AMÉRICA LATINA: UNA REGIÓN ACÉFALA

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Por:  José Enrique Sevilla Macip

Nosotros los latinoamericanos […]

tendremos que implantar el principio que debe

 existir en el universo para establecer la paz.

-Venustiano Carranza

Alfonso Reyes, el regiomontano universal, afirmaba que la solidaridad entre los pueblos de Hispanoamérica “no había sido efecto del comercio ni de la política, sino de la poesía, es decir: del espíritu”.[1] Sin embargo, desde principios del siglo XIX, cuando la mayoría de las repúblicas hispanoamericanas adquirieron su independencia, alcanzar la unión de nuestros pueblos ha sido un ideal político permanente. Martí, Rodó y Vasconcelos soñaron siempre con la unión de los pueblos latinoamericanos para la conquista de su propio destino. En la práctica, lamentablemente, una y otra vez ha quedado demostrada la incapacidad política de los gobiernos de la región para actuar en conjunto. Parecía, en palabras de Antonio Gómez Robledo, “que por la Raza no podrá hablar sino el Espíritu, pero no una organización jurídica y visible”[2].

Inicio este texto con una cita extraída de un discurso del Primer Jefe del Constitucionalismo en 1916. En aquel entonces, Carranza vio en su movimiento a la cabeza de una fuerza política que estaba destinada a modificar fundamentalmente la dinámica de las relaciones internacionales. Mediante una avanzada doctrina de derecho internacional, fundamentada en el respeto irrestricto a la soberanía e igualdad jurídica de los Estados, el constitucionalismo se concibió como la punta de lanza de un movimiento que debía englobar a todas las naciones hispanoamericanas, al compartir estas con México una trágica historia de intromisión extranjera en los asuntos nacionales. Huelga decir, ello le valió a la Revolución mexicana una buena dosis de simpatía en América latina. Y si bien hablar de México como la cabeza o el líder de la región alcanza los límites de la soberbia, es indudable que la política internacional del Estado mexicano posrevolucionario le garantizó amplia legitimidad y prestigio entre las naciones del centro y sur del continente. Igualmente, le confirió el papel de vocero de las demandas generales de todos los pueblos de nuestra América. Contrastando esa situación, la América latina que se observa es una desunida, desconfiada y sin algún referente que motive la cooperación efectiva y eficaz entre naciones que, se dice, son naturalmente hermanas

Pensando en la imagen actual de la región, se podrían identificar tres principales patrones en materia de relaciones internacionales: 1) la existencia de distintos países que fungen como potenciales polos de poder; 2) la ausencia de México y el cambio en la percepción que de él tienen los vecinos latinoamericanos y; 3) la incapacidad (y en ocasiones falta de voluntad) de Brasil por erigirse en el líder de facto de la región. Estos tres patrones no son independientes y en buena medida se traslapan, sin embargo, por motivos analíticos, aquí se tratarán de forma separada.

Ya se dijo que no se puede hablar de una América latina unida, por más que los discursos oficiales en cumbres regionales se empecinen en mostrar lo contrario. De manera más bien superficial, se puede pensar en tres países con capacidad y pretensiones de liderazgo en América latina: Brasil, México y Venezuela. Ahorita valga concentrarse en el tercero en vista de que se dedicará un inciso para cada uno de los dos primeros.

Venezuela ha buscado constantemente mostrarse como el adalid de la resistencia regional contra la intromisión norteamericana. Y, hasta cierto punto, lo ha logrado. La instauración de la Alternativa Bolivariana para las Américas (alba) ha sido capaz de reclutar a varios regímenes de la región detrás de la efigie del presidente Chávez. Sin embargo, la retórica y práctica del gobierno de Caracas ha sido, en última instancia, su mayor enemiga al momento de intentar insertar a Venezuela como un líder regional viable. Con un discurso de la Guerra Fría—que en ocasiones evoca al tercermundismo que ostentó México durante el sexenio de Echeverría—, la incontinencia verbal del presidente y la elaboración de alianzas cuyo único propósito es contravenir a Estados Unidos (los presuntos beneficios de la alianza estratégica con Irán no han sido palpables[3]), Venezuela se comporta de manera errática y es altamente improbable que se convierta en la fuerza unificadora (o al menos guía) del resto de la región.

En cuanto a México, es muy claro que desde finales de la década de los noventa ha renunciado a desempeñar un papel más activo en América latina. Después del activismo desplegado por los gobiernos desde Echeverría hasta Salinas, la presencia en México ha disminuido y ahora pocos países de la región voltean a ver a México como país clave para tomar sus propias decisiones de política exterior. Lo que es más, la “política exterior responsable”, bandera del gobierno de Felipe Calderón, ha redituado muy poco en cuanto a capital político de México en la región. Si bien no se ha caído en los errores garrafales de la Cancillería de Fox, la vinculación de México con América latina se ha mantenido, para efectos prácticos y a pesar de la celac[4], estancada.

Finalmente, Brasil, que ha estado en los ojos del mundo durante los últimos años por su presuntamente espectacular desarrollo, ha demostrado tanto incapacidad cuanto falta de voluntad en materia de política exterior. El resto del mundo piensa a Brasil como la potencia regional emergente. Sin embargo, Itamaraty parece rechazar el papel que la imagen del país busca otorgarle. En primer lugar, vale la pena recordar el fallido apoyo que le otorgaron al ex presidente hondureño Manuel Zelaya cuando fue depuesto por un golpe de Estado en junio de 2009. Lo que se mostró como una defensa de los valores democráticos en el hemisferio, en última instancia resultó en un estrepitoso fracaso para la política exterior carioca. Otro caso importante, que demuestra más bien la intención de alejarse del reflector internacional, es la posición que la presidenta Rousseff ha tenido hacia Irán. Durante el gobierno de Lula, Brasil se opuso a las constantes sanciones de Occidente al programa nuclear iraní y a su política de derechos humanos. Sin embargo, esta oposición no fue nunca a la manera venezolana sino más bien a la manera de Rusia y China. Ello había demostrado la independencia de Brasilia para determinar sus prioridades e intereses en materia de política exterior. Y más allá de las implicaciones del caso iraní para el sistema internacional, el giro de Rousseff muestra a un Brasil cauto y sin voluntad de figurar en el escenario mundial.

En resumen, aquí se ha realizado una brevísima revisión sobre la situación internacional actual de América latina. El diagnóstico es que se trata de una región acéfala. Y no necesariamente porque no exista un país capaz de ejercer el liderazgo de la región sino porque, en última instancia, los organismos internacionales creados con ese propósito, han resultado estériles y se han convertido en foros para expresar los perennes deseos de mayor integración. Por lo pronto, parece que Reyes y Robledo tenían razón, la hermandad de los pueblos latinoamericanos permanecerá reducida al Espíritu, incapaz de materializarse en realidades políticas.


[1] Alfonso Reyes, “En el día americano”, en América, Monterrey, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey/Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 81.

[2] Antonio Gómez Robledo, “Directrices fundamentales de la política exterior mexicana”, en Política exterior de México. 175 años de historia, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1985, tomo III, p. 63.

[3] Para la última visita del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad en el pasado mes de enero, Chávez planeaba inaugurar una fábrica de cemento construida por los persas, que debió haber empezado a funcionar en 2008. Sin embargo, los obreros inconformes impidieron la realización del acto. Véase “La ofensiva latinoamericana de Ahmadineyad se vuelve estéril”, en El País, (DE,30 de enero de 2012: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/01/13/actualidad/1326483662_997856.html).

[4] Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, organismo propuesto por México en 2010 para incrementar la integración entre los países de la región.

Imagen obtenida de: en.mercopress.com

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