La insignificancia del Hombre como arma de poder

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Por: Paulina Candia Gajá

Lawrence LeShan, después de practicar la psicología médica por más de cuarenta y cinco años y de haber sido psicólogo clínico del Ejército de Estados Unidos, declaró que  “a pesar de su costo horrible, los seres humanos se entregan a la guerra porque ella les permite integrarse en una causa más amplia y más grande y, al mismo tiempo, les potencia su sensación de individualidad”. [1]

Probablemente  cuando la guerra se lleva a cabo entre dos Estados, la búsqueda de un chivo expiatorio y un enemigo público puede ser relativamente más sencilla por las diferencias culturales y antagonismos regionales que separan a ambos países. Sin embargo, aunque  podría suponerse que todas las guerras operan bajo esta lógica, no se debe dejar de lado la existencia de algunas excepciones.  Cuando el Estado, a través del uso del monopolio de la fuerza, decide iniciar la ofensiva contra un grupo de individuos dentro de su mismo territorio, la sociedad no necesariamente tiene porqué dividirse entre “buenos” y  “malos”; con más razón, si el grupo al que le fue declarada la guerra, no representa ningún interés de desarrollo y progreso para la sociedad civil, y la ofensiva de las fuerzas estatales se basa, principalmente, en una lógica capitalista de ampliación de mercados.

En la guerra contra el narcotráfico que el presidente Felipe Calderón decidió declarar al inicio de su administración, se ha intentado, a través de diversas campañas mediáticas, convencer a la sociedad de que constituyen una parte fundamental del bando de los “buenos” y deben cooperar en esta cruzada (vagamente comprendida por la mayoría de la población), para combatir a los “malos”, que según el discurso oficial forman parte de los cárteles de las drogas y del crimen organizado. Sin embargo, el gobierno ignora u olvida que los únicos soldados en esta guerra son aquellos que se han puesto en las calles de manera inconstitucional y los sicarios que combaten contra y entre ellos.

Si el deber del gobierno es eliminar únicamente a aquellos que pertenecen a los “malos”, ¿por qué ha habido tantas muertes y ejecuciones de ciudadanos inocentes,  defensores de Derechos Humanos y periodistas? El resto de la sociedad civil, al quedar excluida de esta guerra efectuada desde el comienzo del gobierno panista, no fue consultada ni escuchada por el supuesto bando que tiene el mandato jurídico de protegerla y encarnarla en caso de que sus garantías individuales corran peligro. A cambio, la población ha fungido como carne de cañón para los “buenos” y los “malos”, ya que  han sido efectuadas una suma importante de desapariciones y violaciones a sus Derechos Humanos por parte del crimen organizado, de miembros del Ejército y los policías.

Casos como el de Marisela Escobedo, y otros 27  o más defensores de Derechos Humanos que han sido asesinados en México impunemente entre el 2006 y el 2011, aunados a los más de 40 mil muertos y los 5 mil desaparecidos, dejan de manifiesto que en el caso mexicano el único efecto que ha potenciado la guerra, es el de la sensación de individualidad de forma negativa, ya que la población se siente abandonada por las instituciones gubernamentales y cualquier otra vía que pueda atender y escuchar sus demandas.

No cabe duda que en esta guerra existen bandos (como el Ejército y los partícipes del crimen organizado) que se integran a una causa más amplia que excede las expectativas del ciudadano común, pero aún queda un extenso porcentaje de la sociedad civil que se siente excluida y afectada por este conflicto acerca del cual nunca fue consultada. Actualmente, los mexicanos que radican dentro de las zonas de mayor beligerancia,   son únicamente considerados parte de los efectos  y “víctimas colaterales” de una guerra entre “buenos” y “malos” que sólo ha  legado muertes y más descomposición social.

No obstante, debemos recordar que manifestaciones como el Movimiento por la Paz encabezado por el poeta Javier Sicilia, aún sirven como catalizadores para todos aquellos ciudadanos que han sido callados e ignorados por los poderes fácticos que controlan los mecanismos de decisión en nuestro país. Lentamente, y con mucha voluntad  y persistencia, la población civil debe comenzar a tomar consciencia sobre su papel protagónico en la realidad que lo circunda.

Si cada ciudadano se adueña del limitado papel que tiene como individuo, buscará crear colectivos con intereses en común que pretendan erradicar aquellos factores que conservan putrefacto y estancado a nuestro gobierno y sociedad. Así, podemos modificar un poco aquella conjetura de Tolstoi que sostiene en La Guerra y la Paz, y – a diferencia de cada general y soldado -, hacer que  -cada civil y defensor de Derechos Humanos – “sea consciente de su propia insignificancia, sintiéndose así un grano de arena en el océano de la humanidad, y al mismo tiempo consciente de su poder, sintiéndose un parte del todo.”


[1] LeShan, Lawrence. La Psicología de la Guerra. Un estudio de su mística y su locura. Ed. Andrés Bello. Pp 2.

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