Daniel Sada, latinoamericano, Daniel Sada, universal.

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Por: Emilio Lezama

Lo conocí hace poco más de un año, en un salón de la Casa Refugio. Había llegado allí siguiendo tardíamente un consejo que Juan Villoro me había dado un par de años atrás. Sin saber muy bien quién era ni porque era recomendable asistir a su taller, me aparecí por esos lares. Y es que Daniel Sada era un escritor más bien silencioso, quizás porque como ningún otro agotaba sus palabras en sus libros. Yo lo había leído inconscientemente años atrás cuando un pequeño volumen de poesía, compilado por Gabriel Zaid había alimentado mi hambre puberta de poesía. Era un ejemplar de un libro olvidado del que quizás solo sus autores se acuerdan, y era lo único que yo había leído de Sada cuando abrí la puerta, -tarde como suelo hacer- de aquel salón de la ya dicha casa.

Supe de inmediato que no era un escritor mediático, algo de la redondez de su cara y la fofez de su cuerpo -parecía descuidado-, pero también supe que era un tipo bondadoso, -algo en la diminuta curvatura de sus ojos, sus manos también- lo saludé, ya habíamos hablado por teléfono, me pidió que me sentara y durante varias sesiones me escuchó leer con esa sonrisa bonachona que parecía incapaz de juzgar. Pero ¡falso! Como maestro era severo, durante mi breve estancia en su taller detuvo a varios lectores pidiéndoles clemencia; que ordenaran sus ideas y que en otra ocasión lo intentarán de nuevo. Sin embargo también era paciente, un excelente pulidor de textos, sabía cómo trabajar la palabra pérdida y encontrarle su lugar en un magnifico cuento, era entonces también efectivo y muy capaz de alentar a sus alumnos que él bien sabía eran también admiradores.

En mi caso le dio gusto que Villoro hubiera sido el autor intelectual de mi presencia allí, le tenía aprecio y admiración, contrario a los sentimientos que muchos escritores más bien ermitaños tienen sobre aquellos comercialmente exitosos. Con mis textos fue benévolo y a la vez quizás no, cualquier otro escritor pudo haberme acusado de barroco y no hubiera sido demasiado grave, pero viniendo de Sada, ¡De Sada! evidentemente fue causa de preocupación. “Sería una obra maestra si solo balancearas tu lenguaje con acción, leíste ocho páginas y sentí que eran cien” me dijo en una lectura de una novela que yo estaba trabajando. Me sentí triunfante al salir de esa sesión,  sensación que duró hasta que leí la prosa de Sada por primera vez, el bajón fue instantáneo. Al mismo tiempo, mientras lo leía de esa forma, Sada me devolvía algo hace mucho perdido, la fe en la nueva literatura latinoamericana. El poder de su pluma es innegable, había en el algo muy particular, algo regional, puntual, intraducible, su literatura no era mexicana, ni siquiera norteña, era algo tan especifico, como si solamente un pequeño pueblo fantasma que él mismo había inventado pudiese entenderlo, y a la vez, vista como un todo, su obra era tan evidentemente universal, latinoamericana por supuesto antes que lo otro, pero al final humana, histórica, trascendente. Y eso es lo que Sada nos dejó, una obra que pertenece a la humanidad pero que solo es accesible a un pequeño puñado de individuos. Una obra latinoamericana como no se daba quizás desde Cien años de soledad, y a la vez una obra inclasificable. Su amor no por la palabra, cliché desgastado (redundante frase), si no por las palabras, cada una de ellas, renovó de lleno nuestra lengua. Escritores que comparten esa misma lengua, independiente de su acento, orígenes y cultos lingüísticos se lo reconocieron. Roberto Bolaño lo dijo muy claro, Sada estaba escribiendo la obra más ambiciosa del español, Carlos Fuentes, Juan Villoro, Federico Campbell y Cristopher Domínguez coinciden.

Hace un par de días en plena FIL un autor alemán me confesaba: Me encanta la literatura latinoamericana porque se permite ser poética, sin miedo, es algo que ya no se nos permite en otros lados” pensé inmediatamente en Sada, en su condición irremediablemente latinoamericana en este sentido. Si los escritores extranjeros veían en nuestras literaturas eso; la poética, el amor por la palabra, por saborear sus ritmos en el paladar, entonces Sada era sin duda un escritor latinoamericano como hace mucho no había. Allí, en esa tradición latinoamericana tan a menudo ejemplificada con Lezama, yacía la obra de éste autor mexicano que, hay que decirlo, careció siempre de afanes patrióticos o latinoamericanistas, Sada gozaba como pocos de la comida corrida china, para él; lo mas auténticamente mexicano.  Porque parece mentira la verdad nunca se sabe es la obra más elogiada de Daniel Sada, como Lezama desde la frondosa selva tropical cubana, y Del Paso desde la pomposa corte de Miramare-Chapultepec Sada da vida a un barroco inclemente, solo que él suyo, como bien lo mencionaba –nuevamente- Bolaño es un barroco aún más complicado de elaborar, un barroco en pleno desierto. Sada “fue abundante donde no había nada, la tierra baldía le debe un bosque” dijo Villoro sobre él. En ese desierto, creación suya, exuberante, árido pero a la vez vivo en imágenes, en palabras, Sada ambientó su obra. Desde allí miró a Latinoamérica entera y al mundo, y desde allí supo englobar al México de su tiempo sin caer en la obviedad de la denuncia o el empalagoso moralismo que hay veces acompaña a la narrativa en tiempos de crisis. Sada usó a México como un escenario, dónde todo formó parte del ambiente –intercambiable, únicamente necesario para crear un mundo que volviera plausible su ambición poética- y tan solo la palabra ocupó el lugar de personaje principal.

Pienso en la última vez que platicamos; en vísperas de un viaje me paseaba por la Condesa en busca de los libros que debía llevar. Me encontré con uno de Sada y de inmediato lo compré, sin embargo hace mucho no sabía de él. Quizás fue la foto en la solapa o el simple anhelo de una conversación literaria pero ese día decidí irrumpir en su privacidad y visitarlo en su casa. Ya estaba muy enfermo pero me recibió con mucha alegría. Nos sentamos en su sala y platicamos largo rato, se veía contento, animado, dispuesto a regresar a la vida. Yo traía un libro de Jean Giono en mis manos y a causa de ello la conversación derivo en Rulfo, gran maestro de Sada, poco después pasó a Bolaño, a quién había conocido por las épocas en las que irrumpía en las conferencias de Octavio Paz, entonces hablamos de la historia detrás de Los detectives salvajes, ¿acaso se refería Bolaño con desdén a aquella recopilación poética de Zaid en esa obra? Probable, según Sada, y así continuamos largo rato hasta que llegó su familia. Fue una conversación amistosa, un recorrido extraordinario por la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo veinte vista desde la vida de Daniel Sada, que –aun enfermo era difícil sospechar- se extinguiría prematuramente muy pronto. Me dijo que pronto sacaría una nueva novela y prometí leerla y –acto seguido- ir a verlo para comentarla. Nos despedimos efusivamente prometiendo no perder contacto. Todavía un par de días antes de su muerte intenté localizarlo por teléfono, fue en vano, ya estaba grave. Poco después me enteré de su muerte, el país no sospechaba que había perdido a un grande, un enorme quizás. Lo recordé aquella tarde en la colonia Condesa, demacrado físicamente pero aún con esos ojos gozosos, casi infantiles, pensé que después de Bolaño, nuestra región no había sufrido una pérdida tan fuerte, mi mente entonces regresó instintivamente a aquel día en la casa Refugio, después viajó a ese día soleado en el departamento de la Calle de Amsterdam, aquella fue la última vez que lo vi.

Emilio Lezama es el actual director de la revista virtual Los hijos de la Malinche

Imagen obtenida de  lapalancax.blogspot.com

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