacional para la Salvación de Libia) intentó sacar a Gadafi del poder. El Frente incluso realizó varios intentos fallidos por asesinar al Coronel.

Es aún muy pronto para saber cuál será el camino por el que llevará a Libia después de esta drástica transición, pero analizar el discurso que ofreció el 27 de septiembre ante la ONU es un buen punto de partida. Al dirigirse a la 67° Sesión de la Asamblea General, destacó el enfoque que dio el nuevo Presidente a la reconstrucción de la nación tras la guerra civil, y a los numerosos retos que se enfrenta.

Al inicio de su participación no pudo faltar la referencia a Gadafi y a su famoso discurso de 2009 en el que simbólicamente rompió una copia de la Carta de las Naciones Unidas, señalando su descontento con organización internacional. El nuevo Presidente habló de su predecesor como un “déspota que gobernó mi país por 42 años con opresión y un puño de hierro (…) que mandó matar a civiles inocentes”. El-Magarief se disculpó ante el mundo por el daño y los crímenes que cometió Gadafi contra tantos inocentes, por las extorsiones y terrorismo ante tantos Estados, y aseguró que Libia está comprometida con la paz.

Sobre el reciente atentado al consulado de Estados Unidos (reacción a un video anti-musulmán) en el que murieron el Embajador Christopher Stevens y otros tres funcionarios, el Presidente dijo que fue “un día de tristeza en todo Libia”. Ofreció sus disculpas a Estados Unidos y aseguró que la catástrofe sólo aumentaría la solidaridad entre ambas naciones. Cabe resaltar que el Presidente se refirió a quienes perpetraron el atentado como terroristas, dejando claro así que no haría ninguna justificación de sus actos, y posiblemente también que no niega aún la participación de al-Qaeda en los hechos. Recalcó que los perpetradores no representan a Libia, señal de lo cual son las demonstraciones civiles que se hicieron en el país en contra de los actos.

El Presidente se refirió también a los retos que Libia enfrenta a nivel local, regional e internacional. Entre las prioridades del país a nivel nacional destacan tres. Primero, reconstruir y reorganizar las instituciones, para lo cual se redactará también una nueva constitución permanente. Segundo, la cuestión de los jóvenes que conforman fuerzas rebeldes, a los que se tiene que desmovilizar, desarmar y reintegrar a la sociedad, cuestión que resulta aun más complicada en un país que no ofrece aún muchas oportunidades educativas o laborales; y tercero, la restitución legítima del dinero que fue robado del país por miembros del antiguo régimen y que hoy se encuentra depositado en cuentas bancarias en el extranjero. Para esto último pidió la cooperación internacional en combatir la corrupción y el lavado de dinero. Esta es una cuestión muy delicada que involucra la cooperación de gobiernos extranjeros para los que no resultaría conveniente hacerlo, pues funcionarios del gobierno libio no son los únicos que tienen recursos obtenidos de manera ilegal en bancos extranjeros y mucha gente poderosa depende de que dichos gobiernos continúen volteando la cara ante estas prácticas.

A nivel regional mencionó los retos a la seguridad que representan el tráfico de drogas, el tráfico de armas y la migración ilegal. Para ello destacó que la respuesta debe ser bilateral y multilateral. Con ello dejó claro a los Estados que lo escuchaban en ese momento que Libia no se puede enfrentar a problemas de tal magnitud sola, por lo que espera su ayuda. El Presidente recalcó que Libia es parte de África, que está afiliada al continente y remarcó la importancia de cambiar las relaciones del mundo con África para que se tomen en cuenta los intereses de su población. No obstante, fue la única vez en todo el discurso que mencionó la palabra África, posible señal de que a pesar de lo que dice, sus prioridades no se encuentran en las relaciones con los otros Estados del continente.

En asuntos internacionales, mencionó cuatro cuestiones que expresan dónde están los intereses libios en cuanto a política exterior: el conflicto palestino-israelí, en el cual condenó las medidas de Israel en los territorios ocupados y demandó la creación de un Estado Palestino y el regreso de los refugiados palestinos; la actual guerra civil en Siria, donde declaró el régimen ha perdido su legitimidad al reprimir a sus ciudadanos brutalmente. Habló también de las armas de destrucción masiva, que dijo deben de ser eliminadas en todo el mundo – este es un tema hoy relevante por los intentos del gobierno Iraní por obtener una. Por último, habló sobre la represión de la minoría musulmana en Myanmar y llamó a la comunidad internacional a perseguir a los responsables.

Excepto por la cuestión de Myanmar, estos temas son muy contenciosos y han sido cuestión de fuerte debate dentro de las mismas Naciones Unidas. Que se haya referido en particular al Medio Oriente destaca que a pesar de ser un país africano, su ubicación geográfica en el Magreb  y que el 97% de su población es musulmana lo relacionan estrechamente con la región y definen sus intereses de política. Además, puede ser la forma del nuevo Presidente para dar a entender que Libia no quiere permanecer aislado sino que quiere ser tomado en cuenta como un actor relevante en las relaciones internacionales.

Finalmente, se tiene que destacar que los temas que más repitió a lo largo de su discurso fueron la libertad y la moderación. El-Magarief habló de que por primera vez desde su independencia Libia tiene partidos políticos, libertad de expresión, de prensa, de asociación, de reunión, de constituir sindicatos y organizaciones políticas, académicas, etc., lo que lo convierte en un país pluralista, con igualdad para todos, en especial para los jóvenes y mujeres. Además, destacó varias veces que Libia es un país pacífico, islamista, hospitalario y, sobre todo, moderado. Esto refleja la necesidad de diferenciarse de los países extremistas de la región. El nuevo Presidente es una personalidad política reconocida en el país. Regresó a Libia tras la revolución y conformó un nuevo partido, el Frente Nacional, que considera al Islam como lineamiento general para guiar los asuntos de Estado. El-Magarief incluso declaró que Libia debe ser un Estado secular. A pesar de que aclaró que al ser un Estado cien por ciento musulmán, las leyes reflejarán los intereses de la sociedad y como tal no contradecirán de ninguna manera a la ley musulmana; está por verse cómo reaccionaran ante estas declaraciones (radicales para el contexto Libio) los grupos más conservadores y extremistas de la sociedad, como la Hermandad Musulmana.

No obstante sus declaraciones, en el contexto actual de protestas en decenas de países del mundo musulmán, resulta difícil convencer al público  internacional de que los libios no son radicales. Pero esta misma situación hace que sea aún más importante para Libia conservar como aliados a los países poderosos del mundo industrializado, sobre todo a Estados Unidos; por ello el tono de su discurso fue conciliador. Intentó pintar una imagen de un país que a pesar de todos sus problemas es democrático, liberal y moderado. Un país aliado del mundo desarrollado. El nuevo gobierno busca que se le deslinde de su pasado, que el mundo sepa que Libia es ahora diferente, que no se debe de comparar con los países musulmanes extremistas del Norte de África y del Medio Oriente. Por eso mismo, para concluir su discurso el Presidente enfatizó que Libia se separa de su horrible pasado y extiende la mano para crear nuevas relaciones basadas en equidad y buenas relaciones.

En base a lo anterior parece que Libia se unirá al bando de los países de la región que buscan  una apertura social, política y religiosa. Pero siempre hay que tener cuidado en creer demasiado en lo que dicen los jefes de Estado en foros como las Naciones Unidas, en los que pocos se atreven a decir lo que en verdad piensan (no por nada son personajes como Gadafi o Ahmadineyad los que siempre han desatado las controversias). El-Magarief hizo hincapié en que Libia es un país moderado, y resaltó las libertades de las que ahora gozan sus ciudadanos, además que mencionó los derechos de las mujeres como un interés de su gobierno. La comunidad internacional debe ser muy cuidadosa al vigilar que estas promesas se cumplan, monitorear los indicadores de libertad y equidad para asegurar que los derechos humanos de los libios están siendo protegidos, antes de hacer compromisos con el nuevo gobernante. Dado su pasado y el nuevo contexto en Libia, es poco probable que el-Magarief se convierta en un nuevo dictador, especialmente ahora que los ciudadanos se han dado cuenta del poder que tienen. No obstante, la vigilancia – y apoyo –  internacional es esencial en este proceso de reconstrucción nacional, para procurar que la nueva constitución e instituciones respondan a los intereses de los todos los ciudadanos.

Asimismo, habrá que estar atentos en lo que hará el gobierno para perseguir a los responsables del atentado en el consulado de Bengazhi, además de las acciones que tomará para controlar las manifestaciones violentas que siguen ocurriendo en el país y evitar otra catástrofe similar. No es suficiente que el dictador haya sido derrocado y que un nuevo gobierno esté en el poder, las facciones violentas y extremistas siguen presentes en Libia y se necesita mucho más que un buen discurso para combatirlas.

 

Leave A Reply