Malestares de un estómago convulso

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Por: Fausto Carbajal

Al estar leyendo ayer el periódico, me encontré un artículo de Carles Ferrer titulado: “La democracia en sus orígenes”. Invariablemente me sentí movido a redactar un breve ensayo para ejercer, principalmente, el legítimo derecho a expresarme y mi obligación inherente como ciudadano.

Lo vemos en la tele, lo escuchamos en la radio… lo experimentamos día con día: la democracia está en crisis, no de hoy ni de ayer. Deformaciones sutiles, muy sutiles pero continuas, han contribuido a que esto pase. En el mundo, y en México en particular, ese sistema, esa ideología, esa forma de vida “fukuyamesca”, se ha convertido en una manera muy cómoda para que la ciudadanía permita que una figura, ya sea presidente, senado, etc., concentre desmedidamente  el poder político que por naturaleza nos corresponde. En el pasado mexicano, fue de manera obligatoria; en el presente, es voluntaria.

Si alguien esgrime el vetusto argumento churchilliano para alabar o disculpar a la democracia, será necesario pulir nuestra memoria. Aquí estamos cansados de elegir, no sólo al “menos malo”, sino al “menos peor” -como se maneja en el espíritu popular elección tras elección-; ya nos hemos embadurnado de esa melcocha muchas veces. Comparto cuando Whitman dice que el mejor de los gobiernos es el que deja a la gente en paz y gobierna menos. ¿Por qué no vislumbrar una democracia que, como dice Ferrer en el artículo “no trate de permitir que alguien gobernara, sino de impedir que lo hiciera nadie en concreto”?

Visite Japón el año pasado –soy aficionado a la cultura tradicional de ese país (¡tema de otro ensayo!)-, y pude llegar a una conclusión exagerada: en Japón, el primer ministro podría irse de caza por 8 meses a la sabana, al puro estilo de Hemingway; o la Dieta podría venir a vacacionar a Cancún por un año, y el país entero seguiría funcionando. Para mí esa es la verdadera democracia, no donde el epítome de nuestra vida democrática sea una elección para puestos “populares” (que de populares no tienen nada), sino lo que se va construyendo con el constante trabajo ciudadano. Parafraseando al algún día líder del PAN, Manuel Clouthier, la democracia se hace como el amor: diario.

No me gustaría caer en el error que tienden a hacer los intelectuales que pretenden desmenuzar al mexicano y la mexicanidad desde su penthouse. No lo hago por dos razones: no soy un intelectual (ni quiero serlo), y no tengo un penthouse. Siempre comparándonos con países desarrollados; importando, copiando la tendencia. Nos hemos pasado unas cuantas vidas aspirando convertir a nuestro país en réplica y no en algo genuino. No caigo en ese error, no quiero que México sea como Japón, pero definitivamente, no nos vendría mal un poco el sentido del orden y la disciplina (¡sólo un poco!). ¿Qué mejor policía, que la propia? ¿Por qué delegarle nuestra responsabilidad a una fuerza externa? ¿Por qué alcoholímetros o autobuses exclusivos para mujeres por nuestra falta de control sexual, por qué una guerra en contra del narcotráfico?

La democracia se ha institucionalizado como un juego, “tal como las damas o el backgammon, sólo que con un leve toque moral en él“, diría Thoreau. Un juego en el que está de por medio un país en donde nuestra práctica electorera de la democracia hace que preguntas morales  -“¿tienes el valor o te vale?”, y otros factores como la ignorancia, desigualdad, etc.- terminen por polarizar a una, de por sí, sociedad polarizada.

Ahora bien, mi vena nietzcheana no me permite creer en ese igualitarismo que propugna la democracia. De hecho, todavía creo en la importancia aristotélica del gobierno de los “aristoi” en su sentido más estricto del gobierno de los mejores. Como planteara controversialmente Thoreau, ¿desde cuándo la mayoría es quien tiene la razón? Los mismos Padres Fundadores de EUA hablaban de la “tiranía del pueblo”. Por otro lado, tampoco se promueve en este ensayo la ridícula idea de las candidaturas independientes. Es riesgoso que cualquiera que tenga poder político o económico será capaz de lanzarse, incluidos narcotraficantes, congregaciones religiosas, militares, entre otros. No porque no sea así ya en la actualidad mexicana, pero sería algo más descarado. Además, caeríamos en el mismo proceso tortuoso de seguir esperando un mesías por medio de elección popular; seguiríamos reproduciendo ese círculo vicioso.

Otro tema que toca el artículo y que me parece fundamental, es el trastoque que se le ha dado también a conceptos como la libertad y la seguridad. Hoy por hoy, en nombre de la “seguridad” se violan derechos y garantías, se coarta la libertad. Por su parte, en nombre de la “libertad”, se excluye la justicia social. Pero ese es tema de otro ensayo.

Para concluir me gustaría decir que ojalá los movimientos sociales futuros en nuestro país tengan un anhelo de por medio. Que no caigan en movimientos, desorganizados, cortoplacistas, carentes de sustento ideológico y mero producto de la exclusión y el resentimiento social al vago estilo V for vendetta- muy buena película en sus tres cuartas partes-, tal como lo están siendo los de Londres o lo fueron en París hace seis años. Ahora Grecia, la casa del sistema político en cuestión, surge como expresión máxima del malestar que tenemos por nuestra democracia.

El artículo de Ferrer fue un mero detonante de un polvorín de ideas, emociones y cuestionamientos. Como dijera el autor, cultivemos nuestra obstinación para no convertirnos en golosina de los partidos.

Pd.http://www.elpais.com/articulo/opinion/democracia/origenes/elpepiopi/20110812elpepiopi_12/Tes

Fausto Carbajal es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana. Trabaja como asesor en la Coordinación General de Asesores de la Cancillería.

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