¿Camellos o democracia? Cómo nos acercamos (o no) a Medio Oriente.

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Por: Fernando Pacheco Vences

 Supongamos que nos encontramos con un grupo de amigos, llega la tarde y, todos cansados de las labores de la semana, optan por quedarse a disfrutar la velada bajo la influencia de un buen whisky, algunas cervezas y la competencia sana que genera un juego de mesa. Sin embargo, al momento de elegir el juego, Risk por ejemplo, nos damos cuenta que ninguno sabe por completo las instrucciones y el manual no se deja ver por ningún lado. Así que ¿por qué no? Tomamos el instructivo de otro juego de mesa, turista por decir algo, y comenzamos a jugar como dios y el instructivo nos da a entender.

La historia nos ha mostrado que todo aquello que se encuentra entre Europa (al norte), África (al sur) y el Este y Sudeste Asiático, o sea Medio Oriente, ha probado ser de difícil acceso para Occidente y sus derivados, ya sea tanto en lo conceptual como en lo físico. Ya sea desde la “arabización” de todo lo que se encuentra más allá de Europa Oriental[1] como concepción base que se halla en el lenguaje cotidiano, la creación de ese “otro” “árabe” desde un punto de vista de superioridad, como bien señala Bernard Lewis, con el exotismo característico de la Edad Media, alfombras voladoras, genios, locos (o sabios) en las montañas, especias, a nivel cultural, o la imagen de barbarie que se nos enseña a nivel político. Aquella imagen de fanáticos religiosos empeñados en destruir a todo y a todos lo que no comulguen con su fe. O, en tiempos más recientes, la imagen perpetua de que son un grupo de malhechores terroristas que no hacen más que planear la destrucción de nuestros bien amados valores y libertades.

Si ya de entrada la arrogancia cultural, académica e histórica nos coloca con premisas tan radicales como estas es difícil, ya no entender a fondo la complejidad de esta región, sino, como estudiosos de las Relaciones Internacionales, llegar a tener una noción de cómo acercarse, cuando menos un poco, a la interpretación y análisis de esta región y, más que nada, sus implicaciones para con el mundo; sobretodo en la dinámica de mundialización e interconectividad cultural a la que estamos expuestos en estos tiempos.

No es de extrañarse entonces el fracaso de las misiones de la OTAN en Afganistán e Irak. Es jugar con las reglas de otro juego. Intentar crear un fundamento institucional basado en valores y tradiciones occidentales como la democracia ha hecho de estas incursiones un esfuerzo vano e infructuoso como bien se ha probado. Quizás en el afán de ir con las tendencias paradigmáticas actuales pos-modernas de creación de identidad desde abajo, aquellos que proponen estas soluciones no se dan cuenta de que el paquete debe de venir con todo, localización del medio, la aplicación del contexto a los paradigmas y no al revés. De que nos sirven aproximadamente seis mil años de sabiduría si seguimos sin ver detalles en apariencia tan nimios, pero tan importantes como este.

Esperaríamos entonces que con los fracasos más recientes las concepciones cambiaran y comenzáramos a ver un mejor ejercicio por tratar de entender más al respecto. Sin embargo, y gracias a los eventos que actualmente se conocen como la “Primavera Árabe”, notando de paso, y no sin aventurar una sonrisa sarcástica, la etiqueta dada por los medios en su mayoría occidentales, podemos observar que estas concepciones aún siguen rondando por la región.

Valdría notar entonces que, quizás cayendo ciegamente en un optimismo generalizado que festeja como todos estos pueblos salen de la barbarie y se rebelan en contra de un gobierno opresor (en su mayoría apoyado en su momento por las potencias occidentales) en búsqueda del sueño democrático, los medios se han salido un poco de contexto y omiten por completo que muchos de estos movimientos son promocionados con un discurso religioso (no necesariamente fundamentalista) por grupos abiertamente islámicos, como en el caso de Egipto por ejemplo. Por lo que adivinamos que seguimos sin querer dejar el manual incorrecto para leer a una región que por si sola es complicada, ya no digamos cuando se intenta leer con la plantilla equivocada.

Así que quizás, estas revoluciones no están en contra de regimenes nacidos del seno antropológico local, tiranos malvados que nos recuerdan a algunos antagonistas de las Mil y Una Noches, sino en contra de estructuras rancias y caducas remanentes de la Guerra Fría.

Quizás sean revoluciones en contra de la represión democrática cuyas raíces no pudieron penetrar el duro suelo de Medio Oriente, donde los habitantes quieren por fin tener un modelo gubernamental nacido de ellos mismos, una identidad, una voz (no en inglés), un papel propio en un sistema internacional que no se cansa de intentar devorarlos.


[1] Si habla de manera curiosa, se hinca a rezar al amanecer y al atardecer, escribe con puntos y rallas curvas, se pone algo en la cabeza, seguro es árabe. No importa si viene de Irán, Turquía, Pakistán, Egipto o Palestina.

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